Y ni siquiera soy el mismo cuando escribo podría ser un ensayo más sobre el oficio del escritor, una suerte de decálogo para escritores —con digresiones, eso sí—, un manual para solitarios; o mejor, podría ser el diálogo que un escritor mantiene consigo mismo, o con su sombra, frente a un espejo en un lugar una posible explicación literaria o bien una confesión sincera, libre de culpa y cargo, acerca de cómo, qué y para qué hurgar en un depósito de cosas inservibles para, por fin, después de muchos años, rescatar algo. Eso por lo que valdrá la pena vivir. Y escribir para contarlo. Desde lo más cursi que mi corazón puede no esperen nada de la literatura. Y si no esperan nada, esperen todo. Y si esperan todo, que sea como un juego. Que lo que llegue no sea nada, y que lo que no, que sea más rico que eso, que los haga más fuertes. Y, por favor, como sospecho que diría el poeta, no se sientan escritores ni aun escritores, no se sientan publicados ni aun trémulo de pavor, siéntate al teclado y arremete feroz, ya rechazado. No se vistan de escritores ni de otra cosa; sean simplemente ustedes mismos. Hay ahí una soledad, la única, la que nos da el título de escritor. Soltar, con amor, lo que admiramos, para estar solos en eso que nos espera adelante. Si tienen el diario del lunes y se enteran qué es, qué hay, qué resultó ser, entonces, no me avisen, no quiero saberlo.
Autor de la trilogía sobre un chico del conurbano conformada por Las garras del niño inútil, En verdad quiero verte, pero llevará mucho tiempo y Los abandonados (Factotum Ediciones). También publicó Tiene que ver con la furia (Emecé), en coautoría con Andrea Stefanoni, y la novela de terror Macumba (Notanpuán). Ganó el Premio Décimo Aniversario de Revista Ñ (2013), galardón entregado por primera vez a un autor nacional, por su novela La pregunta de mi madre (Clarín/Alfaguara).