En la víspera de Año Nuevo, Vasili Shumkov, un joven funcionario, anuncia a su inseparable amigo Arcadi que se ha comprometido en matrimonio con la dulce Lizanka. La noticia debería traerle plenitud, pero su carácter sensible y su frágil salud sufren la presión de las responsabilidades, el amor y el trabajo pendiente.
Podría decirse, literariamente hablando, que El corazón débil es una novela “menor” del joven Dostoyevski. Y sí, lo es. Pero eso no la hace menos importante.
Al contrario: es profundamente trascendental en lo que enseña.
No porque aquí esté ya todo lo que luego hará magistral en sus grandes novelas, sino porque deja algo muy claro desde temprano:
no es que la hipersensibilidad sea mala. Es que el mundo —burocrático, frío, funcional— no sabe qué hacer con ella.
La sensibilidad es a la vez un don y un defecto (la mayoría de las veces), y Dostoyevski lo tenía más que claro.
Aun así, al cerrar el texto, me quedó dando vueltas una idea: la hipersensibilidad —o la humanidad, o quizá un exceso de conciencia— siempre deja algo en los demás, incluso cuando parece no tener lugar.
No es una obra sobre el descubrimiento del mundo como lo serán algunas de sus novelas posteriores.
Pero es una lectura necesaria cuando una se siente demasiado mal por ser blanda.
Maldigo a la moral romántica por negarnos la maravillosa trieja que podrían haber formado estos tres. Dicho esto, es preocupante que me sienta tan identificado.
Se nota que es una obra de juventud, pero apunta maneras. Constantemente con una intensidad que sube y baja, que a la vez te hace querer seguir y te deja descansar. Parecía que iba a ser simplemente un tema emocional como Noches Blancas y se acaba convirtiendo en una tragedia sobre la sensación del deber.