¿Qué ha pasado con nuestras ciudades (y cómo podemos recuperarlas)?
Cada vez más gente siente que su ciudad se ha vuelto un territorio hostil. Casas que no hay manera de habitar, precios que no es posible pagar, espacios que ya no se pueden compartir, incluso conversaciones que ya no somos capaces de mantener. Las ciudades están dejando de ser comunidades de encuentro entre distintos para convertirse en productos. Las administraciones, obsesionadas por el éxito internacional, diseñan estrategias y marcas para atraer turistas e inversores y se olvidan de mejorar el día a día de los vecinos, fomentar un desarrollo económico más justo y facilitar una cultura accesible. La vida urbana se ve afectada, además, por el desdoblamiento de la realidad entre lo digital y lo físico, la polarización, la soledad y el envejecimiento de la población y la crisis medioambiental.
Antes todo esto era ciudad es un análisis crítico de los procesos que están llevando nuestras urbes a avanzar por esta deriva. Pero es algo más, quizá mucho más: un libro inconformista, valiente y hasta rebelde que propone ideas y acciones capaces de transformar y mejorar los lugares que habitamos. En un momento en que el mundo parece inmerso en un temporal autoritario, nacionalista e individualista, este ensayo defiende la necesidad de luchar con firmeza y esperanza en defensa de esa forma de encontrarnos y relacionarnos que llamamos «ciudad».
Buen libro. en contenido tiene cosas que conocía pero merece la pena recordar y muchas otras ópticas por las que ver las problematicas de vivir en las grandes urbes. Me gusto y me aporto.
Hay libros que te enseñan a mirar. Este es uno de ellos. Bravo pasea por la ciudad contemporánea con la linterna encendida y va señalando lo que casi todos hemos normalizado: el turismo que vacía barrios, la vivienda convertida en activo financiero, el coche comiéndose el espacio público, la mercantilización de cada metro cuadrado de acera. Hasta ahí, pocas pegas. La radiografía está bien hecha y duele, que es justo lo que tiene que hacer.
El problema llega en la última parte. La de las soluciones. Ahí Bravo da un salto que el resto del libro no había pedido. Después de doscientas páginas describiendo síntomas concretos, la cura aparece envuelta en un único diagnóstico ideológico. Y el libro se vuelve ingenuo.
Primero, porque mete en el mismo saco fenómenos muy distintos. La especulación inmobiliaria, el urbanismo del coche, la turistificación o la pérdida de comercio de barrio tienen causas que se solapan, sí, pero también responden a decisiones políticas locales, marcos regulatorios, demografía y tecnología. Reducirlo todo a "es el capital" es cómodo, pero explica poco.
Segundo, y más importante: la historia no es amable con el argumento. Las ciudades de los modelos no capitalistas del siglo XX no produjeron precisamente espacios urbanos más humanos, ni más verdes, ni más libres. Produjeron polígonos kilométricos, contaminación, escasez crónica de vivienda y un desprecio por el peatón muy parecido al del urbanismo capitalista de la misma época.
Tercero, las ciudades que hoy cita como ejemplos: Copenhague, Viena o Ámsterdam no han salido de derribar el capitalismo, sino de regularlo con decisión.
Bravo escribe bien, observa mejor y tiene la rabia justa para que el libro no se quede en panfleto durante la mayor parte del recorrido. Pero cuando toca proponer, cambia el bisturí por la brocha gorda. Y una ciudad no se arregla con brocha gorda.