In this award-winning horror novel from Latin America, a community of women and children—and one man—fight for survival in a harsh and terrifying Cuban rainforest where the gods require appeasement through brutal sacrifice.
The forest is a terrifying, hungry god with harsh rules and a ravenous appetite that must be fed. In this ruthless world mothers raise their children as food, a cannibalistic system of offerings and retribution from which there is no escape. For women, survival depends on becoming mothers. They must reproduce even as their children grow up trapped between life and death, heaven and hell. Such is life on the hacienda.
To ensure the forest’s protection, its inhabitants must renounce their rights and any trace of hope. Among them is Benedicta, a cruel and prolific “whelp” producer, now past her prime. The timid Lazaro, the community's only man, fears the forest, Benedicta, and the memory of his mother. Benedicta's daughter, Ifigenia, lives on borrowed time as she anticipates the forest's call. She loathes everyone, including the feral “she-dog” Ananda, whose fury has given way to madness. And then there’s Romina, a hardened newcomer to the forest who may just break the cycle.
A Carribean-flavored novel of gothic horror from one of Latin America's most exciting young writers, What the Forest Devours is a macabre examination of what women must sacrifice to survive in a society with the power to destroy them at any turn. With its spine-tingling allegories, impressive imaginative vision, and a dazzling translation courtesy of acclaimed translator Kevin Gerry Dunn, English language readers can experience the dazzling masterpiece that has swallowed the Spanish literary world whole.
Qué salvajada de libro más bien escrito, contundente, aborrecible en los hechos que relata, pero fascinante en cómo son relatados y en la bestial profundidad de una historia que podría pasar por relato fantástico-macabro sin más... Y es una auténtica gozada de alegoría sobre la visión y valoración de la mujer únicamente en tanto a su capacidad de ser madre, de dar vida y sobre cómo el mundo exterior devora, machaca y destruye esa vida a voluntad, por capricho y avaricia... Una de las obras que se va a quedar conmigo muchísimo tiempo y que no le cansaré de recomendar. Fascinante a la par que terrible. (Reseña más completa y coherente en mi Instagram cuando la digiera -jamás mejor usado este verbo-: @anibennet @analibronauta
Imagínate que tu madre lleva días y días sin comer. Que está sola contigo en una habitación. Imagínate que empiezas a notar su irritabilidad, su cansancio, su locura. Imagínate ahora que un día de esos empieza a mirarte y ya no te quita los ojos de encima. La mirada que te estás imaginando es igual que este libro.
Ayyy el libro de moda… Una novela que desde que la empecé pensé “mucho ruido y pocas nueces, pero igual no”.
Bueno, pues si.
Lo que más rabia me da es que me flipa cómo está escrito. Es una escritura descarnada e incomodísima tipo Fernanda Melchor o Sylvia Aguilar Zéleny. Pero es que la historia no tiene ningún sentido.
Como toda distopía que se precie, oculta un mensaje potente y bla bla bla… la cosa es que oculto lo que se dice oculto, no es que esté. Uno ya entiende qué nos quiere decir la autora en la primera página, lo que pasa es que ella no sabe que lo sabes (they don’t know that we know they know we know), entonces se empeña en repetírtelo todo ochocientas veces.
Es una novela con una idea guay de base, pero es eso: ¡UNA IDEA! No tiene ningún fundamento. Claramente la autora tenía un buen montón de frases maravillosas y muy subrayables y todo lo que quieras… pero, en mi opinión, es una novela fallida. Es repetitiva hasta decir basta y podría ser un cuento de 80 páginas máximo. Pero no, es un suplicio de 300 y pico.
Siempre he tenido a Elaine (como a muchas otras) como una de las voces más importantes e interesantes de la actualidad. Una de esas que sigo a donde vaya y que no pocas veces he recomendado. También, como dije en su momento con Mónica Ojeda o María Fernanda Ampuero hace no relativamente mucho, de las más interesantes. De las más arriesgadas, me atrevería a decir. El cielo de la selva es pura muestra de ello, y esas cinco estrellas que refulgen al inicio de la entrada no son un mero adorno. A camino entre cuento gótico y terror caribeño, esta historia situada en la selva es un delirio de realidad, un lugar donde el abismo a lo sangriento esta cerca y las texturas de la selva, la peligrosa selva, son palpables en cada instante. Aquí Elaine hace gala de sus temas habituales —maternidad(es), clase social, violencia— y lo retuerce hasta el fondo, hasta lo hondo del pecho, hasta la desesperanza de un ciclo sin fin como la vida misma.
