Yo, de vez en cuando, me dispongo a la tarea de abordar el corpus textual de algún asiático. Esa extensión territorial del planeta —Asia— siempre me ha atraído sobremanera; eso se debe, en parte, a la enorme diversidad de culturas que se extienden a lo largo y ancho de ese continente. Y también, en gran medida, gracias a una categoría de hombres que, por las razones que sean, suelen surgir con mayor frecuencia en aquellas tierras orientales: los sabios ermitaños, los retirados, los aislados —en fin—, los espíritus contemplativos y solitarios.
Lo que me entusiasma y me resulta magnético de ese tipo de personalidades es la calidad de su comprensión, no solo del cosmos, sino también de la existencia y de la realidad propiamente dichas; así como los criterios, dinámicas y esquemas operativos que rigen esos tres conceptos. Cuando yo era más joven y apenas me preparaba para abordar superficialmente a alguno de esos sabios, en más de una ocasión me sorprendía —sin medir fuerzas ni distancias— al constatar que mucho de lo que profesaban esos ancianos en aquellas lejanas épocas lo avala la ciencia de nuestros tiempos. Sí: estos sujetos captaban verdades esenciales y, bajo nuestro lente cultural, científicas respecto del mundo que habitaban.
No podía impresionarme más ante tal hecho. ¡Hablamos de unos cuantos viejos cuyo fulgor calentó la tierra hace siglos! ¡Almas curiosas cuyo ingenio supo interpretar de manera coherente lo perceptible e incluso lo no perceptible! Son los espíritus autocríticos de antaño, pruebas fehacientes de que el universo, aunque enigmático, se nos revela constantemente, aunque no de modo íntegro.
Cuando leí sobre Hōjōki me quedó claro que su autor, Kamo no Chōmei, encajaba, de una u otra forma, en ese arquetipo de sabio recluido: no tenía dudas. El concepto de la obra me pareció genial; la anoté con la esperanza de hallar en ella una larga tradición cultural, espiritual e intelectual —un factor más de la gran sapiencia humana— y así fue: no me decepcioné.
Sin embargo, antes de abordar Hōjōki como obra, debo confesar que considero a Kamo no Chōmei como uno de esos autores cuyo pensamiento, para comprenderse amplia y rigurosamente, exige contextualizar su vida, los sucesos que le acontecieron y cómo estos influyeron en su obra.
Chōmei (賀茂 忠明) nació aproximadamente en 1155; fue segundo hijo del administrador del templo Kamo, un santuario sintoísta ubicado al noreste de Kyōto, en las orillas del río Kamo. Se sabe que desde joven se instruyó en materia poética y musical en el mundo cortesano, hecho que le permitió insertarse —aunque con un rango menor— en la élite literaria del periodo Heian tardío. Durante su juventud y adultez participó en círculos artísticos y culturales como poeta y músico: se decantaba por la estética y la densidad conceptual del waka y se desplazó con agilidad por el repertorio del biwa, un laúd japonés.
Mientras su pasión desinteresada por el arte poético se extendía con vigor, su vida decayó de modo paralelo: su padre murió, la tragedia lo abrumó, se aisló cada vez más y ya no quiso hablar con nadie. Aun así, ni el dolor resiste al mujō (無常): nada es permanente. Los cielos cambian, las estaciones se suceden y, pese a la muerte de su progenitor, Chōmei continuó en los círculos de la corte ejerciendo su labor como poeta, aunque siempre con el espíritu abatido. Su vagar era el de un desposeído.
Además de esa miseria espiritual inmediata, su época fue un tiempo de cambios sociales, jerárquicos, violencia y calamidades. Su vida transcurre en la transición de la dinastía Heian al shogunato de Kamakura, lo que acarreó consecuencias nefastas no solo para el melancólico poeta sino para todo Japón. Las fragmentaciones políticas —las guerras entre Taira y Minamoto—, sumadas a las sucesivas calamidades naturales que acontecieron a lo largo de su existencia, fueron factores que condicionaron el horizonte interpretativo del docto maestro de las letras.
Bajo estas condiciones, a mediados de su vida, llegó a oídos de Chōmei un rumor esperanzador: el emperador habría decidido otorgarle un puesto de prestigio en agradecimiento por su labor poética. Se dice que el autor de Hōjōki se emocionó tanto que la sal y la lluvia emergieron de sus ojos; conoció la esperanza. No obstante, su destino sería otro. Apenas se extendió el rumor por los altos círculos, un miembro de la corte alegó ante el emperador que su propio hijo, aunque menor, gozaba de mayor rango y dedicación al servicio imperial; en consecuencia, la posición destinada al poeta fue cedida a ese protegido. Lo mundano frustró una vez más las ilusiones del desalentado erudito.
¿Qué podía hacer un hombre así? Atormentado por la ausencia, despedazado por las calamidades, testigo de las mayores crueldades humanas, perseguido por la desdicha y la melancolía —y, además, docto, de alma sensible y heredero de una larga tradición cultural, espiritual e intelectual cuyo fin último es la libertad—, ¿qué otra opción le quedaba? Chōmei partió: primero a Ōhara, donde vivió veinte años; después a Hino, donde redactó el material que aquí nos ocupa: Hōjōki.
