Miguel Unamuno aseveraba que el español es más feliz con el mal del vecino que con el bien propio. Carolina Yuste es uno de esos escasos contraejemplos que contradicen la tesis del maestro, ella ha logrado ser profeta en su tierra, quizás sea tan sencillo como ser buena gente. Así que, lo mismo, si fuera otra, hubiera dejado la calificación en cuatro estrellas, pero siendo de mi barrio no voy a andar con racaneos.
Toda mi violencia es tuya es un libro caótico, desordenado, bruto, visceral, bulímico, sincero, íntimo, pasional, fresco, alineal (vaya palabro), enrevesado, controvertido, comprometido, sensible, a ratos inteligible, una especie de Aleph... y la mezcla ofrece un resultado indefinible que hace que sigas leyendo, que quieras saber más de lo que ha sentido, lo que ha vivido, lo que ha motivado a esta mocina que podría ser ella o la voz de muchas.
Aunque la obra está repleta de localismos, aunque se construya sobre referencias que seguramente solo entenderá completamente su círculo más cercano, el texto no pierde interés en ningún momento porque va dejando una explosión tras otra. Puede ser cualquier cosa, pero no peca ni un solo instante de plano. La edición ayuda. Da igual que no conozcas la Alcazaba, el Cerro de Reyes, el Gurugú, que no sepas lo que es desayunar todos los días en la calle como hace esta ciudad, que no conozcas a la Tati ni a la Sole, ni a la madre ni al padre. Da igual. Porque es un libro que no te va a dejar indiferente, especialmente si eres natural de una provincia que no es Madrid.
Uno de los aspectos que me llaman la atención del libro, entre otras cosas porque no hay muchos en los que Badahó sea un personaje más, es como deja en evidencia que cada persona tiene una manera de sentir su ciudad, que en realidad, en contra de lo que pueda parecer, es un término subjetivo, aunque las casas, las calles o los parques sean materia objetiva. He vivido, paseado y disfrutado cada uno de los rincones que menciona, aunque soy bastante mayor que ella, comparto algunos de los hábitos que expone, conozco a varios de los personajes que forman parte del escenario, somos del mismo barrio, hemos coincidido en varios sitios desayunando, sin embargo, su Badahó, no es mi Badahó, aunque los dos cantemos con deje la "o" final. Simplemente, porque sus vivencias no son las mías, ni en forma, ni en fondo.
No Carolina, en una cosa no puedo darte la razón. Aquí no todo el mundo sabe seguir un compás, salvo que yo sea la excepción que confirma la regla. No será porque no lo intento, no hay ná que me de me guste más que un fandango de Badahó cantao por El Porrina. Hasta mi barbero es gitano. Pero, ná, no hay ná que hacé, el duende nunca se fijó en mi.
A modo de posdata, una curiosidad absurda (cosas de llegar hasta la última página de las últimas páginas): el libro se terminó de imprimir, mientras Carolina desayunaba unas migas con unas amigas, 35 años después de la Carta de Celtas Cortos. ¿Recordáis aquella tarde en la Cabaña del Turmo?
Sí, sí. Tengo mis taras.