Cuidado con la selva La selva es un dios hambriento. El cielo rojo anuncia que es la hora del sacrificio. Puedes vivir en sus dominios, como hace la Abuela, Santa, Ifigenia o Lázaro. Sin embargo, existir en sus dominios exige un alto precio. Su voracidad nunca termina. Aquí las madres son obligadas a dar a luz y entregar a sus propios hijos como futuro alimento, como sacrificio para vivir. Nadie puede ser madre, y a la vez, todas deben serlo. Deben producir ofrendas y que el sistema nunca caiga. La selva siempre tiene hambre. En un mundo despiadado de guerrilleros y narcos, la selva garantiza la seguridad a sus habitantes, pero renuncian a cualquier tipo de derecho y esperanza. Así es el ciclo de la selva. Así es la vida en la hacienda. Es el cielo y el infierno a la vez. Es una paz, una cruenta, pero paz.
Deambulando entre dos mundos Nada está puesto al azar en El cielo de la selva. Ni un nombre, ni una acción, ni una palabra. Nada. Desde Ifigenia, el personaje de la tradición griega que fue pedida en sacrificio a Agamenón para continuar su navegación a Troya, hasta la resurrección del Lázaro bíblico o el papel de Santa, definida por su relación especial con la deidad de la selva. Y es que aunque Elaine renuncia en todo momento a explicar lo fantástico, asimismo del mundo real tenemos un retazo. La selva es un refugio, y también, un personaje. La selva no es más que violencia, como la violencia sistemática que enfrentamos (y vemos) cada día en el mundo real. Pon un telediario, no será muy diferente de lo que cuenta Romina en El cielo de la selva. La selva ejerce, en este caso, de cielo e infierno, pero donde, como en el mundo real, las mujeres adoptan ese papel de madres, de paridoras y cuidadoras, de personas que no han podido escapar, bajo ninguna circunstancia, de su infernal hogar. Es sacrificio, es vida, es castigo.
Caleidoscopio de maternidades Decía antes al principio que El cielo de la selva era una historia de maternidad(es). También es, por supuesto, una historia de mujeres, concretadas en diferentes conceptualizaciones, en diferentes voces que poder sentir, leer y ver pensar o hablar. La estructura nos lleva de un personaje a otro, pasando por sus cabezas, sintiendo en nuestras carnes sus actos. Sus deleznables actos. Sus arrepentimientos. El lenguaje muta de uno a otro, la dureza, la crudeza del cuento, jamás. Será una recién llegada, una puta llamada Romina, la que rompa el hechizo. La puta que vino de fuera, la mujer que rompe el círculo, que rompe el ciclo. El ambiente fronterizo que se ve roto, que se ve pisoteado, como un útero que trata de dar nueva vida (o muerte). La hacienda es el lugar, la selva es la deidad. La supervivencia no es gratuita, y todos deben aprender a aceptar su rol para poder sobrevivir.
Todos deben sacrificar algo, de una forma u otra. No hay detalle al azar. Todo está conectado, formando una especie de órbita con forma de ocho acostado de la que no se puede salir. La selva siempre tendrá hambre de más, y probablemente, por desgracia, alguien perpetuamente la va a alimentar. En el camino, El cielo de la selva nos deja un retrato de maternidades no convencionales, de madres e hijas, de monstruos, de mujeres violadas o de cuerpos no normativos que se lanzan al vacío como un puzle que montar, como imágenes inconexas que causan malestar, pero juntarlas pueden ser un tajo letal. Aquí todo es violencia, se procrea para matar, se mata para sobrevivir. Todo aquí es inhumano, todo resulta denunciable, cuestionable, atroz, perverso y depravado. De cómo deber ser madre, no de querer serlo. De no tener la opción, cómo a veces (muchas) en nuestra sociedad a decir que no. A rechazar la maternidad y no sentir las caras de asco volteadas al mirarte. A no tener que explicar los motivos de no seguir las reglas estipuladas. Todo en El cielo de la selva es denuncia. Todo en El cielo de la selva es turbio. Todo, en El cielo de la selva, es importante para el mundo real.
A VER que me hice apuntes y todo. Primero que todo buenos días y segundo que todo esto va de bichos, puñaladas y almas errantes, o sea: mi mierda. Como bien dijeron Gabriela y Carla sabe a Carcoma (Layla Martínez) pero al aire libre y a lo grande. Mucha santería y realismo mágico. Mas cosas que me gustaron: - Que mezcle párrafos con diálogo sin utilizar puntuación - Que cada capítulo sea una persona/personas diferentes. Y aun así, teniendo personalidades totalmente diferentes (muy bien resuelto este tema también) no cae la tónica de la narración. También cambia la persona a la que se dirige - Que cada capítulo empiece con la frase con la que termina el anterior - Es esta clase de libro en el que saltarte una palabra significa que _eso_ ya no va a ser tan jugoso. Todas las palabras son necesarias. Mucha sinestesia. - Visualmente es genial lo ves todito todito con todos los colores todas las sombras.
En fin, el tipo de literatura que busco y que sin duda cada vez es más mi zona de confort. Leeré más de esta señora porque clapclapclap.
