Orwell es un sujeto que se beneficiaría de libros que explicaran como leerle apropiadamente, considerando que la mayoría de quienes lo leen lo hacen esperando encontrar evidencia de sus propios prejuicios. Después recordé que precisamente es ese el problema: tanta gente “explicándole”, en efecto, ha llevado a que muchas personas simplemente se apropien de él para sus propios argumentos, bajo una lógica de ‘apelar a la autoridad’, encajándole títulos como ‘profeta’ y qué sé yo.
La ‘distopía’ (definible como lo opuesto a una ‘utopía’) como género tiende a ser reaccionaria en carácter. El autor toma algo de sus días que no le gusta y lo extrapola y exagera hacia el futuro, mostrando cómo dicha cosa ha tomado la sociedad y la ha llevado para mal. A pesar de abordar el futuro, suele estar estancada en el pasado en costumbres, vestuario, ambiente y otras cosas (el 1984 de Orwell tiene un Londres que –salvo los edificios del gobierno- está lleno de arquitectura victoriana desmoronándose). Todo el futuro que presentan está basado en el presente al cual pertenece el autor, imaginándose las peores cosas que pueden salir de éste. Por lo tanto, no es correcto decir que las distopías son obras futuristas sino, por el contrario, son dolorosamente presentistas, y en muchas ocasiones dicen más sobre el autor y sus días de lo que jamás podrían decir sobre el futuro.
1985 de Anthony Burgess, está dividido en dos partes. La primera corresponde a una serie de ensayos, entrevistas y catecismos sobre la novela de Orwell. El principal argumento de Burgess es que 1984 de plano no ocurrió, no como el autor temía que podría ocurrir, sino que sus miedos fueron reemplazados por otros que son tan o más nocivos. El otro argumento es que la verdadera libertad a defender es la libertad de tomar tus propias decisiones, no libertades superficiales y materialistas. En ocasiones se lee instructivo e interesante, en otros se lee como si Burgess se sintiera demasiado seguro de sí mismo e incluso un poco arrogante (las entrevistas se las hace a sí mismo, por lo que él formula las preguntas y da las respuestas).
La segunda parte es la novela misma, una novela totalmente alejada del Londres de Orwell pero, a su manera, muy familiar. En este mundo el Estado está en todos lados, igual que en la novela original, y si no estás en la buena gracia del Estado no puedes obtener trabajo ni nada, y puedes terminar en un sanatorio o en una cárcel. La diferencia radica en que este Estado, el de 1985, es totalmente impotente. Es un mundo en donde el Estado se rindió ante los sindicatos, que son los que tienen el verdadero poder; si algo no les gusta se van a huelga, y como todos los sindicatos hacen causa común, se vuelve huelga general y todo el país se paraliza. El protagonista se mete en problemas no por cuestionar las mentiras del gobierno, sino por no querer participar en huelgas, aunque también hay un motivo emocional: su esposa murió en un incendio en un hospital porque los bomberos estaban en huelga.
En este mundo todos tienen derechos y libertades. De hecho, tienen tantas libertades que, en la práctica, no tienen ninguna. Trabajo de 20 horas a la semana, consumismo descerebrado al por mayor, libertad sexual absoluta, esas cosas no significan mucho si en realidad no las quieres. Aquí no hay Gran Hermano que vigile todo, pero el Estado sigue siendo un desastre: tanta libertad ha engendrado abulia y, con ello, una completa falta de responsabilidad por parte de todos; el resultado es que nadie hace nada, todos funcionan con una actitud de resignación y conformismo por obtener lo que siempre habían querido y el país parece estancado de forma permanente.
La narrativa de Orwell era morosa, lúgubre y con un tono de advertencia. La de Burgess es más jocosa, más obsesionada con juegos de palabras y condescendiente, pero con un tono de advertencia también. Muchos dicen que 1984 es profética por las cosas en las que acertó (como pantallas que ven en ambas direcciones), pero como todos los profetas, solo funciona si ignoras lo que no se dio (como los “dos minutos de odio”). ¿Esta versión es más profética? Pues sí, ya que predice cosas como el conjunto exigiendo que los individuos sean parte de éste, el poder de los sindicatos, o el crecimiento económico de los árabes. Y a la vez no, siendo como otras distopías un producto de su época: los sindicatos no son TAN poderosos (esto se escribió durante el gobierno de Callaghan, antes de que Tatcher terminara emasculando la mayoría de los sindicatos), el público no es tan resignado a la incompetencia gubernamental (si es que, ahora vamos en la dirección opuesta) y el Islam nunca ha llegado a tomarse los gobiernos europeos, no importa los sustos de ello en el aire.
En sí, el libro no es tan bueno como podría ser, pero ofrece una mirada interesante a algo que ‘podría haber sido’ o que ‘el autor temía que fuese’ que al final no ocurrió. Que es cómo funcionan todas las distopías, incluyendo al que discutiblemente podría ser el progenitor del género H. G. Wells (en una muestra más de que la utopía está en el ojo del observador, muchas historias de Wells que algunos considerarían distopías hoy, él las veía como utópicas, en particular la que podría ser considerado el molde de todo el género, La forma de lo que vendrá -con su gobierno socialista mundial, para él era una utopía). Como nota de cierre, no pude evitar pensar en la película Brazil, con un gobierno terminalmente incompetente, o en La rebelión de Atlas en donde la solución aparentemente –y contra todo pronóstico dadas las políticas del autor- es simplemente una huelga.