Elisabeth Sanxay Holding (1889-1955) was born and brought up in New York and educated at Miss Whitcombe's and other schools for young ladies. In 1913 she married George Holding, a British diplomat. They had two daughters and lived in various South American countries, and then in Bermuda, where her husband was a government official. Elisabeth Sanxay Holding wrote six romantic novels in the 1920s but, after the stock market crash, turned to the more profitable genre of detective novels: from 1929-54 she wrote eighteen, as well as numerous short stories for magazines. In 1949 Raymond Chandler chose her as 'the best character and suspense writer (for consistent but not large production)', picking The Blank Wall (1947) as one of his favourites among her books; it was filmed as The Reckless Moment in 1949 (by Max Ophuls) and as The Deep End (with Tilda Swinton) in 2001. After her husband's retirement the Holdings lived in New York City. Her series character was Lieutenant Levy. Holding also wrote numerous short stories for popular magazines of the day.
Tengo suerte descubriendo a otra novelista primigenia en la línea de Agatha Christie, pero con su propio estilo y características personales, de la mano de Aristas Martínez. Este manuscrito, publicado en 1941, tiene todas las características de la época, con esa creación de atmósfera, la incertidumbre que impide fiarse de ningún personaje excepto la protagonista, y un desarrollo que va desvelando por capas y pequeños clímax detalles importantes de la trama criminal, que se muestra cada vez más compleja, rodeada de mentiras, de pasados falsos y de inquietud por el destino de cada uno de los ocupantes del hotel. Pero vamos con la sinopsis personal.
Karen Paterson, que no sabemos de qué o quién huye, es asaltada con amor a bordo de un crucero a La Habana, donde la espera un trabajo. Su inesperado Don Juan, el señor Fernández, tan persuasivo como enigmático, le ofrece matrimonio y, al fracasar en su empeño con un amable rechazo, le ofrece un puesto de preferencia en su hotel como anfitriona. Ella acepta, pese a las peculiaridades que va conociendo sobre el puesto y su predecesora. Llega, trata de adaptarse a un edificio con ya residentes ilustres pero por inaugurar oficialmente. Llega el crimen, un crimen con aristas, vértices y vórtices. Un desconocido aparece muerto durante una cruenta tormenta, abatido de un disparo en la habitación del dueño. Lo atestigua la antigua anfitriona, que se declara culpable en defensa propia, aunque pronto la policía, con un sabueso insistente, desmonta su teoría. Como los trabajadores, que vieron al diablo vestido de blanco en los pasillos eternos, malicioso, murmurando miedos. Desde ahí, sospechas, más muertes, detenidos, cambio de criminal y muchas sorpresas sin salir del hotel, con ese panorama y ambientación de una isla caribeña. El final no lo verás venir.
El misterio llama la atención, como también el suspense, a través de la señorita Peterson, quien transita de una duda a otra dentro de su racionalidad, de su personalidad fuerte y decidida, una mujer que sabe lo que quiere y lo que no quiere. Reseñable. Es verdad que el texto adolece de algo común en esos tiempos, como la repetición de verbos básicos, que para nada afean la lectura, pues suponen parte de su idiosincrasia, pero, sobre todo al arranque, se nota. La novela se devora rauda, porque genera curiosidad, por el indicio sobrenatural que ronda y porque los personajes tienen encanto dentro de tan pequeño casting y escenario.
La trama sorprende, más que por el misterio, por Karen y cómo lo afronta, por las reacciones del resto, por personalidades muy definidas que marcan pasado, presente e incierto futuro. Por eso no desligo el argumento de los personajes. Mi favorita es Cecily, mutante y rabiosa, moderna, con ambición. Pero sin descartar ese ego del señor Fernández o la intensidad del superintendente Losee, por no añadir más cantidad de elenco, cada uno con un papel clave para historia y lector.
La atmósfera se denota, aunque quizá echo algo de menos que la tempestad hubiere tenido más protagonismo, como promete de primeras, pues aportaría incluso mayor perturbación a los hechos, a cada ida y venida.
El estilo, ligero, pulido dentro de lo que antes reflejo, raudo y directo, con equilibrio entre actores para dicho guion y su narrativa llena de subtramas.
El desenlace, quizá algo cogido por los pelos, sin desentonar, aunque puede que a los y las aficionadas más clásicas les genere o un gusto admirativo, o cierto pequeño desencanto.
Listo.
El Diablo entre nosotros es una obra que oferta mucho entre sus páginas, un soplo de aire fresco incluso ante tanta influencia de la tecnología, caracteres con ecos potentes de modernidad y un ritmo que te engancha de inicio a fin. Así que, otra autora y otra novela que recomiendo, con más pros que contras. Volvamos al suspense tradicional, porque los viejos tiempos quizá no fueran siempre mejores, pero si interesantes, sobre todo rescatando a sus más destacadas voces.
Pd: sigo sorprendido por ese adelanto de años que maneja la autora con perfección; ya verás por qué lo cuento.