Desagradable, inquietante y turbio. La mejor manera de llegarte con su crítica a las entrañas. El libro me fue conquistando según avanzaba (el principio me costó bastante) y la parte fantástica iba ganando espacio, el final me gustó muchísimo. No para todo el mundo, pero es una historia imposible de olvidar y que deja huella.
Me ha enganchado? Si. Me ha gustado? Pues no sabría qué decir. Es tan violento y tan desagradable que llega un punto que te desensibilizas un poco. Como le pasa a las mujeres del libro. Turbísimo. Necesito detox de este libro.
Si tenemos suerte, los lectores sabemos que como mucho nos encontraremos a lo largo del año con dos o tres lecturas de esas que nos calan, de las que tienes la certeza desde la primera frase que la historia no te va a abandonar, que se va a quedar contigo. Leemos muchos libros que nos gustan y nos enganchan por diferentes motivos, historias que adoramos y a las que siempre queremos volver, pero no hay tantas que te estrujen el alma, que te incomoden hasta lo indecible, pero que aun así no puedas dejar de leer, que no te permitan distraer tu atención de la misma ni un solo momento. Hay historias que son espectaculares por un sinfín de motivos, que tienen esa magia que distingues rápidamente, ese algo especial que exige y merece que como lector te sumerjas en la obra lo más vulnerable posible y con los cinco sentidos receptivos. Esto es lo que pasa con la impecable “El cielo de la selva” de la autora cubana Elaine Vilar Madruga, que es tan enorme que te cautiva, que te hipnotiza y no te suelta ni después de haber acabado el libro.
En contra de lo habitual, he decidido no decir nada de la trama de esta historia, porque creo que sería destrozar la experiencia a cualquier lector. Afortunadamente tengo por costumbre saber lo menos posible de las historias que leo, y de “El cielo de la selva” solo tenía buenas recomendaciones de amigas de confianza, pero poco más, y ha resultado ser un total acierto. Nada más empezar, la historia te sorprende, te atrapa por lo salvaje que es, por la violencia que desprende. Desde las primeras páginas sabes que va a ser obra complicada, compleja y cruda. También creo que es de estos libros de los que es muy difícil hablar, de los que digas lo que digas, jamás le harás justicia a la calidad que tiene.
Lo primero que destaca es la prosa de Elaine, bella y salvaje, pero también sucia y cruda. Siempre me sorprende la habilidad de esas autoras que son capaces de alternar la belleza de la vida, con las peores atrocidades, con los momentos más macabros. La prosa de Elaine es bella, tanto cuando narra lo tierno o la propia belleza de la salvaje naturaleza, como cuando describe las escenas más turbias y violentas que una mente pueda imaginar. Esto consigue que el lector entre en una especie de trance entre lo bello y lo grotesco, que me ha parecido una auténtica delicia.
Es una obra muy sensorial, tan explícita y descriptiva, que puedes sentir como las páginas atrapan tus sentidos. “El cielo de la selva” es terriblemente escatológica, de esas historias que te remueven el estómago, manteniendo un pulso con el lector durante toda la lectura. Muchas veces sientes que puedes sentir el olor de diferentes fluidos, de la carne, o, incluso, el de la propia muerte, a veces puedes sentir el sabor de las cosas más asquerosas en tu boca. También consigue provocar las sensaciones más horribles en tu propia piel a través de los escalofríos que muchas situaciones te hacen sentir. Nuestra mente es capaz de ver con perfecta nitidez las peores pesadillas que la autora describe con tanta fuerza. Algunas escenas me han perturbado tanto que no descarto escuchar ciertos sonidos en la oscuridad de la noche mientras pienso en esta historia y en sus personajes, y sobre todo en esa cruel e implacable selva.
Pese a que no deja de ser una historia grotesca, violenta y sangrienta, que provoca incomodidad y asco, en el fondo de la obra confluyen infinidad de temas y poderosas reflexiones que la autora muestra a través de sus personajes y las extremas condiciones vitales en las que se desarrolla su vida. ¿Es el ser humano violento por naturaleza? ¿Solo podemos provocarnos dolor y tristeza? La violencia como respuesta ante la vida es una de los motores de la novela, ya que al final todos los personajes debe hacer uso de esta de una manera u otra para sobrevivir ante la impecable dureza de la selva, de la vida.
La obra tiene momentos muy duros, y también otros en los que el lector desea levantarse y aplaudir. Infinidad de escenas y reflexiones consiguen hacer un retrato muy interesante de como funciona el machismo, de lo arraigado que está en los hombres y, también, en las mujeres. Me ha gustado ver como hasta en los peores escenarios, hay lugar para el compañerismo, para la sororidad. Es otra de las grandes virtudes de “El cielo de la selva”, esa dualidad entre lo peor y lo mejor, lo perverso y lo tierno, la muerte y la vida. La autora es capaz de trasladar esta dualidad a los propios personajes, a sus acciones, consiguiendo que en la mayoría de casos el lector empatice con ellos, los entienda incluso en la barbarie. Me ha chocado sentir que empatizaba con según que comportamientos, por malos que fuesen.
