Los alimentos que nutren el alma no proceden de las tiendas o las granjas y las flores de la vida no son aquellas que vemos en las floristerías o que adornan las casas elegantes. Vernon Lee nos alerta sobre el error que supone vivir en la abundancia y dejarse deslumbrar por lo que no es sino distracción y entretenimiento. Nos anima, como hizo tres siglos antes Voltaire, a cultivar nuestro jardín, aquel que se encuentra más cerca de nuestra morada más íntima y cuya llave prestamos, a veces, a algunos allegados. La autora expone sus razones para no ir al teatro y para abstenerse de asistir a conciertos multitudinarios; elogia el discreto buen hacer de las institutrices y el arte de escribir cartas y hacer regalos; realiza una encarecida y modernísima defensa de la bicicleta frente al uso (y abuso) de los animales de tiro, y sostiene que lo más importante de los libros no es leerlos, sino dejar que entren en nosotros por los sentidos. Absolutamente libre en sus asociaciones, Vernon Lee considera que no hay que confiar en artistas, poetas, filósofos o santos para acondicionar las partes yermas de nuestra alma: únicamente aquello que sembramos y cultivamos en nuestro pequeño jardín puede colmarlas. Un elogio del silencio recorre todos los escritos de El jardín de la vida, del silencio acústico, pero también visual y mental. Porque para que algo nos impresione, hay que dejar un margen en blanco a su alrededor, permitir que respire. La atención y el silencio, la amabilidad y cierta tolerancia, son los vehículos para alcanzar una vida sencilla y sosegada parecida a la eternidad, así como una escuela de buenos modales hacia el universo.
Violet Paget, known by her pen name Vernon Lee, is remembered today primarily for her supernatural fiction and her work on aesthetics. An early follower of Walter Pater, she wrote over a dozen volumes of essays on art, music, and travel, poetry and contributed to The Yellow Book. An engaged feminist, she always dressed à la garçonne, and was a member of the Union of democratic control.
Her literary works explored the themes of haunting and possession. The English writer and translator, Montague Summers described Vernon Lee as "the greatest [...] of modern exponents of the supernatural in fiction."
She was responsible for introducing the concept of empathy (Einfühling) into the English language. Empathy was a key concept in Lee's psychological aesthetics which she developed on the basis of prior work by Theodor Lipps. Her response to aesthetics interpreted art as a mental and corporeal experience. This was a significant contribution to the philosophy of art which has been largely neglected.
"The Lie of the Land", in the voume "Limbo, and other Essays", has been one of the most influential essays on landscaping.
Additionally she wrote, along with her friend and colleague Henry James, critically about the relationship between the writer and his/her audience pioneering the concept of criticism and expanding the idea of critical assessment among all the arts as relating to an audience's (or her personal) response. She was a strong, though vexed, proponent of the Aesthetic movement, and after a lengthy written correspondence met the movement's effective leader, Walter Pater, in England in 1881, just after encountering his famous disciple Oscar Wilde. Her interpretation of the movement called for social action, setting her apart from both Wilde and Pater.
Es bella y tosca la vida si así la queremos ver. No nos basta vivirla, tenemos que ahondar en ella, llevarla a la superficie desde las profundidades de nuestros pensamientos y deseos y darle, si precisa, de un valor intrínseco de acuerdo con nuestra alma. Vernon Lee es lo que ha hecho aquí con diversos temas traídos a colación que, de acuerdo con su época, nos esboza con aletargada ensoñación mental, pero de una extrema lucidez. El entusiasmo prominente de cada texto nos hace replantearnos esos temas de los que trata (ya sea asistir al teatro como leer, recibir cartas o un regalo o volver e irse) de una manera perspicaz y nada ausente de la vida. Es innegable ver la asiduidad que tiene Lee con la palabra escrita. Son palabras que asumen al intelecto de una dotación exhaustiva, detallada, sin abogar por ningún tipo de filosofía en sí misma. Vernon Lee no era filósofa, pero podría serlo perfectamente. Con una elocuencia extraña, sus textos definen a la perfección lo que la autora pensaba y percibía, especialmente percibía. Es así su pensar y su ser único en su especie, pues sus opiniones, lejos de ser conservadoras, eran profundamente radicales. Dignas de un esfuerzo puramente intelectual.
Es una autora perspicaz, que sabe lo que dice, sabe de lo que habla. Ahuyenta lo que no le gusta y lo que más le gusta lo atrapa con palabras. En este libro, Vernon Lee aboga por ejercer el derecho del silencio, el del silencio interior. Un trasfondo silente se alarga y se adecua despacio y con fuerza a lo largo de este libro. Ella le llamaba Los jardines colgantes, los jardines celestiales que acabarían en suelo terrestre. No voy a hablar de ello, mejor léanlo en este libro que se sumerge en la mente de una de las personas más brillantes de su tiempo.
Los temas de los que trata, exceptuando un par, bien podrían ser actuales y bastante adecuados a nuestra época, pues son temas perennes, que ahondan en la amistad, en la gracia de saberse elocuente respecto al resto de seres. Hay cierta independencia en estos textos, pues la opinión de Lee es puramente, como ya hemos dicho, de rebelión contra un sistema conservador y que poco tiene que hacer con estas ideas latentes. Estas ideas que se sumergen en la vida de una mujer que escribiría y escribiría y escribiría y de la cual su escritura tendría un profundo calado para épocas venideras, especialmente en el campo de la estética y la ficción.
La labor de la autora es encomiable y profundamente anti-intuitiva: nunca sabemos lo que está pensando. Pese a que escribir o hablar ya sea la consecuencia de esto. Esto no lo digo yo, lo dice ella en este libro. Y es que sus ensayos, breves como si fueran imágenes, como si fueran fotografías que detallan un respectivo campo, se inmiscuyen de una manera más objetiva que subjetiva sobre la vida. Pese a que la sensación de leer a Lee sea poderosamente deudora de unas opiniones fuertemente influenciadas por su época, por los temas que se trataban entonces, hay una linea temporal por encima de todo lo que se trata aquí. Vernon Lee era, ante todo, una buscadora de la verdad. Y eso no podemos negarlo, no podemos no verlo, porque su objetividad, pese a estar gravemente servida en bandeja, era puramente personal y única.
Son estos textos pequeños jardines. Que juntos, forman El jardin de la vida. Que juntos, se encomiendan a lo salvífico en las palabras.