Yo sospecho de los libros que llegan envueltos en elogios al “estilo” antes que a la historia. No porque el estilo no importe —importa, y mucho— sino porque a veces la admiración por la pirotecnia verbal termina funcionando como una coartada: el lector se queda mirando el fuego artificial y se olvida de preguntar qué, exactamente, estaba celebrando.
Con El sueño del jaguar me pasó algo incómodo y, al mismo tiempo, estimulante: Miguel Bonnefoy sabe escribir. No “escribe bien” como cumplido automático, sino en el sentido técnico y sensorial del asunto: tiene oído, ritmo, un ojo entrenado para que una imagen parezca inevitable. En su mejor registro, una frase le basta para instalar un mundo social y corporal sin subrayados. “Los párpados espolvoreados de tomillo, con esa elegancia discreta que poseen los pobres que no pueden permitirse ir mal vestidos” (p. 76, pos. 937) no es solo bonita: tiene precisión de clase, de pudor, de dignidad. Ahí yo estoy dentro.
El problema es que el libro no se conforma con entrar: quiere quedarse a vivir en ese modo. Y cuando Bonnefoy prende el motor de la exuberancia, lo hace sin miedo a la hipérbole, a la enumeración larga, a las frases que avanzan como un río que no quiere desembocar porque el placer está en seguir corriendo. Hay pasajes que son, literalmente, una demostración de aliento: la bala que cruza siglos, paisajes, supersticiones y geografía hasta volver al punto exacto donde la historia pretende sellarse (p. 70, pos. 865). Yo mismo anoté que esa parte “está muy bien escrita”, porque lo está: es una coreografía verbal con ambición épica.
Pero ahí se me abrió la pregunta de fondo: ¿cuándo esa desmesura es la propuesta estética —y por tanto, el corazón del libro— y cuándo se vuelve un recurso para inflar lo que, en el fondo, es una historia más simple?
Esa duda se me mezcló con algo que, creo, tiene que ver con desde dónde leemos. Sospecho que parte del entusiasmo europeo por la novela viene justamente de ese desborde retórico: recursos que en nuestra tradición no son raros —la hipérbole como respiración natural, la enumeración como forma de mundo, el país narrado como mito familiar— allá todavía suenan a hallazgo, a “energía” literaria, a riesgo. A mí, en cambio, esa música me resulta familiar. Y cuando algo te es familiar, el umbral de sorpresa baja y el umbral de sospecha sube: uno disfruta, sí, pero también reconoce los trucos. Se pregunta con menos reverencia y más cautela.
Esa cautela se me activó sobre todo cuando la prosa parecía encargarse de maquillar la estructura. Tengo la impresión de que Bonnefoy no solo narra: épica todo. Lo íntimo llega con trompetas; lo incidental se presenta como destino; lo accesorio entra como si fuera indispensable. Y ahí aparecen dos efectos que, para mí, le juegan en contra.
El primero es la sensación de “capas” temáticas añadidas como vitrinas. El libro quiere hablar de inmigración, y entran personajes que cumplen esa función; quiere hablar de brujería, y aparecen otros; quiere hablar de esto o aquello, y la narración abre una puerta más. No niego que esos temas pertenezcan al territorio, pero a veces el mecanismo se nota: no siempre siento que surjan orgánicamente de la lógica interna de los personajes, sino del deseo del autor de cubrir un mapa simbólico completo. En algún momento anoté, casi con fastidio, que ciertos giros me parecían poco preparados, como si el relato cambiara de carril sin haber construido el puente.
El segundo efecto tiene que ver con el país como materia narrativa. Cuando Bonnefoy acierta, Venezuela —y lo zuliano— aparece con una potencia real, casi táctil, como si la frase pudiera retener el aire. “Conservar la huella del aire” (p. 223, pos. 2914) me parece, de hecho, una declaración de principios: narrar como un acto de rescate. Esa idea es de las cosas que más me sostuvieron, junto con el arco de Antonio Borjas Romero: su ambición, su voluntad de dejar institución donde antes había precariedad, la forma en que su historia personal intenta convertirse en historia pública. Ahí sí sentí que el libro tocaba algo más que lo ornamental.
Pero también me pasó que, por momentos, Venezuela opera como decorado lírico más que como espacio con fricción. Y ahí entra el detalle delicado: ciertas licencias (algunas anacrónicas, otras simplemente poco verosímiles para un lector local) me sacaron de la ilusión. No porque yo quiera “documental”, sino porque cuando el libro insiste tanto en la verdad sensorial, una falsedad puntual pesa el doble. Lo noté en frases o imágenes que, siendo muy efectistas, me sonaban a utilería: bonitas, sí, pero no respiradas desde adentro.
El libro, entonces, me dejó en una posición ambivalente. Yo admiro de verdad su escritura; incluso cuando me irrita, no puedo decir que sea perezosa. Tiene momentos de belleza nítida (y también de sabiduría popular bien incrustada: “somos esclavos de lo que decimos y dueños de lo que callamos”, p. 165, pos. 2145). Y sin embargo, a ratos sentí que tanta floritura termina haciendo un favor extraño: vuelve todo “épico” y, al volverlo todo épico, le quita jerarquía emocional a lo que debería doler más o importar más.
Quizá lo que me quedó no fue un rechazo ni una rendición, sino una pregunta que me interesa más que cualquier veredicto: ¿hasta qué punto la exuberancia de Bonnefoy amplifica la memoria —la hace más viva, más respirable— y en qué momento empieza a reemplazar la complejidad narrativa con brillo? Yo cierro el libro recordando una imagen pequeña (tomillo en los párpados) y una ambición enorme (conservar el aire). Entre esas dos escalas, para mí, se juega su belleza… y también su trampa.