Otro de los grandes temas de la obra es la maternidad y las diferentes formas que está adopta. Ser madre nunca es fácil y en según que circunstancias puede resultar incluso más duro. La maternidad se muestra a veces como una cosa bella y dulce, otras veces provoca odio y desapego y, en la mayoría de ocasiones, infunde el mayor de los terrores. Por si fuese poco, la obra también tiene una carga sensual que no vi venir y que me ha fascinado. Esa mezcla salvaje de la selva, con esos personajes que transitan por su sexualidad de una manera perversa, encontrando excitación en cosas impensables, pero que por alguna razón el lector logra entender.
Podría estar hablando horas de este libro y me da pena no poder ser más explícito en cuanto a algunos aspectos de la trama, pero no quiero arruinarle esta increíble experiencia a nadie. Siento que personajes como Ifigenia, Ananda o Romina se van a quedar conmigo por mucho tiempo, al igual que sé que muchas de las escenas que más me han perturbado, van a permanecer en mi memoria por siempre. Es increíble la fuerza que desprende la narrativa de Elaine, como te remueve por dentro tanto por lo visualmente desagradable que puede llegar a ser, como por toda la carga reflexiva que se esconde tras estas escenas.
En definitiva, “El cielo de la selva” es una de las historias más brutales, perversas y reveladoras que he leído en mucho tiempo, de las mejores lecturas que hice este año y también de los anteriores. Creo que es necesario advertir que no es una obra sencilla, que no es un paseo agradable, es más bien todo lo contrario, así que solo la recomiendo a aquellos que tengan el estómago necesario para disfrutar de este tipo de historias y quieran sacarle todo el jugo a la misma, que tiene tanto que sería injusto quedarse solo en la superficie. Vaya deleite ha sido descubrir a esta autora y que ganas de encontrarme con ella nuevamente en un futuro cercano.
¿Cómo hablar de un libro que contiene tanto en unos pocos párrafos y sin destriparlo en exceso? «El cielo de la selva» es una novela repleta de metáforas. Una fábula despiadada y asfixiante sobre la maternidad y el cuerpo de la mujer. Una historia repleta de belleza en su forma y crueldad en su contenido. Una obra delirante cuyas imágenes se quedan enclavadas en la memoria como espinas.
Atrapa, envuelve e hipnotiza.
En «El cielo de la selva» se nos cuenta una historia de supervivencia y naturaleza humana en la que las mujeres se han convertido en productoras de carne. Los niños que paren en serie están destinados a ser entregados a la selva, una entidad que protege del peligro exterior a cambio de sacrificios. El ser humano es equiparado al animal entre estas líneas, insisto, bellisimamente escritas. Porque, al final y al cabo, ¿somos en esencia tan diferentes cuando lo importante es sobrevivir en un ambiente de violencia y miedo?
Así, la autora utiliza recursos propios de lo femenino-monstruoso y el realismo mágico para crear un ambiente salvaje, asfixiante y primigenio. Despoja a la maternidad de todo su romanticismo, la retuerce y la convierte en un medio de supervivencia en el que lxs niñxs son vistos como “crías” (haciendo referencia a esa alegoría animal), estrangulando el vínculo que pueda haber con ellxs. Es una maternidad forzada, incómoda, producto de la necesidad. Aun así, nos encontramos una enormísima complejidad en este tema, pues Vilar Madruga no duda en sacar a la palestra las contradicciones propias de estos temas y la más profunda oscuridad de la psique humana.
«El cielo de la selva» es una novela que no me dejó despegar la vista de sus páginas repletas de lirismo, que me dejó completamente perpleja tras terminarlo. Un cuento de terror caribeño que es muy complicado describir, que me ha hecho retorcerme y fascinarme. Una historia que terminaré re-leyendo, porque estoy segura de que es de estas que a cada lectura se descubre algo más.
