Dice Peláez en el epílogo que "si el Madrid de los 80 es una creación de Sabina, de Umbral y de Almodóvar, el Madrid de hoy comienza a ser la creación de Ussía". No puedo estar más en desacuerdo.
El libro da vergüenza ajena a niveles muy altos. Es como si ChatGPT tuviera un prompt de escribir columnas sobre Madrid al estilo Umbral: metáforas manidas tipo que los jóvenes de Villaverde van "de chándal y ruedas"; tópicos hasta la saciedad (quejas de que la gente mira el móvil, el comercio de cercanía, los churros de San Ginés). O sea, si hay algo peor que la falta de originalidad del estilo es que el tío, además, imposta una nostalgia y un pollaviejismo de Javier Marías que suena demasiado forzado. "Quienes vinieron a hacerse las Castillas tras la guerra que nos deshizo". O sea, what the fuck?
Quizás el problema sea lo que le escuché al autor en una reciente entrevista. Decía algo así como que la gente iba a restaurantes heredados entre generaciones, y por qué iba a ser un problema que él fuera hijo de Alfonso Ussía o bisnieto de Muñoz-Seca. Para mí, ese sí es el problema. Como dijo Sabina sobre su padre, "Don Mendo no se hereda"; y está claro que el tío ha heredado la columna familiar de ABC y que tiene adeptos. Pero su producto es un franquiciado literario sin gracia ni ingenio.
Lo cierto es que me gustaba más el Ussía que buscaba su camino propio en Vatio, y no este otro que intenta inscribirse a trompicones en la tradición articulista de Umbral, Gistau, etc., usando metáforas ridículas de manera poco natural y recurriendo a la jerga de Agustín de Foxá. Demasiado autoconsciente de ser algo que no es.
Prefiero el Madrid de San Blas de Iñaki Domínguez (El Panamá) o incluso el de Leganés de Roberto Vaquero (Nostalgia). Aunque este último esté mucho peor escrito, al menos es honesto.
Alfonso J. Ussía en “Bajo Cielo” hace una descripción melancólica de Madrid. Desde lo que fueron los barrios del centro con sus hoy desaparecidos ultramarinos y sus bares alfombrados de resina y servilletas arrugadas, pasando por sus barrios trolley a los que han arrancado toda personalidad para terminar en los barrios obreros que siguen manteniendo su estilo cheli maravilloso. Por ponerle un pero, se me ha hecho un poco repetitivo en algunos puntos y recursos.
Para los que somos de Madrid, es un diario de lo que fuimos e incluso de lo que no conocemos. Una sonrisa, alguna risa, y algún movimiento de cabeza dando la razón. Me han entrado ganas de escribir de la ciudad e incluso de fardar de ella.
Qué planazo caminar por la ciudad de la mano de este libro y proponerse con él ser el 100% de lo que estamos llamados a ser: madrileños. O salmantinos. O tinerfeños. O chinos. Porque Madrid es de todos.
Solo un apunte: no es tan dramático vivir en Las Tablas. Está la feria medieval.
Buenas reflexiones del Madrid de antes (nostalgia) y el de ahora “No cometan el error de olvidar de dónde venimos porque no sabrán volver cuando se pierdan”
Una gran decepción: salvo la última parte (y con matices), el libro se siente como una queja constante envuelta en nostalgia.
Es cierto que hay tantos “Madrid” como habitantes, pero más que un retrato de la ciudad, el libro se asemeja a una columna de opinión en un periódico conservador, firmada por un señor enfadado: la mirada de un autor que insiste en que “todo tiempo pasado fue mejor”.
Curiosamente, es a lo que se dedica Alfonso J. Ussía.