¿Quién necesita el amor cuando puede aferrarse a la ilusión del amor?
No, en serio. ¿Quién lo necesita? ¿Quién lo quiere? ¿Quién lo entiende? Albert Cohen nos mira desde su torre de marfil y se ríe de nuestras ridículas ilusiones románticas mientras despliega en Bella del Señor una de las sátiras más despiadadas, crueles y al mismo tiempo hermosas que se han escrito sobre el amor. No el amor como lo soñamos, sino como lo vivimos: entre el éxtasis y la humillación, entre la adoración y el hastío. Este libro no es solo una novela; es un campo de batalla, y nosotros, pobres ilusos, entramos en él creyendo que vamos a leer una gran historia de amor y salimos destrozados. Y fascinados.
Estamos en Ginebra, en la Europa de entreguerras, a mediados de los años 30, con Hitler en el poder y las potencias más interesadas en contemplarse su propio ombligo que en pararle los pies. Y con un antisemitismo galopante que se infiltra en todas las capas de la sociedad europea. Un alto funcionario de la Sociedad de Naciones, el carismático y manipulador Solal, se obsesiona con Ariane, una mujer de la buena sociedad ginebrina casada con uno de sus subordinados, un funcionario de nivel medio de la institución. Lo que sigue no es la típica historia de amor imposible, sino la disección brutal de una pasión llevada al extremo. Entre juegos de seducción, idealización enfermiza y un deseo devorador, Bella del Señor se convierte en un estudio clínico de la mecánica del amor, con todo su artificio y todo su horror.
Y mientras uno empieza a leer, no puede dejar de preguntarse: ¿Cohen, qué estás haciendo con nosotros? Porque lo primero que golpea al lector es la prosa. Cohen no escribe: Cohen orquesta, Cohen lanza discursos furibundos, Cohen nos empuja a un vértigo de palabras que se suceden en monólogos internos, en divagaciones que oscilan entre lo sublime y lo ridículo. La novela cambia constantemente de tono y de registro: a veces es una sátira despiadada, otras veces un lamento trágico, otras una ópera barroca llena de excesos estilísticos. Y lo peor —o lo mejor— es que funciona.
El juego de voces narrativas es una de sus grandes bazas. Tenemos una tercera persona omnisciente que se burla de los personajes, los desmenuza y los expone en toda su miseria. Luego, de repente, nos sumergimos en el flujo de conciencia de los protagonistas: entramos en la mente de Solal y su egomanía desatada, en los delirios románticos de Ariane, en los hilarantes monólogos de Mariette, la vieja criada, o en la mediocridad grotesca de Adrien Deume. Y este último, “Didi” para los amigos (y los enemigos), es un espectáculo aparte.
Adrien es el marido de Ariane y, sin duda, uno de los personajes más patéticos que ha dado la literatura universal: la comedia dentro de la tragedia. Un joven funcionario insignificante que se cree destinado a la gloria, un trepador servil que idolatra a los poderosos y desprecia a los que están por debajo de él, el rey del escaqueo. Adrien Deume es la clase de hombre que, si se encontrara con Kafka, le preguntaría si puede conseguirle un puesto en la oficina. Sus monólogos internos son de lo más hilarante de la novela: su fascinación por los detalles más irrelevantes, sus delirios de grandeza, su autocomplacencia desbordante. Pero no es solo un bufón; Cohen lo usa para mostrar la pequeñez de una sociedad que se alimenta de apariencias y jerarquías absurdas.
Y es que, a través de Didi, la novela destroza sin piedad el mundo de los funcionarios internacionales, con su hipocresía, su mediocridad y su culto al formalismo vacío. Adrien Deume es la encarnación del arribista servil, pero Cohen extiende su crítica a toda la maquinaria burocrática de la Sociedad de Naciones. Porque sería injusto culpar solo a Adrien de su mediocridad: él es simplemente el producto estrella de la Sociedad de Naciones, un lugar donde la incompetencia no se castigaba; se ascendía. Si esta venerable institución hubiera tenido un lema honesto, probablemente habría sido: ‘Excelencia en la producción de memorandos inútiles desde 1920’.
