Cuando hace unos meses leí “Palenque”, también de Maielis, y lo comparaba con los libros anteriores de esta autora cubana, señalaba el crecimiento de su escritura y la ambición literaria y filosófica que había logrado en aquella novela histórico-ucrónica.
Y entonces llegó “Nuclear” y me dejó sentado en el sitio, con un salto con tirabuzón aún más elevado y brillante.
No es solamente una novela sobre una central nuclear inconclusa ni sobre los futuros perdidos de Cuba, lo que ya sería muy interesante. Pero no: es una reflexión sobre quién puede imaginar el porvenir y desde dónde se imagina. Allí donde buena parte de la ciencia ficción ha mirado tradicionalmente desde los centros del poder del Norte global, Maielis González sitúa la mirada en los márgenes, en las ruinas y en los proyectos interrumpidos, convirtiendo la periferia en un observatorio privilegiado desde el que pensar posibilidades alternativas para la historia. La Ciudad Nuclear de Juraguá no es sólo un escenario: es el símbolo de un futuro prometido que nunca llegó a existir, pero que fue, aunque no fuere. La central inconclusa funciona como una especie de monumento a una posibilidad histórica abortada, y en la novela se transforma en una suerte de portal en el que coexisten todas las posibilidades. Es, claramente, una referencia a Mark Fisher y la idea de los "futuros perdidos", pero redibujada desde una perspectiva completamente novedosa: la novela no habla de Cuba (únicamente); la novela piensa el futuro desde Cuba. Cuba es un laboratorio para explorar otras realidades posibles, y su realidad permite desarrollar una ciencia ficción en el que el futuro no aparece como una promesa de progreso (o de destrucción), sino como un vestigio. Es, si se puede decir, una suerte de nostalgia del futuro.
A la vez, la autora nos habla de la realidad de las comunidades forzadas a la ruptura, ya sea por la pobreza, la diáspora o incluso ese exilio interior, ese “insilio”, que produce un extrañamiento a las personas que siguen en su lugar de origen, un lugar repleto de futuros quebrados. Benicio y Claudia representan experiencias distintas de ruptura, tanto en lo vital como en lo literario, pero creo que son dos personajes muy bien diseñados que hacen que los mensajes que quieren trasmitir (y son muchos) queden muy claros.
“Nuclear” conecta política, memoria y ciencia ficción de una forma tremendamente original, convirtiendo una ruina real en un símbolo universal, y todo ello sin necesidad de recurrir a armas tradicionales del género, como tecnologías espectaculares o grandes explicaciones científicas, o venderse al discurso por el que la especulación es sólo cosa de blancos occidentales y quizás algún asiático rico. Maielis se viste de melancolía, atmósferas cuidadísimas, herramientas poéticas como el extrañamiento y un inteligentísimo uso de la sensación de pérdida, en todos los sentidos imaginables, como forma de construcción de un imaginario literario único.
Todo ello exquisitamente bordado en un final difícilmente mejorable que nos conecta con el todo, y que no se preocupa tanto de explicar como de colocarnos donde debemos estar tras leer este libro. “Nuclear” es una novela que puede despertar tentación de leérsela de una sentada, pero recomiendo encarecidamente bebérsela a sorbitos, permitiendo que los lectores reciban lo máximo posible de toda la información que contiene escondida detrás de sus letras. Porque que Maielis González es una sabia ya lo sabíamos, pero aquí pretende dejarlo muy claro.
Para mí, dentro del top 5 de lo que llevamos de año.
Pronto una pequeña reseña!!! Pero… por ahora, el gorrión que me ha generado este libro, un epílogo que se siente manifiesto de lo que debería estar siendo LA nueva revolución. Gracias Maielis, por especular un futuro y también denunciar un presente. Dar cabida a una especulación del pasado porque cualquier padre debiera ser reescrito. En fin, gracias por entregar una urgente imaginación del tiempo.
Se cae en la red o en el laberinto, te encuentras en el todo o te pierdes en un infinito cuantico interior. En ambos casos perderse es parte del proceso, y hacia donde nos lleve cada cosa parece ser solo un acto de fe. Ante lo que pienso: igualmente será uno o el otro, asi que da igual. Es interesante el rol que juega la identidad en el libro, y como la migracion, tanto si eres quien se queda o quien se va, se ve afectada por este proceso. Uno nunca termina de estar, irse o llegar, de sufrir de esa nostalgia, y el reconocer nuestro sentido en el paisaje (quien nos dijo ser lo que creemos ser) Al final nuestro paso por acá es un detalle insignificante en este laberinto (nos hace creer que estamos fuera, pero es él el que esta dentro nuestro).
El fin del mundo no será el fin del mundo, será el fin de la especie, del capitalismo, de la civilización humana y eso está bien. No tenemos que tener la solución y si existe una solución no tiene que hacernos partícipes. Es egoísta pensar lo contrario.
La destrucción es más común que la supervivencia de la vida y hasta ese momento, lo único que podemos hacer es hermanarnos más, mantener dos verdades opuestas de manera simultanea, ser río, ser laberinto, ser las ruinas de los mundos que no fueron, ser red, ser el archipiélago que siempre hemos sido mientras pensamos que solo somos islas.