Este libro es, sencillamente, una maravilla.
Desde el principio te rompe un poquito por dentro, pero no de ese modo pesado que cansa, sino de forma real: entiendes a Serena, su dolor, su rabia, su confusión… y en vez de frustrarte, te engancha. Quieres saber qué pasó, por qué llegó ahí, y, sobre todo, cómo va a salir.
Y cuando aparece Javier, no solo te enamoras de él, te enamoras del cambio que provoca. Es como ver a Serena respirando de verdad después de mucho tiempo.
Los giros son muy buenos porque no se ven venir, pero tampoco suenan a truco barato. Son lógicos, duelen cuando tienen que doler y encajan con la historia. Hay momentos duros de verdad —manipulación, abuso emocional— pero están tratados con respeto, sin morbo y con una sensibilidad que se agradece.
El romance es de los que se sienten en el estómago. Nada forzado, nada rápido. Son dos personas llenas de heridas y decisiones, no dos muñecos de cartón. Y cuando llega la tensión (emocional o sexual), llega con fuerza. Hay escenas que se notan en la piel, con ese tipo de detalle que te hace pensar: «vale, esto podría pasarle a cualquiera».
La prosa es directa pero cuidada, la ambientación entra sola, y los personajes tienen vida propia. Serena no es «la chica rota», es una mujer que empieza a reconstruirse paso a paso, a ratos temblando, a ratos mordiendo. Y eso la hace real.
Una novela intensa, honesta y preciosa, que se queda dentro incluso cuando la terminas. No es solo una historia, es un viaje.