Leí El baile y el incendio cuando comencé a dar clases de literatura en preparatoria y, sin saberlo, funcionó como una especie de presagio para mi futuro del año siguiente: ir a la tierra de Humboldt, de quien no tenía idea que había estado en Cuernavaca.
La narrativa de Daniel es siempre un deleite, particularmente este espacio que crea entre el ensayo y la narración, donde la investigación se transforma poco a poco en trasfondo de la ficción.