3.8 ⭐
“De Selene, de Iker y de Mayán, aprendí las mismas tres grandes lecciones:
Uno: respeto por las cosas que importan, es decir por los seres humanos y sus quehaceres; es decir, por el juego igual que por el trabajo.
Dos: irreverencia ante todo lo demás porque nada es para tanto.
Tres: frente a la vida conviene ir blandiendo la espada de la curiosidad.”
Escrito a modo de diario, en donde la autora quiso documentar cómo vivió el inicio y el primer año de la pandemia por Covid-19, nos comparte en este libro la experiencia vivida por su familia, formada por ella, su esposo Tod (así, con una sola “d”) y su pequeña hija Olivia.
Olivia, con tan solo 3 años, debía iniciar su educación preescolar; sin embargo, debido a que las escuelas estaban cerradas, fue adquiriendo algunos conocimientos dentro de su entorno familiar. Ella habla español, aprende francés y gaélico (idioma que se habla en el lugar donde vivían en ese momento).
Debido a que no tiene una formación formal por no haber asistido aún a la escuela, va “creando” algunas palabras que la ayudan a expresarse. Es sorprendente la inteligencia y la vivacidad de la pequeña.
A la par de eso, Laia nos comparte cómo es que ella y su esposo se han organizado para cumplir con sus obligaciones laborales y domésticas, de tal forma de hacer más fácil la convivencia y cumplir con sus responsabilidades como padres, como trabajadores y como esposos.
Creo que esta lectura nos recuerda lo que todos vivimos debido a esta pandemia, lo que ocasiona que nos genere nostalgia y traiga a nuestra mente las emociones y sentimientos que tuvimos durante esa época que fue tan difícil para la humanidad.
Lo que me hubiera gustado es que algunas de las vivencias que nos comparten se profundizaran más, ya que siento que a veces hay escritos tan cortos que cortan las ideas y nos quedamos con ganas de saber un poco más.
Hay que mencionar el gran trabajo que hizo la diseñadora de la portada que es bellísima.