Cohen no necesita exagerar para mostrar el absurdo de esta burocracia: le basta con transcribir su pomposo lenguaje administrativo para que se derrumbe solo, como un castillo de naipes hecho de papel sellado y reverencias serviles.
Y así como la burocracia de la Sociedad de Naciones es fría y distante, Solal, su subsecretario general, maneja las relaciones humanas con la misma indiferencia, convirtiéndolas en piezas de su juego de poder. Un hombre que, como el expediente archivado, prefiere desechar los sentimientos y las conexiones reales en favor de su propio control. Solal es el ‘Señor’ de nuestra novela, uno de esos personajes que dejan cicatriz. Brillante, seductor, megalómano, manipulador hasta lo patológico. Un conquistador implacable que no busca amor, sino adoración. Y cuando la consigue, la desprecia. Ariane, en cambio, es la idealista, la que sueña con un amor absoluto, la que cree haber encontrado al Príncipe Azul definitivo... hasta que la realidad la devora. Su evolución es una de las más impactantes de la novela: la vemos pasar de la exaltación romántica a la degradación más absoluta, víctima de la misma pasión que la elevó.
Pero hablemos de Ariane, nuestra protagonista y la 'Bella' del título. Antes de Solal, Ariane era la personificación del capricho burgués, sumida en una vida de comodidades sin sobresaltos. Casada con Adrien, un marido que la adoraba sin exigirle demasiado, su existencia se limitaba a elegir vestidos, perfumes y pasar horas frente al espejo. Una vida sin conflictos, donde las preocupaciones eran un lujo que jamás había tenido que experimentar. Lo suyo era el arte de acicalarse, de dejarse querer, de flotar en una existencia cómoda sin mayor sobresalto que decidir qué ponerse para la cena. No era cruel, pero tampoco era profunda. Una niña mimada atrapada en una jaula de oro.
Y entonces llega Solal. Y con él, la fiebre, el vértigo, la idea de un amor que no es solo un pasatiempo elegante, sino una devoción absoluta. Y Ariane, que hasta entonces solo había jugado a la seducción sin saber lo que significaba el fuego real, se lanza de cabeza. La transformación es brutal. Ya no le basta con ser amada; quiere quemarse viva en la pasión. Quiere que su amor sea un himno, una obra maestra, algo que desafíe el tiempo y la muerte.
Pero, por supuesto, en la realidad no hay himnos, solo carne y desencanto. Si Solal es un Don Juan megalómano que destruye lo que toca, Ariane es la última creyente en el amor con mayúsculas, y por eso mismo está condenada. Cohen nos la muestra en toda su exaltación romántica y en toda su miseria final. Porque si Solal busca la adoración y la destruye cuando la consigue, Ariane busca la eternidad y se estrella contra el vacío.
Y luego están los secundarios, caricaturas despiadadas de la alta sociedad ginebrina, todos ellos ridículos en su miseria, grotescos en su mezquindad. Cohen es demoledor. No tiene piedad. Ni con ellos, ni con nosotros.
Y los cefalonios. ¡Ah, los cefalonios! Un grupo de personajes que merecen una mención especial: los primos y el tío de Solal, esos judíos griegos de Cefalonia que irrumpen en la novela como una especie de coro griego trágico-cómico. No uno, ni dos, sino cinco, como si Cohen hubiera decidido destilar siglos de historia judía en un solo comedor bullicioso. Cada uno tan único que parece sacado de una farsa: el anciano entrañable, el avaro, el pretencioso pseudo abogado y médico sin título, el rijoso, el ultraortodoxo… No son solo personajes secundarios. Frente a la hipocresía de la alta sociedad europea, los cefalonios son desbordantes, imperfectos, ruidosos, pero genuinos. Aquí Cohen hace algo brillante: juega con los estereotipos, pero lo hace desde dentro, con una mezcla de afecto y burla que deja entrever su propia lucha con la identidad judía. Con su teatralidad exagerada, sus lamentos melodramáticos y su astucia de supervivientes, los cefalonios son los únicos que no están podridos en esta bacanal de hipocresía. Son la única sangre caliente en un mundo de cera. Cohen los introduce no solo para hacer reír, sino para recordarnos que la identidad no se borra con un cambio de traje ni con el perfume de Ariane.
