Reliquia me ha provocado, sobre todo, una profunda admiración. El libro es un ejercicio de valentía, desnudez y exposición enorme en el que cada palabra, cada puntuación, cada referencia y reflexión aporta. Un trabajo minucioso que, ante la enorme dificultad de tratar un tema como el suicidio sin caer en el morbo o el victimismo, consigue transmitir la importancia de este texto convirtiéndolo en reliquia, tanto para el que lo escribe como para el que lo lee. Mientras lo leía, tenía la sensación que es un libro que ha estado esperando al autor y no viceversa.
Reliquia llega en un momento en el que la salud mental está en el foco de la agenda pública y, sin embargo, el suicidio sigue siendo un enorme tabú para lo sociedad a pesar de ser la primera causa de muerte entre jóvenes. He disfrutado (disfrutado se puede decir cuando algo te deja el cuerpo así ?) especialmente la manera en la que Pol escarba en sus recuerdos para presentar a su padre y al resto de su familia con lo feliz y lo incómodo, las diapositivas y el fuego, los besos en la frente y el aliento a alcohol, los actos de amor y el suicidio sin nota de despedida. Sin tabús, sin romantizar.
Me ha conmovido mucho la forma en que el libro muestra cómo ciertos espacios y vínculos familiares pueden volverse inhóspitos, mientras que otros, inesperados, acaban siendo refugio cuando más se necesita: la tía y la casa del bosque; Berta y la residencia para escritores en Nueva York. Lugares donde, de algún modo, se puede volver a respirar.
Si la escritura puede ser huida o búsqueda, Reliquia pertenece claramente a las segundas: un intento de ordenar recuerdos, hechos y emociones. Y como ocurre con lo verdaderamente importante, no ofrece una respuesta cerrada, sino algo más inquietante y honesto: un minuto que dura, dura y dura.