Al final no ha dado tiempo a que “Palenque” sea el último libro de 2025, pero por unos minutos va a ser el primero de 2026. Me lo voy a tomar como una buena señal.
En estos últimos años ya había podido catar parte de la obra de Maielis González: una producción diversa y dispersa en múltiples editoriales, tanto en novela como en relato, pero siempre profundamente ligada a su inmenso amor por la ficción especulativa y sus derivaciones, campo del que es una de las voces más sólidas del ámbito hispanohablante. La trayectoria literaria de Maielis es una carrera de fondo, sostenida no pocas veces contra un viento empeñado en empujarla en sentido contrario. Quizá por eso en su obra se perciben con tanta nitidez el trabajo, la cabezonería bien entendida, la vocación y el deseo de salir adelante —sí—, pero de hacerlo escribiendo exactamente aquello que ama.
En ese contexto, “Palenque” se yergue como la novela más ambiciosa de cuantas le había leído hasta ahora. Es un libro muy trabajado en lo estrictamente literario, pero también en su construcción ambiental —muy especialmente en el contexto histórico— y en su trasfondo filosófico y ético. Las referencias son numerosas, y de primera magnitud. Octavia E. Butler, Nnedi Okorafor, Elaine Vilar, Tobi Ogundiran, Akwaeke Emezi, Nalo Hopkinson, Erna Brodber, Marlon James, Rita Indiana, Mónica Ojeda, Yolanda Arroyo Pizarro, Toni Morrison, Nancy Morejón… E incluso por qué no Faulkner, Gómez de Avellaneda o Carpentier, aunque donde unos mitifican y romantizan, Maielis revisita críticamente y cuestiona. Pero, en cualquiera de los casos, los posos de la enciclopédica sabiduría literaria de la autora están muy presentes en su escritura.
Palenque nos traslada a una Cuba decimonónica no tan distinta de la que realmente existió. Para mi sorpresa —pues esperaba un giro mucho más “cienciaficcionesco”—, se trata de una historia donde apenas aparecen unas pinceladas steampunk y ciertos toques difíciles de etiquetar: ¿fantasía?, ¿realismo mágico?, ¿real maravilloso? Poco importa. Lo relevante es que todo encaja en un engranaje narrativo que funciona con una precisión admirable dentro de esta ucronía caribeña.
Acompañando a la esclava Aurelia en un proceso de liberación y empoderamiento personal —que se superpone en el tiempo al que vivía la propia Cuba, con contradicciones muy similares—, recorremos la geografía histórica de la entonces colonia: desde los ingenios azucareros y la violencia inhumana que los rodeaba, hasta el palenque oculto en una ciénaga, protegido por cocodrilos, fango y los propios cimarrones que lo habitan, pero también por las divinidades orishas, que seguían velando por los hijos de África incluso al otro lado del mar.
En “Palenque”, más allá de su trama (que no desvelaré), nos enfrentamos a un espejo duro y necesario. Un recordatorio de que, tras el drama de la esclavitud o la lucha por la independencia de Cuba, existía todo un entramado de prejuicios, privilegios, injusticias y desigualdades por el que la Historia —la de los grandes nombres— suele pasar sin dejar huella. Esta es la historia de las mujeres, y en especial de las mujeres racializadas. La historia de quienes estaban abajo antes y después de la independencia. La de aquellos para quienes la guerra de liberación no significaba lo mismo que para los criollos. La de los colectivos invisibilizados —como el LGBTQ+ o las minorías étnicas—. La de la violencia sexual, omnipresente allí donde hay hombres. Y también la historia de lo que pudo ser y no fue. Cuánta falta habría hecho un palenque como el de esta novela. Maielis no rescribe la historia, sino que la desplaza a unas nuevas vías para dar voz a los que se les ha negado siempre.
Palenque no es una novela moralista ni revanchista. Sí es una novela seria, plenamente consciente de qué lado de la historia —y junto a quiénes— quiere situarse. Y es, sin duda, una narración potente que merece nuestra atención. Conocer la historia de Cuba en aquellos años enriquece la lectura, pero no es en absoluto imprescindible. Esto no va de los héroes de la Guerra de los Diez Años. O quizá sí, pero no de los que suelen aparecer en los libros.