María vuelve a llevarnos de la mano a través de este mapa de manuscritos, donde refuerza una idea que atraviesa toda la obra: ese miedo colectivo a lo desconocido que se repite a lo largo del tiempo, adoptando distintas formas pero manteniendo siempre un mismo núcleo. Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue la reconexión con la figura de John Dee. Lo estudié en su momento en la universidad desde un enfoque puramente lingüístico, pero volver a encontrarlo doce años después (sí, ya soy vieja) me hizo darme cuenta de que su figura abarca mucho más. Puede parecer excéntrico desde ciertos ojos, pero es innegable su importancia. Quizá también hay algo personal ahí: siempre he tenido debilidad por este tipo de “genios”.
También aparece la figura de Anna Zieglerin, a quien desconocía. Resulta especialmente interesante por ser una mujer alquimista que logró acceder a la corte, un espacio históricamente reservado a los hombres, aunque su destino no terminara bien.
Sin embargo, la mayor fuerza del libro reside en la importancia del símbolo y su uso psicológico. Las visiones y profecías no solo funcionan como elementos narrativos, sino como herramientas que pueden ser interpretadas —y, por tanto, utilizadas— de distintas formas. Ahí es donde aparece el vínculo con el control.
El concepto de apocalipsis deja de ser exclusivamente religioso para revelarse como algo cíclico y político. Una narrativa que se repite porque comunica algo profundamente humano: el miedo a lo desconocido. Y, al mismo tiempo, la necesidad de darle sentido. Como decía María en su charla: "Entender ese simbolismo no solo implica comprender el texto, sino también comprendernos a nosotros mismos, es un efecto simbiótico".
De hecho, estas visiones no son exclusivas de una sola tradición. Aparecen en distintas religiones, lo que refuerza una idea incómoda pero poderosa: a pesar de nuestras creencias no somos tan diferentes.
Además, María nos explica que "no es casual que Juan de Patmos escribiera desde el exilio. Ese espacio liminal —físico y simbólico— es precisamente el lugar desde el que surgen las visiones. El Apocalipsis no es solo un texto: es una experiencia. Es visual, pero también oral. Nos obliga a participar activamente, a “ver” con la mente, a comprometernos con lo que se nos revela. Es breve, pero profundamente exigente"
Por último, María nos introduce en la inquietud de un mundo post-apocalíptico donde incluso la identidad (y el propio cuerpo) se ven cuestionados. Una visión de cambio forzado que, de algún modo, parece inevitable y repetitiva. Sin embargo, lejos de plantearlo como un proceso individual, nos invita a pensarlo desde lo colectivo: como una necesidad profundamente humana.