Y es que nuestros cefalonios no hablan: interpretan. Cada palabra es un gesto, cada frase un alarde, cada conversación un duelo en el que la ironía y la exageración son las únicas reglas. No dicen ‘buenos días’, te los declaman. No cuentan historias, las representan. Han convertido el lenguaje en un espectáculo, y lo mejor es que ni siquiera parecen darse cuenta.
Y en este despliegue teatral, donde cada palabra es un acto de artificio, no es de extrañar que el amor se convierta en otro escenario más. Porque en Bella del Señor, el amor no es solo un sentimiento: es una máscara, un arma, un juego feroz donde nadie quiere perder. Amor, poder, farsa: estos son los grandes temas de esta gran novela. Aquí el amor no es un sentimiento puro ni un ideal noble: es un mecanismo de poder, un teatro cruel en el que los amantes se desgarran mutuamente mientras intentan desesperadamente mantener la ilusión. Cohen nos muestra cómo el amor puede ser un juego de roles, un intercambio de dominio y sumisión donde la felicidad es solo un espejismo.
Y ahí está la clave: el mito de Don Juan. Pero no el Don Juan de capa y espada, sino el Solal moderno, que juega a ser el conquistador, el inmune a las ataduras del amor. Porque, ¿realmente cree que lo que busca es amor? No, lo que Solal busca es el control. El poder de conquistar sin ser conquistado, de llenar ese vacío existencial con la vanidad de saber que puede tener a cualquier mujer, sin importar cuánto lo desee. Pero, como todo Don Juan que se respete, cuando se enfrenta al amor verdadero, a la obsesión que es Ariane, se da cuenta de que ya ha perdido la partida, y no hay más victorias que ganar. Es el mismo Don Juan que se enfrenta al castigo final, no por sus conquistas, sino por la incapacidad de comprender lo que realmente significa el amor. Y ahí está la tragedia de Solal: más que un hombre que ama, es un hombre que teme ser amado.
Porque claro, el tiempo no se vence. Y Solal, que había elevado a Ariane a un pedestal de delirio, la deja caer cuando ya no la necesita. Es casi una ley no escrita en el juego de la seducción: cuando ya tienes lo que quieres, cuando la adrenalina de los encuentros furtivos se apaga y el deseo se convierte en rutina, llega el tedio. Porque Solal no quiere una mujer, quiere una conquista, una musa que se rinda ante su poder. Y cuando el encanto de la caza se desvanece, la emoción se convierte en aburrimiento. Ariane, por su parte, ama con una intensidad destructiva, sin medida ni redención. Y en ese vacío de amor, nos queda una única pregunta: ¿qué duele más, el amor que nunca llega o el que, al llegar, te consume?
Pero Cohen no se detiene ahí. La novela es también una carnicería social: en la alta sociedad, todos fingen. Se finge amor, se finge grandeza, se finge lealtad. La burocracia es un escenario de mediocridad revestida de solemnidad, los matrimonios son transacciones camufladas de romanticismo y la ambición es el único motor real. Y en medio de todo esto, un Solal que juega a ser Dios y unos tíos cefalonios que parecen salidos de una tragedia griega, recordándole que, por más que se disfrace, su historia ya estaba escrita antes de que él naciera.
¿Y el final? Ah, el final: una obra maestra de la crueldad. No diré qué pasa. Solo diré que, cuando cierres este libro, sentirás que Cohen te ha arrancado algo. No hay redención, no hay consuelo, no hay moraleja. Solo una sensación de vacío, de derrota, de haber visto la verdad más incómoda sobre el amor.
Y ahí está la genialidad de Bella del Señor: nos seduce con la promesa de una historia de amor sublime y nos deja enfrentándonos a nuestra propia miseria. Porque el amor puede ser sublime o devastador, puede ser entrega absoluta o solo un reflejo de nuestros propios deseos. ¿Y si lo que llamamos amor no es más que una fiebre, un delirio que confundimos con algo eterno? Por querer serlo todo, acaba siendo nada. Y, al final, uno se pregunta si el amor, ese amor que prometía devorarlo todo, no era solo un espejismo hermoso, condenado a desvanecerse en cuanto se cumplió.
¿Quién necesita el amor cuando puede aferrarse a la ilusión del amor? Nadie. Y todos.