Esta obra bebe de dos tradiciones ya existentes: la primera es el zuihitsu —forma fragmentaria, aforística—, y la segunda la sōan bungaku, o literatura de recluso, un género bien establecido en Asia que se caracteriza por la elaboración textual desde el aislamiento social. Al reconfigurar, transgredir y combinar ambos géneros, Chōmei crea un estilo propio y armonioso que transmite la sabiduría del ermitaño: pensamientos que surgen y se desvanecen.
«El fluir del río es incesante, pero su agua nunca es la misma. Las burbujas que flotan en un remanso de la corriente ora se desvanecen, ora se forman, pero no por mucho tiempo. Así también en este mundo son los hombres y sus moradas.»
Con esta sentencia inaugura Chōmei su magnum opus, y con la imagen del río y de las burbujas presenta uno de los conceptos clave para entender su obra: el mujō.
El kanji para mujō en sino-japonés es 無常; es una palabra compuesta en la que mu (無) significa negación —“no” o “sin”— y jō (常) significa constancia o permanencia. En conjunto, expresan la idea de “no constancia”, traducible como “impermanencia” o “transitoriedad”. La sustancia conceptual de este término se hereda del sánscrito anitya/anicca. En la doctrina budista clásica, esta palabra representa una de las tres marcas de la existencia: impermanencia (anicca), sufrimiento (dukkha) y no-yo (anattā).
Esta idea —el mujō— intenta transmitir el carácter transitorio del universo y de todos sus componentes. Establecido este concepto como eje central, Chōmei desarrolla íntegramente el texto. Hōjōki está estructurado en dos partes: la primera, de tono histórico y reflexivo; la segunda, de carácter más autobiográfico.
En la primera parte, Chōmei enumera calamidades y desastres naturales que azotaron el país durante su vida; hace un recuento con rigor historiográfico (fechas, registros, políticas de reacción) y con criterio filosófico esas catástrofes, plenas manifestaciones del mujō. En la segunda parte, con pluma sensible y sabia, nos transporta a su ser: muestra su proceso de retiro, su abandono de la esfera o kyōgai (境涯).
La obra no es una autobiografía confesional: lo que Chōmei revela de sí mismo lo hace con fines intelectuales. Transforma su vida en dispositivo filosófico; los años en Ōhara y en Hino, el niño de diez años, sus oraciones, cantos, rituales y ociosidades actúan como vehículo cognoscitivo y transmisor de ideas. El carácter personal de la obra obedece a parámetros mayores y nobles.
Todo está allí para iluminar al lector: Chōmei quiere que contemplemos lo efímero, la irracionalidad de las estructuras sociales de su tiempo y las complejas dinámicas que operan en la realidad. Busca excitar el espíritu con una densa sucesión de esencias universales empaquetadas en una bella y poética producción autobiográfica.
Considero que Hōjōki no solo admite, sino que exige —en el peor de los casos— una lectura atenta y, en el mejor, repetidas lecturas. Me maravilla su densidad filosófica: cada palabra encierra no solo un campo semántico coherente con el tema, sino una ambivalencia que potencia múltiples interpretaciones sin perder lógica.
Para ejemplificar esto uso una breve cita en la que Chōmei, narrando las cotidianidades de su vida como asceta, introduce un concepto imprescindible: kyōgai (境涯). El fragmento:
«Cuando no estoy de humor para orar ni para leer, descanso y holgazaneo; nadie me lo impide aquí ni hay nadie ante cuyos ojos pudiera sentirme avergonzado. No he hecho votos de silencio, pero por fuerza los cumplo, ya que estoy solo. Tampoco me esfuerzo por obedecer ningún precepto; aquí no existe ninguna esfera que romper.»
El kanji para “esfera” o kyōgai en sino-japonés es 境涯: palabra compuesta por kyō (境), que significa “borde”, “límite” o “condición”, y gai (涯), que remite a “orilla”, “extremo” u “horizonte”. Combinados, forman la noción de ámbito o territorio: el ámbito —interno o externo— que delimita las posibilidades, condiciones y situaciones de un ser humano.
Con kyōgai, Chōmei puede referirse tanto a las estructuras sociales que condicionan conducta y pensamiento —las instituciones, por ejemplo— como al horizonte interpretativo propio de cada sujeto. Esa ambivalencia es la genialidad del libro: una sola palabra abre campos semánticos múltiples.
Desde la lectura perceptual, kyōgai indica la esfera de experiencia de un sujeto —su campo de percepción y conciencia—; desde la lectura social, remite al marco institucional que condiciona la acción. Entendidas ambas acepciones, lo que Chōmei evidencia es que al desligarse de ciertas esferas externas se gana en libertad práctica, aunque siempre estaremos condicionados por nuestro propio horizonte interpretativo; por eso debemos nutrirlo, juzgarlo y moldearlo: solo así es posible la paz.
¿No resulta casi un prodigio encerrar tanta carga conceptual en dos caracteres? La riqueza inferencial posible a partir de ese par es notable.
El análisis de la obra me llevó a concluir que Hōjōki funciona como tratado práctico y literario: la contemplación del mujō produce una ética del desapego y una estética de lo efímero/trascendental que Chōmei maneja con sensibilidad certera.
Hoy tuve el placer de enfrentarme a esta obra: su belleza y su ancestral sabiduría me han dejado la misma sensación que experimenté al leer a los presocráticos por primera vez. Eso es espléndido. El valor de su filosofía lucida, reflexiva y sanadora —pese al pesimismo del autor— es innegable. Excelente texto; no dejaré de recomendarlo.