"Mi cuerpo era un mapa inexplorado, un territorio hostil. Los médicos buscaban virus, bacterias, enfermedades. Las agujas eran sus sondas. Herramientas para penetrar internamente. Siempre me preguntaba si había nacido en un hospital, en una casa, o, como me gustaba bromear, en un establo.”
Así habla Bernardino, uno de los personajes que dan voz a Radiactivo. En esta novela, la primera de su autor, ser diferente no frena: libera. A través de una prosa cargada de simbolismos, nos adentramos en Élitros, un lugar donde los roles se invierten y se amplifican. De esta forma, Carlos Ruiz construye un mundo complejo donde lo distópico y lo grotesco conviven para evidenciar a una sociedad –la nuestra, llevada al extremo– enferma y decadente.
Radioactivo es la primera novela de su autor, y se presenta como una obra que combina distopía, múltiples voces narrativas y una crítica social de tono grotesco. Aunque estos elementos podrían resultar atractivos, en la práctica se convierten en algunos de los puntos más frágiles del libro, pues falta un mayor contexto sociopolítico y cultural, así como una mejor organización de ideas y un desarrollo más sólido de los personajes. Además, el uso constante del gore termina por restarle impacto y vuelve su presencia algo reiterativa.
La trama propone un futuro alternativo en el que un grupo de mujeres secuestradas se rebela contra sus captores y funda una secta que invierte los roles de género y explota sexualmente a los hombres. Paralelamente, una plaga transforma a los habitantes de este universo: algunos siguen siendo humanos, otros se vuelven humanoides y otros incluso zombis. La líder de la secta, Diana, está casada con Vanesso, un antiguo servidor del grupo que ahora busca vengarse de ella. En este contexto aparecen personajes que oscilan entre víctimas y victimarios: prostitutas, caníbales, proxenetas, drogadictos, asesinos, entre otros. Sin embargo, muchas de las particularidades de este mundo —como los genitales mutantes, los hombres embarazados o ciertos rituales y violencias— nunca terminan de explicarse, lo que genera confusión y distancia con el lector. A esto se suma un toque de magia que transforma a algunas víctimas en zombis, además de una presencia abundante de ratas mutantes.
Cada capítulo está narrado por un personaje distinto, pero en pocas ocasiones se percibe un cambio real de voz. Incluso hay momentos en que la narración pasa a un punto de vista omnisciente, lo cual no siempre se integra de manera coherente. El libro incluye también un dialecto propio y un glosario, pero, en lugar de clarificar el universo narrativo, a veces lo vuelve más difícil de descifrar, ya que las definiciones no siempre corresponden a las dudas que surgen durante la lectura.
La sociedad retratada es brutal y decadente, lo que deriva en escenas constantes de tortura, asesinatos y violencia sexual. El autor parece buscar una reflexión sobre la normalización de la violencia en el mundo actual, aunque quizá no era necesario detallar cada episodio con tanta insistencia, pues con el tiempo pierden efecto y terminan por parecer repetitivos. Al finalizar, queda la sensación de que no existe un conflicto central claramente definido y de que varios personajes entran y salen de la narración sin un propósito claro.
Sinceramente, me frustra mucho no disfrutar un libro, sobre todo cuando es uno que espero apreciar por razones personales. Desafortunadamente, Radioactivo es una obra con una idea interesante que no termina de ejecutarse en la forma más adecuada. Aun así, estaré pendiente de los siguientes trabajos del autor y, probablemente, vuelva a leer esta novela en un par de años.
No es una obra que recomendaría. El autor intenta abordar temas complejos y polémicos como: violencia de género, trata de blancas, prostitución, discriminación, uso de sustancias y desaparición forzada; sin embargo, intenta hacerlo construyendo una especie de distopía que combina elementos del gore. Aunque la propuesta sonaba interesante cuando escuché de ella, el autor comete errores fatales para una obra de este género y tema. Primero, está narrado en primera persona desde el punto de vista de varios personajes, pero al usar una mezcla de lenguaje científico, formal, neutral y coloquial en todos los textos, no se puede distinguir quién es quién, que edad tiene ni como siente; además del uso de diminutivos aleatorios que rompe por completo el tono. Segundo, al tratarse de una distopía es necesario explicar el status quo del mundo en que ocurre la obra para luego mostrar como los personajes se levantarán como oposición a dicho sistema, y ninguna de estas dos cosas ocurre por lo que nada se entiende. Tercero, la narrativa intenta ser gore y elaborar imágenes de asco en el lector, pero recurre a la repetición de las mismas palabras para lograrlo, como "sangre", "carne", :vómito", etc. Cuarto, el libro cuenta con una cantidad exagerada de capítulos - 66, prólogo, epílogo (y un glosario con palabras cuya mayoría no está en la obra por lo que no resulta muy útil) - la obra se siente como un montón de fragmentos aleatorios que es imposible conectar. Quinto, la revisión, corrección y edición del libro como tal, deja mucho qué desear. En síntesis, al tener una narrativa tan forzada y un estilo tan extraño, el libro se vuelve complicado de leer, cansado y anticlimático en todo momento, perdiendo el objetivo del autor, que es hacer una crítica alegórica y metafórica hacia los temas antes mencionados. Su intento, en mi opinión, resulta fallido.