“Los caminos del agua son impredecibles”, repiten distintos personajes en Geografía de la sed. Esta idea reaparece como un goteo, como una forma de insistencia que busca dejar en claro algo, recordar algo elemental que se ha perdido de vista, que ha sido olvidado: el agua es un recurso escaso.
En este indefinible pueblo minero, donde el agua se ha retirado y donde es necesario racionarla y distribuirla de forma programada, se narra la historia de una familia. La narración adopta un formato fragmentado, como si un guión estructurara la continuidad: los títulos de los capítulos, de hecho, imitan esa lógica. Esta forma fragmentada refleja también las grietas de la familia retratada con minuciosidad: dos hermanas; un hijo que está por llegar al pueblo y no llega, mientras que, de pronto, el mar aparece. Pero lo hace de manera incomprensible, misteriosa, a costa —dicen algunos— de ciertas ausencias.
En las afueras de un pueblo minero con gravísimos problemas de agua, Viviana, una mujer de 60 años, espera la visita quincenal de su hijo Hugo que trabaja en la mina. Prepara el bizcochuelo como siempre, para que esté listo cuando él llegue. En el centro del pueblo, Elsa y su marido Oscar amanecen también como cualquier otro día, dispuestos a prepararse el té de costumbre. Pero ese día, la vida de esta familia y de todas las personas del pueblo cambia para siempre. Las montañas secas y polvorientas que ellos observan desde sus casas han desaparecido. En su lugar ahora está el mar. «Geografía de la sed» es una novela que, a través de elementos fantásticos, explora los vínculos y el riesgo de perderlos, y las consecuencias del trabajo minero en el ambiente y en la vida de las personas. Bien escrita y sensible. Me gustó.
La tercera novela de la autora me gustó mucho, casi tanto como las anteriores. Me pareció de lectura actual: minería, escasez de agua en un pueblo, qué sucede con el agua, y con personajes inclasificables de los que vamos conociendo sus historias de vida a medida que avanza la novela.