Esta novela es, ante todo, un canto de amor a Sevilla: a su gente, sus calles, sus monumentos y sus tradiciones. A lo largo de un año acompañaremos al inspector Ysern en la investigación de un asesinato ocurrido en los Reales Alcázares, además de asomarnos a su vida privada. Es un libro de ritmo pausado, sin grandes sorpresas ni giros de trama. La investigación es lineal pero creíble. Hacia el final parece que el autor saca el conejo de la chistera para cerrar el caso, pero lo achaco a que, al ir acompañando al inspector, descubrimos las cosas a la vez que él. Y no estamos ante un Sherlock Holmes o un Poirot, sino un ser humano con sus limitaciones. Es un reparto bastante coral, aunque no todos los personajes aportan mucho a la investigación. Algunos de ellos están tan solo para que podamos asistir a los eventos históricos del momento. La documentación es amplia y bien insertada, sin la sensación de estar ante un libro de historia, aunque en ocasiones tanta descripción de Sevilla y sus costumbres me saturó. Creo que primaba más la ambientación y la perspectiva histórica que la investigación del caso y eso hacía que me desconectara de él.