Si tenemos suerte, los lectores sabemos que como mucho nos encontraremos a lo largo del año con dos o tres lecturas de esas que nos calan, de las que tienes la certeza desde la primera frase que la historia no te va a abandonar, que se va a quedar contigo. Leemos muchos libros que nos gustan y nos enganchan por diferentes motivos, historias que adoramos y a las que siempre queremos volver, pero no hay tantas que te estrujen el alma, que te incomoden hasta lo indecible, pero que aun así no puedas dejar de leer, que no te permitan distraer tu atención de la misma ni un solo momento. Hay historias que son espectaculares por un sinfín de motivos, que tienen esa magia que distingues rápidamente, ese algo especial que exige y merece que como lector te sumerjas en la obra lo más vulnerable posible y con los cinco sentidos receptivos. Esto es lo que pasa con la impecable “El cielo de la selva” de la autora cubana Elaine Vilar Madruga, que es tan enorme que te cautiva, que te hipnotiza y no te suelta ni después de haber acabado el libro.
En contra de lo habitual, he decidido no decir nada de la trama de esta historia, porque creo que sería destrozar la experiencia a cualquier lector. Afortunadamente tengo por costumbre saber lo menos posible de las historias que leo, y de “El cielo de la selva” solo tenía buenas recomendaciones de amigas de confianza, pero poco más, y ha resultado ser un total acierto. Nada más empezar, la historia te sorprende, te atrapa por lo salvaje que es, por la violencia que desprende. Desde las primeras páginas sabes que va a ser obra complicada, compleja y cruda. También creo que es de estos libros de los que es muy difícil hablar, de los que digas lo que digas, jamás le harás justicia a la calidad que tiene.
Lo primero que destaca es la prosa de Elaine, bella y salvaje, pero también sucia y cruda. Siempre me sorprende la habilidad de esas autoras que son capaces de alternar la belleza de la vida, con las peores atrocidades, con los momentos más macabros. La prosa de Elaine es bella, tanto cuando narra lo tierno o la propia belleza de la salvaje naturaleza, como cuando describe las escenas más turbias y violentas que una mente pueda imaginar. Esto consigue que el lector entre en una especie de trance entre lo bello y lo grotesco, que me ha parecido una auténtica delicia.
Es una obra muy sensorial, tan explícita y descriptiva, que puedes sentir como las páginas atrapan tus sentidos. “El cielo de la selva” es terriblemente escatológica, de esas historias que te remueven el estómago, manteniendo un pulso con el lector durante toda la lectura. Muchas veces sientes que puedes sentir el olor de diferentes fluidos, de la carne, o, incluso, el de la propia muerte, a veces puedes sentir el sabor de las cosas más asquerosas en tu boca. También consigue provocar las sensaciones más horribles en tu propia piel a través de los escalofríos que muchas situaciones te hacen sentir. Nuestra mente es capaz de ver con perfecta nitidez las peores pesadillas que la autora describe con tanta fuerza. Algunas escenas me han perturbado tanto que no descarto escuchar ciertos sonidos en la oscuridad de la noche mientras pienso en esta historia y en sus personajes, y sobre todo en esa cruel e implacable selva.
Pese a que no deja de ser una historia grotesca, violenta y sangrienta, que provoca incomodidad y asco, en el fondo de la obra confluyen infinidad de temas y poderosas reflexiones que la autora muestra a través de sus personajes y las extremas condiciones vitales en las que se desarrolla su vida. ¿Es el ser humano violento por naturaleza? ¿Solo podemos provocarnos dolor y tristeza? La violencia como respuesta ante la vida es una de los motores de la novela, ya que al final todos los personajes debe hacer uso de esta de una manera u otra para sobrevivir ante la impecable dureza de la selva, de la vida.
La obra tiene momentos muy duros, y también otros en los que el lector desea levantarse y aplaudir. Infinidad de escenas y reflexiones consiguen hacer un retrato muy interesante de como funciona el machismo, de lo arraigado que está en los hombres y, también, en las mujeres. Me ha gustado ver como hasta en los peores escenarios, hay lugar para el compañerismo, para la sororidad. Es otra de las grandes virtudes de “El cielo de la selva”, esa dualidad entre lo peor y lo mejor, lo perverso y lo tierno, la muerte y la vida. La autora es capaz de trasladar esta dualidad a los propios personajes, a sus acciones, consiguiendo que en la mayoría de casos el lector empatice con ellos, los entienda incluso en la barbarie. Me ha chocado sentir que empatizaba con según que comportamientos, por malos que fuesen.
Otro de los grandes temas de la obra es la maternidad y las diferentes formas que está adopta. Ser madre nunca es fácil y en según que circunstancias puede resultar incluso más duro. La maternidad se muestra a veces como una cosa bella y dulce, otras veces provoca odio y desapego y, en la mayoría de ocasiones, infunde el mayor de los terrores. Por si fuese poco, la obra también tiene una carga sensual que no vi venir y que me ha fascinado. Esa mezcla salvaje de la selva, con esos personajes que transitan por su sexualidad de una manera perversa, encontrando excitación en cosas impensables, pero que por alguna razón el lector logra entender.
Podría estar hablando horas de este libro y me da pena no poder ser más explícito en cuanto a algunos aspectos de la trama, pero no quiero arruinarle esta increíble experiencia a nadie. Siento que personajes como Ifigenia, Ananda o Romina se van a quedar conmigo por mucho tiempo, al igual que sé que muchas de las escenas que más me han perturbado, van a permanecer en mi memoria por siempre. Es increíble la fuerza que desprende la narrativa de Elaine, como te remueve por dentro tanto por lo visualmente desagradable que puede llegar a ser, como por toda la carga reflexiva que se esconde tras estas escenas.
En definitiva, “El cielo de la selva” es una de las historias más brutales, perversas y reveladoras que he leído en mucho tiempo, de las mejores lecturas que hice este año y también de los anteriores. Creo que es necesario advertir que no es una obra sencilla, que no es un paseo agradable, es más bien todo lo contrario, así que solo la recomiendo a aquellos que tengan el estómago necesario para disfrutar de este tipo de historias y quieran sacarle todo el jugo a la misma, que tiene tanto que sería injusto quedarse solo en la superficie. Vaya deleite ha sido descubrir a esta autora y que ganas de encontrarme con ella nuevamente en un futuro cercano.