Me siento como Dominguín, quien, dicen las malas lenguas, después de acostarse con Ava Gadner, salió corriendo de la cama y cuando ella le preguntó dónde iba él respondió: “¡A contarlo!” Os decepcionará saber, claro, que no voy a hablar aquí de cómo me lo monto, pero no puedo esperar a recomendar esta novela, “El cielo de la selva” porque es una salvajada. Una historia que, según su contraportada, es una fábula sobre la maternidad y el cuerpo de las mujeres, pero que para mí es mucho más. Denuncia por ejemplo. De lo que pasa en muchos países, irremediablemente la cabeza viaja a Latinoamérica, pero podría ser África, o cualquier otro lugar del mundo donde “No hay quien nazca para otra cosa que no sea la muerte.” Esos lugares que llamamos márgenes, pero que son otra cosa: “Me habló de dios. Que dios no existía. Que nunca había existido. Que en todo caso existían lugares más antiguos que dios y que la selva era uno de ellos.” Cementerios de pobres, tal vez: “En eso se había convertido aquel trozo de selva tan cercana al barrio: en un depositario de cadáveres. Era rara la semana en que no apareciese un cuerpo en aquel borde de pocos kilómetros que dividía la selva y la carretera. Los narcos y los militares tenían demasiados cuerpos de los cuales deshacerse, y por eso la selva era un ataúd de brazos abiertos.”
“El cielo de la selva” transcurre por los pensamientos de sus protagonistas: Santa, la vieja, Lázaro, Romina, los niños, la perra, Ifigenia, ellos van tejiendo este poderoso puzzle que se desarrolla en las tripas de la selva, una selva hambrienta que protege a las mujeres a cambio de la sangre de sus hijos. (“ Los cuartos de los niños eran ataúdes en pausa.”) Y en ese intercambio feroz, las distintas maternidades (“Las mujeres entraban a la selva a pedir comida, en lugar de hijos, porque lo segundo sobraba y se carecía de lo primero. No era un mal trato. Y hubo quien pidió un negocito y lo tuvo por un tiempo, o coca para mascar o polvos para meterse en las narices, y tuvieron esos pequeños milagros que todos pasaban por alto, excepto las mujeres, ya que ellas llevaban siglos negociando con aquel dios y conocían su avidez“). La selva como protagonista temible, voraz (“El olor hambre de la selva es casi rojo, casi un latido, como si el mundo, alrededor de la hacienda, el mundo, dentro del mundo, se tiñera de sangre”) pero al mismo tiempo placenta cálida para quienes huyen del terror de los hombres (“Los militares venían por las noches y se llevaban a cualquiera. Al otro día ya no quedaba ni siquiera el nombre del ausente. Era mejor borrarlo todo. Mejor fingir que nunca nació el dueño de ese cuerpo que aparecía después, tasajeado como un animal en el camino o a medio enterrar, con las manos fuera de la tumba, pidiendo agua o un nombre. Se respiraba miedo.”) Esos hombres para los que las mujeres son invisibles (“Los hombres te resultaban absolutamente intercambiables desde el día en que descubriste que pagaban por un coño, que se mataba la cuchillazos y a veces morían por uno”) o sólo carne ( “Todos los hombres se miran, de igual manera, como si desnudaran, como si tuvieran cuchillos en los ojos y a tajazos te quitaran la ropa.”)
“El cielo de la selva” es una metáfora, un relato de terror, es realismo mágico, fantasía, es macabro, es brutal, es turbio, es perverso, es depravado, es un delirio sangriento y doloroso, en la que se habla de hambre (“La pobreza heredada de generación en generación, más tenaz que la muerte, porque era vivir como muertos en vida, sin esperanza de un antes o un después. Cuando había pan era del hijo. Si había arroz era del hijo. Para la madre nada. Las madres nada merecen tener y ella se había cansado de eso, del hijo y de su peso, de su pobreza heredada, de ser mujer y del derecho al hambre que no le permitían sentir.”), de desesperanza (“Toda la vida me ha preguntado por qué se nace, porque se escoge nacer cuando es tan bueno no existir, no saber nada, no sentir el peso de esta vida de mierda sobre los hombros, ni tener que arrastrar el cuerpo selva adentro.”)
“El cielo de la selva” es también una historia de rebeldía (“Haberla nombrado fue un acto de crueldad. Cuando nombras a una criatura, sea humana o gallina, puerca o yegua, le confieres una identidad, una dignidad, un espacio en el mundo: junto al nombre, se regala un tiempo y un derecho a elegir sobre el propio cuerpo.”) y de insurrección (“Todo el mundo, incluso los niños, sabía que la selva quería carne y que no estaba dispuesta a dar ningún tipo de bendición que no fuese su mordida.”)
Este es un libro que guardaba en la recámara desde 2023 y, la verdad, esperaba mucho más. De hecho, acabo la lectura con sensaciones encontradas. Por un lado, puede llamar la atención su imaginario macabro, la atmósfera desasosegante que teje la autora a través de una prosa áspera y corrosiva. Pero, por otro, también se puede objetar que esa atmósfera se construye enfatizando de forma machacona las mismas sensaciones y referencias, a través de momentos demasiado similares. No me da la impresión de que eso surja de forma orgánica e intencionada, sencillamente la autora se sumerge durante meses, quién sabe si más, en un mismo manuscrito, puede que pierda cierta perspectiva sobre el conjunto, y en la posterior edición no repararan en limar todas esas redundancias ni en preocuparse más por la fluidez de la lectura.
