Me encantó. Lo encontré mucho mejor que el libro previo de ella, que al parecer es más conocido e importante. Casi le pongo cuatro estrellas y no cinco por la cantidad de referencias culturales tan específicas de su lugar y de su época que no alcancé a entender y que me hicieron al final saltarme varias de sus páginas, pero... subrayé TANTAS CITAS y tuve que pararme TANTAS VECES a quedarme pensando en alguna, que... encontré que no se merecía esa suerte de devaluación.
Es solo una descripción de momentos, en todo caso. Como ramalazos de una vida y sus proyecciones, el día diario, las pequeños detalles, pero SÚPER BUENO. La vida casual y luego chorreadas de genialidad.
A mí me encanta el ámbito de lo personal y cotidiano, así que quizá por eso también me gustó tanto. En especial cuando es la visión de de una mujer que se acerca ya a la tercera edad y que entonces tiene más variedad de miradas para interpretar cosas.
Citas que subrayé:
1.
En la farmacia me encuentro con Vera, una trotskista nonagenaria de las de antes que vive en mi barrio en un cuarto sin ascensor y que siempre habla con voz aguda, como si estuviera dando un discurso. Está esperando que le hagan una receta y, como no la he visto en mucho tiempo, me ofrezco a esperar con ella. Nos sentamos en dos de las tres sillas que hay alineadas en la del centro; Vera, en la de mi izquierda; y en la de mi derecha hay un hombre con aspecto simpático que está leyendo un libro.
- ¿Está viviendo en el mismo sitio? - le pregunto.
- ¿Y a dónde voy a ir? - dice, tan alto que un hombre que está atrás en la cola se vuelve hacia nosotras -. Pero ¿sabes qué, querida? Que gracias a las escaleras me mantengo en forma.
- ¿Y su marido? ¿Cómo lleva él las escaleras?
- ¿Mi marido? - dice-. Murió.
- Lo siento mucho - digo casi en un susurro. Mueve la mano en el aire como restándole importancia.
- No fue un buen matrimonio - anuncia. Tres personas de la cola se vuelven -. Pero ¿sabes? Al final eso tampoco es tan importante. Digo que sí con la cabeza. Lo entiendo. El apartamento está vacío.
- Es justo que diga - continúa - que, aunque nunca fue un buen marido, sí fue un gran amante.
Noto que el hombre que está sentado a mi lado da un pequeño respingo.
- Bueno, sin duda eso sí es importante - digo.
- ¡Y tanto! Lo conocí en Detroit durante la Segunda Guerra Mundial. Por entonces nos estábamos organizando. En aquella época todos se acostaban con todos, y yo también. Pero aunque parezca increíble... - y en ese punto baja la voz drásticamente, como si fuera a contarme un secreto de gran importancia -, la mayoría de los hombres con los que me acosté no eran buenos en la cama. En realidad eran malos, muy malos.
En ese momento, siento que el hombre a mi derecha está tratando de reprimir una carcajada.
- Así que, cuando encontrabas uno bueno - Vera se encoge de hombros - no lo dejabas escapar.
- Sé muy bien a qué se refiere - digo.
- ¿Sí, querida?
- Claro que sí.
- ¿Quieres decir que siguen siendo malos?
- Cualquiera que nos oiga... - digo -. Dos viejas hablando de amantes terribles.
Esta vez el hombre que hay a mi lado suelta una carcajada. Me vuelvo y me quedo mirándolo un buen rato.
- Nos estamos acostando con los mismos hombres, ¿no? - le digo.
- Sí, asiente él -. Y con el mismo grado de satisfacción.
Durante un instante los tres nos miramos y, entonces, a la vez, empezamos a reírnos en carcajada limpia.
2.
"Trabaja", me decía a mí misma. "Trabaja. Si trabajo", pensaba al mismo tiempo que estrechaba mi nuevo corazón endurecido, "seré alguien en el mundo". ¿Qué importancia tendría entonces renunciar al amor?
Pero descubrí que me importaba más de lo que nunca habría imaginado. Conforme fueron pasando los años, comprobé que el amor romántico estaba inyectado como un tinte en el sistema nervioso de mis emociones, entrelazado a conciencia en el tejido del deseo, la fantasía y el sentimiento.
Atormentaba a la psique, era un dolor de huesos; se incrustaba con tal profundidad en la naturaleza del espíritu que hacía daño a la vista contemplar sus enormes consecuencias. Sería un motivo de sufrimiento y conflicto durante el resto de mi vida. Atesoro mi corazón endurecido - durante todos estos años siempre lo he atesorado -, pero la pérdida del amor romántico todavía puede desgarrarlo.
3.
En mi calle han colocado una barrera para cercar una zona del pavimento sobre la que han echado hormigón fresco. Al lado de la barrera hay una única plancha de madera con una barandilla muy endeble para los peatones. Una mañana helada en pleno invierno estoy a punto de agarrarme a la barandilla para cruzar la plancha cuando, en el otro extremo, aparece un hombre dispuesto a salvar el mismo obstáculo. Este hombre es alto, tremendamente delgado y terriblemente viejo.
De modo instintivo, me inclino hacia adelante lo suficiente para ofrecerle la mano. Ninguno de los dos dice una palabra hasta que el hombre logra cruzar sano y salvo la plancha y se encuentra a mi lado. - Gracias - dice -. Muchas gracias. Un escalofrío de emoción me recorre todo el cuerpo. - De nada - digo en un tono que espero sea tan franco como el suyo.
