Una obra aterradora que se instala en el espacio entre lo real y lo surreal, la cordura y la locura. Lo que hizo hace más de un siglo Horacio Quiroga con «Cuentos de amor de locura y de muerte» en la selva misionera lo hace ahora Alejandro Seta en el conurbano bonaerense, todo con tintes de Ernesto Sabato.
Ninguna de las situaciones llevadas al absurdo insostenible por Seta en este volumen germinaron puramente en la imaginación, sino que brotan como yerba de la enajenada tierra de la interacción humana. Esa locura social no es otra que lo lisos (y por tanto resbalosos y poco pegajosos) que han quedado los muros de nuestra individualidad a fuerza de friccionarlos tanto. Si hay un apocalipsis, se parece mucho más a estos relatos que a una pintura de Memling.
Quizás la virtud más notable de esta colección es esa voz que Seta le imprime a su narración y que lleva en sí misma las inflexiones de la ansiedad, pero nunca de la consigna, porque Alejandro es un narrador y no un moralizador.