"Con una prosa que abre grietas en la realidad clínica para dejar entrar lo monstruoso y lo poético, Maia Debowicz escribe una novela que interroga qué significa habitar un cuáles son sus límites, sus posibilidades, sus delirios y sus peores pesadillas. Y, al mismo tiempo, cómo el cuidado, la complicidad y la entrega se revelan como los únicos antídotos frente a lo que nos acecha. Por más escondida que esté es una exploración visceral y magnética del entre el dolor y la ternura, entre lo monstruoso y lo luminoso. Una novela sobre la pérdida, la metamorfosis y la vida que insiste después de la vida" (Cecilia Fanti, del epílogo).
A la Roberta de Maia, el cuerpo se le altera de una forma propia de una película de David Cronenberg, se le va al carajo corte La sustancia de Coralie Fargeat, y ante la desesperación e incógnita de lo que le anda pasando, durante esa semana eterna conviviendo con la fauna de un sanatorio, ese cuerpo y su rocanrol a merced de la Vieja Cosechera y del derrape hacia la locura, ese Body rock y el alma de Roberta/Maia -más quienes la acompañan y soldadean- se le plantan a la muerte y a la enajenación abanderando un verso de una canción que tengo el corazón para ganar, vos los ojos diciendo que voy a poder. Y mierda que da pelea la Debowicz" (Leo Oyola, del epílogo).
Maia Florencia Debowicz nace en Buenos Aires en 1985. Estudió Dibujo y Pintura en la escuela de Guillermo Roux. Se formó en los talleres de artistas de Mariana Szulman, Marta Ares y Laura Messing entre otros. Realizó seminarios de arte con los críticos de arte Julio Sanchez, Laura Batkis y Rodrigo Alonso . Desde 2008 estudia en la clínica de arte con Fabiana Barreda y en 2011 comienza la clínica de obra con Marcelo Pelissier.
Entre sus exposiciones individuales más importantes se destacan, Silencio (Centro cultural Recoleta, 2010); La Pastilla de la Felicidad (Galeria Pabellón 4, 2009) y Psicologia Pop (Galería Pabellón 4, 2008). Participó de muestras colectivas en el Banco Central, Ecunhi (ex esma), Conicet, en el Live Hotel y en el Palais de Glace entre otras.
En 2012 es seleccionada para participar del PAC (Prácticas Artísticas Contemporáneas) donde realiza clínicas de obra con Eduardo Stupia, Carlos Herrera, Gabriel Valansi, Rodrigo Alonso y Andrés Waissman. Es finalista en el Salón Nacional de Nuevos Soportes (Palais de Glace) con su obra Lobotomía (2011) y con la instalación La última Cena (2009). Es finalista en el Salón Nacional de Arte Textil (Palais de Glace) con sus obras 345 razones para un mundo feliz (2011) y La Argentina ansiolítica (2010). Es seleccionada en la disciplina Pintura en los concursos Uade Arte Joven y en el Salón Nacional de Artes visuales de Avon (2009).
Queria leer otro libro de Maia. Ya lei 3 o 4 y hay algo que no me cierra. Con este en particular me paso que me costo engancharme en la propuesta pero hacia el final lo empece a disfrutar. Habiendo pasado por una cesarea, me hermane en sus sentires y miedos. De nuevo, siento que la historia esta estirada. Algo logrado: la desesperacion que siente la protagonista
Es el primer libro que leo de Maia, yo la sigo como columnista en la radio y me encanta. Me sorprendió positivamente su manera de escribir, me resultó llevadera y disfruté mucho, por ejemplo, de las listas sobre determinados tópicos que ofrecían un corte entretenido en medio de la historia y ofrecían, en varias oportunidades, una razón para reírse, identificarse o sentir nostalgia. La comparación de los personajes con distintos animales del mar me pareció acertada y lúdica, y creo que están muy bien representados los miedos e inquietudes acerca de una posible (o imposible) maternidad.
Hermosísimo, necesario, duro, esperanzador. Parece una lista de palabras genéricas pero es un brevísimo resumen de lo que fui sintiendo al leerlo. al principio temí haberlo comenzado en un mal momento (cabe aclarar que lo devoré en 2 días), en una etapa de pesimismo, miedo y ansiedad. algunas partes fueron más duras, me costó leerlas. hacia el final llegó la esperanza, la necesidad de aceptar y abrazar la falta de control y agradecer por el amor que sostiene incondicionalmente.
Es el segundo libro que leo de Maia y lo empecé entusiasmada después de haber leído “Los ruidos vienen de la cocina”. Su escritura es muy bella y muy poética; la desesperación y el miedo se sienten de verdad. Sin embargo, por momentos sentía que algunas partes estaban demasiado estiradas y a veces me costaba un poco tener sesiones “largas” de lectura. A pesar de todo, es un gran relato de una situación por demás traumática.
Roberta no me cayó muy bien al principio pero después la entendí. Hubo algo en ese comienzo que me costó, me trabó y me alegra que esa sensación no me haya detenido. Porque hubo un momento, uno crucial, que lo cambió todo. Y no hablo de la trama ni de un spoiler, hablo de ese famoso click que se produce cuando la historia te atrapa y ya no tenés miedo de sumergirte. Hoy estoy contenta de haber conocido a Roberta.
Realmente me gustó, interesante la temática (de la que no se suele hablar, menos escribirse) y cómo está encarada. Me gustó la comparación con el mundo animal y el océano.
Me pasó con este libro que al principio estaba un poco reacia a la manera de escribir. Lo sentía un poco forzado y no me cerraban las analogías con lo marítimo.
Sin embargo, me mantuvo muy enganchada todo el tiempo. No solo eso, sino que si trato de recordarlo me genera emociones profundas. Como si de verdad me hubiera sumergido en el dolor de su enfermedad, en lo desesperante de su internación.
Pienso en las medusas de sangre con cierto cariño, y siento que eso justamente era lo que quería Maia.