Novela a novela, Pablo Rivero se ha consolidado como una de las voces más reconocibles del domestic noir en español, un subgénero que desplaza el foco del thriller hacia el interior del hogar para explorar los miedos, las tensiones y las violencias latentes que habitan en lo cotidiano y lo íntimo. Lejos del crimen espectacular, este territorio narrativo convierte la familia, la pareja o la maternidad en espacios de amenaza y control, y en ‘La canguro’ ese planteamiento se articula a partir de una premisa aparentemente inocua —la contratación de una cuidadora para los hijos— que pronto revela una compleja red de secretos, desequilibrios emocionales y paranoia. Y dejadme deciros que Rivero hace que esa inquietud que se respira en la novela se sienta casi como propia.
“Vivo encerrada con mis hijos desde que nació mi pequeña. Solo salgo en contadas ocasiones, siempre por el garaje. Protegerlos es mi prioridad, pero necesito ayuda. No va a ser fácil. He de encontrar a la persona adecuada: una canguro que entienda la importancia de mis normas, que no haga preguntas, que no cometa errores. Nadie, ni siquiera mi marido, puede descubrir la verdad. De lo contrario, me veré obligada a actuar”.
La historia arranca con un prólogo impactante que coloca al lector frente a un hecho violento, un suceso futuro que marca la estructura y mantiene la promesa narrativa de que la normalidad es solo una fachada. A partir de ese momento, el relato retrocede trece días y pone en marcha una cuenta atrás que sostiene la tensión, reconstruyendo los momentos previos y haciendo que cada gesto y cada decisión se conviertan en un indicio de lo que está por venir.
La protagonista es Paula, madre de dos hijos —Ethan, un niño que roza la adolescencia, y Martina, una bebé— que vive prácticamente recluida en casa con ellos. Su vida está marcada por una obsesión constante por la seguridad y el control, lo que se traduce en rutinas férreas, normas estrictas y una vigilancia extrema del entorno. La llegada de Yurena, la canguro, creará una fisura en ese microcosmos cerrado, y a partir de ese momento la convivencia doméstica se verá atravesada por la sospecha, la desconfianza y la constante sensación de que algo está a punto de desmoronarse. La paranoia de Paula se verá alimentada por pequeños incidentes domésticos que adquieren un peso simbólico y funcionan como señales de la violencia que está a punto de estallar.
Paula es el eje absoluto de la novela. Su propia psicología, marcada por la culpa, el miedo y una necesidad extrema de control, es el principal generador de tensión, más que los hechos externos. Es una narradora poco fiable, atrapada en su propia percepción distorsionada de la realidad, lo que hace que el lector se convierta en cómplice de su inquietud. La novela explora esa línea difusa entre proteger y hacer daño, moviéndose por un terreno tan delicado como peligroso. Ethan, por su parte, encarna el resentimiento y los celos que se generan en el seno familiar, y su voz —en forma de diario— aporta una dimensión inquietante al conflicto. Martina representa la vulnerabilidad absoluta y el núcleo alrededor del cual gira el miedo materno.
Yurena actúa como catalizador del conflicto y se construye como una figura ambigua. Su irrupción introduce lo externo en un espacio cerrado y excesivamente regulado, y su presencia se carga de ambivalencia desde el primer momento, resultando a la vez tranquilizadora e inquietante. No es solo un personaje funcional, sino un elemento simbólico que encarna la amenaza de la pérdida de control y la posibilidad de que los secretos salgan a la luz.
La ambientación refuerza de manera decisiva el tono de la novela, convirtiendo el entorno doméstico en casi un personaje más. La casa, la terraza, el edificio y el parque cercano forman un escenario cerrado y opresivo, donde la rutina y el encierro voluntario transforman la intimidad en un espacio claustrofóbico, coherente con los temas que atraviesan la historia.
‘La canguro’ presenta una estructura muy orientada a la creación de suspense, con capítulos muy breves y un ritmo ágil, casi compulsivo, que refuerzan esa sensación de cuenta atrás. La narración alterna entre distintos puntos de vista —Paula, Yurena, las entradas del diario de Ethan—, lo que amplía el campo de visión del lector y permite recontextualizar constantemente lo ocurrido. El diario infantil, con su lenguaje directo y su crudeza emocional, introduce una mirada incómoda que contrasta con el discurso racionalizado de la madre y refuerza la sensación de inestabilidad. La información se dosifica de manera progresiva, de modo que cada revelación no solo aporta nuevos datos, sino que altera el sentido de lo ya leído. Esta progresión en espiral contribuye a generar una sensación de opresión constante, coherente con el encierro físico y mental de la protagonista, y que prepara el terreno para el clímax final.
El estilo de Rivero es directo, visual y muy cercano a la experiencia emocional de los personajes. La narración se apoya en detalles cotidianos que, poco a poco, adquieren un cariz inquietante. Gestos, objetos y rutinas se cargan de una tensión psicológica que refuerza la idea de que lo familiar puede transformarse en una amenaza. Un lenguaje sencillo y el uso del monólogo interior potencian la sensación de encierro mental y la deriva paranoica de Paula.
‘La canguro’ explora cuestiones como la maternidad llevada al extremo, la percepción distorsionada por el miedo, los secretos familiares y la violencia latente que puede esconderse en lo cotidiano. Construye así un thriller psicológico en el que el suspense nace de lo cotidiano y cuya fuerza reside en la acumulación progresiva de tensión, confirmando la capacidad del autor para transformar la vida doméstica en un escenario profundamente perturbador.