Entonces, cada uno sigue su camino, pero siento ese "gracias" corriendo por mis venas durante todo el día. La diferencia la había marcado la voz. ¡Esa voz! Fuerte, viva, serena: no consciente de pertenecer a un anciano. En ella no había ni rastro de ese deje lastimero que con frecuencia se detecta en la voz de los ancianos cuando se les prodiga alguna modesta atención, "Qué amable es usted, qué amable, amabilísima", cuando lo único que una está haciendo es parar un taxi o ayudar a vaciar un carrito de la compra... como si se estuvieran disculpando por el espacio que ocupan en el mundo.
Este hombre se había dado cuenta de que yo no había hecho nada especial, y no necesitaba mostrarse especialmente agradecido. Nos estaba recordando a ambos que cualquier persona que necesite ayuda tiene derecho a esperarla, y que quien es testigo de ello tiene la obligación de brindarla. Yo le había ofrecido mi mano y él la había tomado. Habíamos compartido treinta segundos - él no me había suplicado y yo no lo había tratado con condescendencia -, en los que a él se le había caído la máscara de la vejez y a mí, la del vigor. En medio de la disfunción nacional, de la brutalidad global y de la actitud defensiva del individuo, los dos sencillamente nos habíamos mostrado ante el otro tal cual éramos.
4.
Hay dos tipos de amistades: aquellas en las que las personas se animan mutuamente y aquellas en las que las personas deben estar animadas para estar juntas. En la primera categoría, uno hace hueco para verse; en la segunda, uno busca un hueco en la agenda.
5.
Enciende una cerilla y la acerca al cigarrillo.
- No estoy hecha para esta vida - digo.
- ¿Y quién lo está? - dice, expulsando el humo en mi dirección.
6.
"Todos los hombres en soledad son sinceros", decía Ralph Waldo Emerson. "En cuanto entra en escena un segundo, comienza la hipocresía". Un amigo, por lo tanto, es una especie de paradoja de la naturaleza.
7.
Mi amistad con Leonard empezó conmigo invocando las leyes de las que conllevan expectativas. "Somos uno", decidí poco después de conocernos. "Tú eres yo, y yo soy tú: es nuestra obligación salvarnos el uno al otro".
Me llevó años darme cuenta de que ese sentimiento no era exacto. Lo que somos, de hecho, es un par de viajeros solitarios que avanzan con esfuerzo por el territorio de sus vidas y que de vez en cuando se encuentran en el límite más alejado para intercambiar información sobre las fronteras.
8.
Nunca sabría lo que Keats ya sabía antes de cumplir los veinticinco, que "ningún grupo de personas es mejor que otro".
9. Me sentí muy identificada porque ESTO TAMBIÉN ME PASA A MÍ *transpira.
Un año en que di clases en Arizona, Leonard vino a visitarme e hicimos un viaje al Gran Cañón, parando en varios puntos mientras atravesábamos uno de los paisajes más impresionantes del planeta. Cuando llevábamos un día y medio viajando, llegamos a un alto y, hasta donde abarcaba la vista, contemplamos a nuestros pies el enorme desierto del oeste, donde no se divisaba ningún rastro de vida humana.
La simple extensión de mundo sin límites ni fin me dejó sin aliento.
- ¡Qué maravilla! - salió de mis labios antes siquiera de poder pensar. Leonard estaba en silencio. - ¿No? - pregunté. Él me dedicó una de aquellas sonrisas suyas, pequeñas y apretadas.
- ¿Cómo te sientes? - preguntó con genuina curiosidad; realmente quería saberlo.
- Eufórica - repliqué -. Llena de vida. Silencio. - ¿Tú no? - pregunté.
- No - replicó, estremeciéndose -. Cuando contemplo a la naturaleza en estado puro me siento intimidado - dijo -. En realidad, siento miedo. Sin embargo, cuando observo el mundo civilizado me siento conmovido por el esfuerzo que el ser humano ha hecho para repeler lo que le es ajeno. La naturaleza me inspira terror o gratitud. Pero nunca me hace sentir lleno de vida.
9.
Freud llevó a cabo sus mayores descubrimientos investigando y explorando el inconsciente, y su principal hallazgo fue que desde el nacimiento hasta la tumba estamos todos divididos. Queremos crecer, y no queremos crecer. Estamos ávidos de placer sexual, y tenemos miedo del placer sexual. Odiamos nuestras emociones más agresivas - la ira, la crueldad, la necesidad de humillar -, pero estas emociones proceden de agravios que no tenemos intención de olvidar. Nuestro sufrimiento es al mismo tiempo una fuente de dolor y de consuelo.
Lo que a Freud le resultaba más difícil de curar en sus pacientes era la resistencia a ser curados.
10.
Lo cierto es que ni Woolson ni James estaban preparados para la amistad. Aunque ambos apreciaban su relación, la infelicidad neurótica de la que eran víctimas era mucho más irresistible. Ninguno de los dos podía hacer por el otro lo que siquiera podía hacer por sí mismo.
11.
Alrededor de ese ego herido se había formado una psique menguante: me entregaba al trabajo, pero de mala gana; daba un paso para acercarme a la gente que me caía bien, pero nunca dos; me maquillaba, pero vestía fatal. Hacer una o todas esas cosas bien habría significado comprometerse sin límites con la vida, amándola más de lo que amaba mis miedos, y eso no podía hacerlo.
Lo que sí podía hacer, al parecer, era pasarme los años soñando despierta. Desear que las "cosas" fueran diferentes para que yo fuera diferente.
¡Super bueno el libro! :)