Porque buena parte de la escritura de Elaine Vilar Madruga se sostiene en el detenimiento del tiempo, muchas de sus páginas se emplean en acceder a los atormentados pensamientos de los pobladores de esa selva espectral, a sus disgustos y sus furias, mientras que los avances narrativos están dosificados hasta la aridez, de modo que cada vez que se retoma a un personaje no sirve tanto para saber hacia dónde se ha movido o qué le ha ocurrido, sino para recrearse de nuevo en las mismas sensaciones de congoja, en sus iras o en la suciedad empalagosa que los embadurna, el sudor, los fluidos corporales, las repetidas referencias a los órganos sexuales femeninos.
Se podría objetar que se trata de una obra que busca expresarse como una metáfora del infierno. El lenguaje puede evocar a Los cantos de Maldoror, con sus tintes surrealistas —o de realismo mágico, si uno es intelectualmente más holgazán—, una indagación por los bajos fondos de la mente, un escenario abyecto que, sin embargo, es preferido por sus personajes con tal de escapar de las garras del ejército y del narco. Tan desesperante, vista de forma oblicua, es entonces la situación política de ese país no nombrado (aunque, por los modismos, suena a México). Por lo tanto, no es tan aventurado suponer que sea algo buscado por parte de la autora, que se proponga que la narración resulte cenagosa, con el tiempo frenado hasta lo inerte para ahondar en la densidad de la atmósfera. Quién sabe si no tendrá también presente la escritura anárquica de Henry Miller como otro referente.
Esa es una posibilidad, aunque, para mí, cuando vuelves una y otra vez a los mismos pasajes, reescritos con alguna variación, tras más de doscientas páginas, lo cierto es que todo se me hace pesado y nada grato. No creo que eso sea un acierto ni que aporte nada especial, tan solo se convierte en un ejercicio reiterativo que permite a la autora mostrar, a machamartillo, cuántas metáforas escatológicas o siniestras puede llegar a plasmar, cuántas veces puede referirse a la selva como una bestia sedienta de sangre o hasta qué punto pueden vivir degradados los personajes por culpa de habitar un entorno tan abyecto —insisto en que, para ellos, eso resulta preferible a vivir fuera, en su propio país—. El texto tiene un aire sádico, empeñado en castigar y atormentar a sus criaturas de forma continua, con lo cual, al prolongar tanto este ejercicio, lo que consigue es que la autora acabe resultando una obsesa algo plasta. ¿Horror tropical o una simple gárrula?
No tengo una sensación parecida a la que experimentaba al leer a Gabrielle Wittkop, esa de sumergirme en lo siniestro y tener entre las manos una astuta obra que maneja el tabú y rompe barreras psicológicas y estéticas en el lector para adentrarlo en escenarios inauditos, alejados de su zona de confort, sino más bien la de encontrarme ante una autora autoindulgente que ha accedido a una serie de lecturas peligrosas y ha querido crear algo a su manera, aunque avanzando al tuntún, sin un debido ejercicio retrospectivo de poda y con poca capacidad para ponerse en el lugar del lector, para que, a su vez, el lector pueda ponerse en el lugar de unos personajes que, como ya hemos dicho, habitan una suerte de no-lugar. O sea que, en general, la propuesta cae en cierto absurdo.
Se le pueden reconocer a Elaine Vilar Madruga ciertas cualidades, qué lástima que las editoras no hayan querido pulir tales talentos y hayan preferido lanzar la obra tal cual, probablemente bajo la idea de que así se respeta la integridad artística de la autora, aunque eso vaya en detrimento de este sufrido reseñista, que ya de ustedes se despide con la firme convicción de no pisar nunca una jungla ni una selva, como mucho las amables arboledas del Vallès, no tan susceptibles de albergar retorcidas imágenes de coños supurantes e insectos que se meten en la cabeza de las personas.
Mientras escribía esta oración quise ir a ver si Julieta Venegas ya lo leyó para saber qué opinó de este libro TAN PERTURBADOR E INCREIBLE.
Jamás me imaginé que la selva pudiese ser una figura de horror y en esta novela donde nuestras personajes son devoradas por la maternidad, un espacio que siento como un hogar se transformó en algo terrible. Había visto el hype entre amigas lectoras y ahora las entiendo a todas que terminaron con la boca abierta después de leerlo.
Muy decepcionado con esta novela a la que no he podido sacarle el jugo que se le supone. Partiendo de una buena premisa y estando de acuerdo con los ejes metafóricos y las denuncias crudas planteadas, la forma de narrar me ha producido una fatiga tremenda: la redundancia, las frases aisladas como si fueran citas que pretenden subrayar lo que la narración no pudo, el uso poco cuidado de la narración en segunda persona...
