Hay libros que tienen un argumento que cabe en tres o cuatro frases comunicables y claras; hay otros, en cambio, que, como tratan de dialogar de tú a tú con la vida, son imponderables. Por eso pueden irse por las ramas, como hace este Niño parabólico, y ponerse a hablar de un tomate impreso en 3D, de la tumba de Goya, de los atardeceres de Madrid en el parque del Oeste, de las virtudes del Pandorino frente al Bollycao, de la búsqueda del auténtico brandy o del perro de Vicente Aleixandre para hablarnos, en realidad, del amor, de la concepción del tiempo, del valor de lo gratuito, de la vida en la gran ciudad, concretamente Madrid, de la pureza, del papel de la cultura en nuestra existencia, de las razones para escribir o de las relaciones que establecemos con los bienes materiales.
Agradable lectura aunque le pongo algunos peros. A favor, la prosa andarina, la mirada poética y lejos de ciertas gafas habituales (como cuando habla de cosas metafísicas, en ese coqueteo espiritual de quien empieza a romper el cascarón del materialismo cartesiano); en contra: algunas fases me parecieron relleno y se hecha en falta cierto punto ciego (concepto de Javier Cercas). Y cierto mono-tonía porque el narrador siempre está igual de contento, despreocupado. Eso mola para vivirlo, pero por desgracia resulta menos literario. Pero oye, se lee con gusto.
. Ocurre, y es mi parecer, que cuando uno aterriza en una gran urbe como es Madrid, y digo aterrizar porque cuando se llega a Madrid es como entrar en un mundo nuevo , es como salir de la nave nodriza a un país mas allá del Oz amarillo con sus limites y fronteras, sus cielos, su asfalto , sus dioses , su naturaleza, su ruido, sus días y sus noches... es relacionarse con su Goya, su Velázquez y la infanta Margarita, cruzarse , toparse, entrometerse con sus habitantes siendo tu un foráneo, el extranjero que llega a Madrid a vaya usted saber qué. El que si lo sabe es #constantinomolina que explica según sus propias coordenadas y su particular rosa de los vientos lo que Madrid tiene reservado para aquellos que son capaces de apreciar donde la ciudad encalla, el lugar donde se erigió el puerto y el buque y si se presta atención aún quedan restos de la botella de champán que inauguró el primer viaje de la ciudad . aunque puede que en realidad fuese brandy más que champán y que uno de sus más ilustres pasajeros fuese Vicente Aleixandre y su perro.Pero todo eso, repito, hay que preguntárselo a Constantino, flauneur parabólico al estilo de Baudelaire que queda muy prosaico y asteta pero que en realidad es producto de la más íntima observación de cómo las migas del pandorino caen mansas sobre el jersey y de la disposición del chocolate dentro del bollo que, a diferencia del bollycao, nunca sabes dónde el diente y el paladar se llevarán el premio gordo. Es también cosa del Canal plus y de las madres manchegas que son un totum inamovible y por eso se crearon las impresoras en 3D. Camina Constantino por Madrid, camina por Argüelles, camina por el paseo del pintor rosales y camina por el parque oeste y por la gran Vía en un continuum cuántico porque aquí en Madrid, la Mancha o en la China, somos partículas finitas, haces de luz en un momento dado, somos ficción, somos poesía, somos ese tiempo que ya estaba antes de ser participantes de esto que llamamos vida y que seguirá una vez que hayamos partido. La vida es un rato, es conectarse con la parabólica donde te sintonices y sobre todo es contemplar ,rebasar la linea del horizonte mientras bajito a tu espalda tu madre te pregunta si estás bien. Y tú, por supuesto, le respondes que si, que tú siempre estás bien.
¿Es posible sentir que un autor te está hablando a través de un libro? Es la primera vez que leo algo de Constantino Molina y ha sido sentir que estaba hablando con un amigo, de tú a tú, de vida a vida.
Creo que en muchos pasajes uno se puede sentir identificado, ya sea porque haya pasado por las calles de Madrid de las que él habla o por reflexiones acerca de la vida que, quizás, por miedo muchas veces no expresamos, pero forman parte de nosotros.
Me ha hecho reír bastante. Es una obra ácida en ciertos puntos y bastante sarcástica y, por qué no decirlo, incómoda para aquellas personas que viven con tabúes. Afortunadamente, en mi caso, la incomodidad (en el buen sentido de la palabra) es siempre un plus porque a uno le puede remover y cuestionar sus propias convicciones.
Muy recomendable. Para mí ya es un libro al que volver✨.
A pesar de que Constantino nos dijo vía Google Meets que en su creación de “Niño Parabólico” pensó que esto bien podría ser una obra casi enfocada a artistas en general por las referencias, las metáforas, la forma de contar que hay en todo este intríngulis de mil críticas, ideas y un sin fin de temas (porque en realidad, la obra no va “de nada” si no “de todo”, salvando el hilo aventurero del protagonista por escalar ese piso, proa de Madrid), a mi el libro me ha llegado bastante acertado, tanto en tiempo como en situación, dado que toca un montón de palos del día a día, de la psique humana, de la razón de ser y comportarse, de la religión, de la literatura, política, etc. Todo ello, como nos dijo, envuelto cual medicamento en jamón York para poder ser digerido por una mascota, como un caramelo. Y poder llegar así a entender este libro. ¡Una delicia!
Un compendio de reflexiones sobre la mitad de la vida, el Madrid que vivimos y el que construimos, la cultura y la pausa necesaria. Ha puesto palabras a muchas cosas a las que le doy vueltas últimamente. Creo que ha encajado justo en mi momento vital, posiblemente leído en otro momento la valoración habría sido diferente.
“Las casas de subastas de Madrid son unas de las mejores salas de exposiciones. […] Son unas exposiciones sin la pretensión de lo comisariado o lo curatorial, un compendio de obras de arte cuya afinidad entre ellas es la de que sus propietarios han pasado momentos económicos mejores que el actual o que, simplemente, la mirada reiterada de la convivencia con ellas ha acabado por desgastar su gracia.”
Niño parabólico me ha resultado fresca y original: se mueve entre lo cotidiano y lo delirante con una naturalidad desarmante, como entrar en un territorio familiar que pronto se tuerce. Admirando ya a Constantino Molina como poeta, no me ha defraudado en absoluto en la novela: mantiene la mirada afilada, el riesgo y una voz muy propia.
"Yo le digo que quiero asomarme a su terraza por ver las vistas. Que el sitio en el que ella vive para mí es como la proa de ese barco encallado entre los siglos que es Madrid. Que en ese vértice la ciudad se acaba de manera tajante, delimitando la frontera entre lo urbano y la naturaleza".
“Digamos que en la cultura le damos veinte euros a nuestras emociones para que se vayan por ahí a dar una vuelta y a echar la tarde para que luego vuelvan a nosotros con la perspectiva del que ha visto algo de mundo”