Las crines, de Marc Colell, es una breve e intensa novela epistolar que dialoga con los ecos del Martín Fierro y con la tradición literaria de la pampa argentina. La historia comienza cuando un hombre viaja desde España hasta Argentina con una llave en el bolsillo —la de la quinta La Magnolia—, casa que una amiga le ha dejado y desde la cual escribe relatando su experiencia. La novela funciona como un paréntesis en su vida: se abre con su llegada a la quinta y se cierra con su regreso a casa, cuando confiesa: “Sigo con la llave en el bolsillo, con tu llave. Todavía no he cambiado la hora del reloj” (154).
En ese tiempo de alguna forma suspendido, el protagonista —marcado por carencias afectivas y una honda sensación de desarraigo— habita una gran casa desierta, rodeado por la inmensidad del campo y el ruido de los animales y los pájaros, lejos del bullicio urbano. La naturaleza ocupa un lugar central y el caballo, con sus crines agitadas, se convierte en símbolo de libertad y de una vida indómita que contrasta con su vulnerabilidad.
Los personajes que encuentra en la pampa resultan decisivos. Don Emilio, ingresado en el hospital, es una figura clave: el protagonista se ocupa de su ganado y asume la tarea de ir a visitar a su hija, Rosita, estableciendo lazos que lo sacan de su aislamiento. En el capítulo del asado, esa apertura culmina en un momento de integración en una nueva familia improvisada. Sin embargo, el regreso final subraya que la estancia fue un tiempo frágil y transformador, cuya huella seguramente persistirá más allá del viaje.