Una lástima porque hay pasajes que están bien narrados, la idea maestra es bastante buena y provocadora, pero el resultado no me ha convencido. Y me sirvo de una famosa cita de Bresson en "Notas sobre el cinematógrafo" que redondea ni opinión:
«Cuando un actor simula el miedo al naufragio sobre el puente de un barco verdadero azotado por una tempestad verdadera, no creemos en el actor, ni en el barco ni en la tempestad»
Librazo ✅️ de los que te da asco pero quieres seguir leyendo... Que no tiene sentido pero a la vez si, pero no tiene explicación lógica, es una distopía con una narrativa perturbadora e irreverente, no lo lee cualquiera... El ciclo de la vida es el de la selva, la selva una metáfora qué cobra vida. Las muertas se reían a hueso vivo...que frases tan contundentes! Impactante lectura 👉LC conociendo a la autora gracias a Ana @latrincheradelasletras
Mi primera gran decepción del año. Dejad de leer si os encantó porque se viene “unpopular opinion”.
La premisa pintaba bien: tenemos una selva que pide sangre/sacrificios y una hacienda en el corazón de esa selva en la que las mujeres dan a luz hijos que van a ser ese sacrificio.
Las opiniones que había leído eran maravillosas, destacando lo bonito que escribe la autora y que toda la historia es una especia de metáfora sobre las distintas formas de maternidad. No vi ni lo uno, ni lo otro.
Entiendo que haya a quien le pueda gustar la forma de escribir de la autora, cruda e incómoda y que vean en ese intento de lirismo que tiene una especie de provocación. Podemos concederle que la novela pretende, precisamente, ser incómoda y que de ahí el tipo de lenguaje. Pero eso no es para mí. A mí me sobra encontrarme la palabra c0ñ0 y la descripción de su humedad cada dos líneas. Llamadme puritana, pero es que el lenguaje soez no me va, se me hace desagradable y me saca de la lectura. Creo que se puede provocar y crear incomodidad de otras maneras. Sin ir más lejos (y sin que las historias tengan absolutamente nada que ver), “Piel de Ciervo”, en ciertos capítulos, me creó una gran incomodidad y, sin embargo, la manera de escribir de su autora es absolutamente preciosa; no necesita este lenguaje. Pero ya os digo, entiendo que sea algo totalmente subjetivo y que haya a quien le encante.
En cuanto a las formas de maternidad, yo no las vi. Hay personajes que no quieren tener hijos y otros que se ven obligadas a tenerlos. Y ya. Y todas acaban igualmente locas.
En resumen, acabé el libro porque era mi lectura de Cuba y porque había estado en lista de espera en eBiblio y me daba rabia, pero, personalmente, lo aborrecí.
El cielo de la selva tiene un tono y una estética diferentes, una apuesta por una literatura fragmentaria arraigada a la tierra, en el relato cercano a sus personajes, a la descripción física de un ambiente opresor, sucio y malévolo; la selva como un dios cruel al que hay que rendir sacrificio, tributo y devoción. Sin embargo, la apuesta de Elaine Vilar Madruga no me convence, no consigue engancharme a la historia –demasiado deshilvanada para mi gusto—y no acabo de entender la lógica de esos personajes arrojados a ese mundo inhóspito sin más consolación que rezar a ese mundo que no los quiere.
Sin duda es una novela que desafía al lector (o la experiencia de lectura), que lo saca de su confort, que quiere removerlo con esa secuencia de imágenes duras, crudas, excesivas, a momentos tan explícitas. Que quiere, que desea contagiarle el sudor de la selva, la humedad, el ruido, la oscuridad absoluta, el miedo, la incertidumbre, lo pequeño y frágil que puede llegar a sentirse uno en un entorno así: salvaje, desmedido, natural.
¿Y dónde está el lector? Este asiste a esa sucesión de imágenes, de recuerdos, de sensaciones algo atónico; supongo que quienes se dejan entrar, lo disfrutaran de lo lindo; pero quienes como yo no lo han logrado, sentirán una sensación de frustración, algo de rabia y esa inseguridad lectora de no haber podido llegar a paladear del texto.
Gore del más innecesario. Morbo sin otra causa narrativa de crear un ambiente de horror simple y sin matices. Personajes planos, sin magia. Una trama que por más que le di oportunidades solo me llevo una y otra vez al borde de una voz que extiende fórmulas gastadas y arquetipos que la literatura de selva, violencia y terror ya ha superado hace mucho.
