Hay libros que no se cierran del todo. Este se queda latiendo, acompasando el paso, interrumpiendo la ligereza, recordándonos que mientras caminamos hay otros que no pueden hacerlo. Y una vez escuchado ese grito, una vez aceptado, ya no es posible seguir avanzando como si nada, ni mirar el mundo sin asumir que también nos pertenece la responsabilidad de no apartar la mirada.