Ya te he hablado alguna vez del lugar en que crecí. Un lugar donde la tradiciones son ley y las leyendas están a la orden del día. Recuerdo que cuando era pequeño, era muy habitual pasar las noches de otoño alrededor de una hoguera cenando mientras los ancianos contaban historias. Historias de fantasmas con nombres y apellidos. Historias de terror vestidas de realidad. Leyendas acerca de hombres sin rumbo y sin rostro condenados a vagar eternamente por los trigales. De mujeres que salieron de sus casas siendo mujeres y volvieron al cabo del tiempo, cuando ya nadie las esperaba convertidas en bestias. De madres que perdieron a sus hijos y que te engatusaban para secuestrarte y tapar contigo sus heridas. De terroríficas noches de luna roja en que si perdías de vista tu casa nunca serías capaz de volver. De épocas en que la vida valía menos que la bala que te la quitaba. De seres devoradores de carne que rondaban la aldea en las noches sin luna, esperando pacientemente con sus ojos rojos. Aguardando el momento para arrastrarte entre la maleza y convertirte en uno de ellos.
El campo da, el campo quita… todo lo que te ofrezca lo cobrará con intereses y todo el daño que le inflijas te será devuelto.
Es normal que después de escuchar estas historias hicieras caso de todas las extrañas advertencias y recomendaciones que te hacían en tono lúgubre: “Mantén tus botas limpias”, “No molestes a las mariposas”, “No les des de comer huesos de pollo a un perro”, “Dale siempre agua a quien tenga sed”, “No te fíes de nadie que te quiera llevar al campo”…
No sabemos si algunas de las leyendas tenían algo de verdad o solo disfrutaban asustándonos, pero al final, siempre acabábamos nuevamente reunidos en torno a una hoguera similar escuchando las mismas historias sobre vida y muerte, sobre el bien y el mal, sobre el poder y la unión de aquellos que no se dejan avasallar, sobre la maldad que destruye el mundo y el amor, que es lo único que puede hacerle frente.
De todas estas leyendas aprendí una cosa: Toda historia que puedas llegar a sentir en tu piel, es una gran historia y nunca podrás escapar de una gran historia.
Hay algo que tienen en común todas las leyendas que se contaban: Todas se desarrollan bajo el mismo cielo, y bajo ese mismo cielo está la selva de este libro. Esa selva llena de crudeza y de horror, que no deja de emanar ese vapor que se meterá bajo tu ropa y acariciará tu piel, que te morderá en las entrañas y se alimentará de tus miedos. Te hará daño, pero te fascinará y querrás más de ella como adicto anhela su polvito blanco. Querrás huir y no podrás. Será esa falsa madre que te acaricia y te sonríe para llevarte al matadero para después renacer como un ave fénix y volver a caer en sus páginas. Este libro te hará sentir todo esto, y por supuesto, no podrás escapar de él. Pórtate bien y lee este libro.
Pues sentimientos encontrados con este libro, ha habido partes que bien, pero otras las encontré burdas, bastas en su lenguaje y otras incluso poéticas, ya veis que variedad!! Es una obra no apta para sensibles, y que tiene, digamos a veces, un lenguaje un tanto soez!? En fin, original si es, lo que ocurre con esta "familia" en esta selva especial que hace las funciones de un Dios. Valoración: 6.85/10 Sinopsis: La selva es un dios hambriento. Uno que permite vivir a salvo en sus dominios pero exige el más alto de los precios a cambio. Su voracidad no termina nunca y aquellos que viven bajo su control deben entregarle a sus hijos como parte de un cíclico tributo caníbal. En este cuento de terror caribeño, las madres son obligadas a criar a sus propios hijos como futuro alimento, en un sacrificio hecho de sangre y locura. Si se desea sobrevivir aquí, ninguna mujer puede decidir no ser madre. Y ninguna madre puede no convertirse en una mera productora de carne humana para que el sistema de ofrendas y retribuciones siga funcionando. En un mundo despiadado de guerrilleros y narcos, la selva garantiza la seguridad a sus habitantes, quienes renuncian a cualquier tipo de derecho y esperanza en esta fábula terrible sobre la maternidad y el cuerpo de la mujer.
en esta historia la selva da miedo, pero al mismo tiempo sientes que contiene todas las respuestas a las preguntas sobre el mundo. cuando terminas de leerlo, no sabes si quieres huir lejos o dejarte abrazar por ella. a través de unos personajes perfectamente construidos y de distintas voces que se van entrelazando para formar un único canto desquiciado, se va conformando un relato crudo a la vez que bello sobre la maternidad y la violencia ejercida sobre las mujeres, un relato que no vas a poder parar de leer hasta el final.
3,5⭐ Qué repetitivo se me ha hecho el libro, carajo. Creo que con unas 100 páginas menos lo hubiera disfrutado más. Aunque la historia me ha gustado, me ha dado mal rollo y dejado mal cuerpo y aprecio que es muy original, no he conseguido conectar con la forma de narrar de la autora.
A pregunta constante é: por que? Que necesidade? Non entendo nada das opinións nesta rede social. Nunca me sentín tan afastado cun libro do que opinan aquí as demáis