"Gilmer Mesa es el gran descubrimiento de la literatura colombiana de los últimos años. Tiene un estilo propio, una prosa desgarradora y rebelde que logra darle encanto a la tristeza, el abandono y la injusticia que son los espantos trágicos de los colombianos. Esta novela narra el germen doloroso de la identidad de nuestro paí los desaparecidos, los olvidados y el amor iracundo que los impulsa a sobrevivir".
Dany Hoyos
"Se diría que el que se va no vuelve, pero en este reguero de pesadillas que es Colombia, Mesa logra sin que le tiemble la mano, como cualquier Dante de barriada, entrar a saco en las entrañas del miedo, desenterrar a punta de gran literatura el horror, jalarnos las patas y recordarnos que más allá de ese vacío, de ese descenso al maelström, todo es infierno en este paraíso". Carlos Mario Aguirre, de El Águila Descalza
"Aranjuez, el barrio narrado por Gilmer Mesa, vuelve en esta novela para hablar de sus espantos, de esos lamentos que se oyen desde las ventanas del manicomio vecino, abandonado como el barrio, como la cuadra, como la esquina, como el cementerio en el que se extravía la memoria de los muertos. Un tránsito dantesco por infiernos habitados por Lloronas contemporáneas deja constancia de todo lo que esta sociedad a la deriva ha callado, porque no lo puede decir, porque nada pasa si lo dice". Cristina Toro, de El Águila Descalza
Sobre la obra de Gilmer Mesa se ha
"Si el escritor es una persona que sueña por los demás, yo diría que Gilmer no solo sueña sino que desentraña, escudriña e interpreta nuestras pesadillas y sé que paga un precio personal (en tiempos en los que nadie está dispuesto a pagar un precio personal por nada) por hacernos digerible esta realidad envenenada. El universo mítico-real que ha ido construyendo libro a libro trae de suyo una mirada nueva, sincera, dura, luminosa y atroz, tierna y cruenta, aguda, vibrante, que nos reconcilia con la literatura como transmisión de experiencia más que como ejercicio de prestigio". Luis Miguel Rivas
"Nadie como Gilmer Mesa para exhibir con ternura y crudeza la espina clavada en el corazón de Colombia, el corazón de nuestra América". Fernanda Melchor
"Gilmer Mesa tiene la lucidez original de mirar el país desde la periferia. En La cuadra narró el conflicto urbano desde la esquina de su barrio, y ahora en Las Travesías nos lleva a la Colombia profunda del campo que no ha podido ser nación". Alonso Salazar
El cuarto libro de Gilmer Mesa decide salirse -sin hacerlo del todo- de la autoficción. Tal y como lo hace en La Cuadra, Las Travesías y Aranjuez (sus tres novelas previas) construye una telaraña de relatos que se logran relacionar entre sí para una gran pintura, a la vez que se pueden observar de manera individual, como se pueden mirar las distintas partes de una pintura. Su estilo antológico, una marca clarísima en todas sus novelas, permite darle a la narración un ritmo acelerado, casi desesperado, que se logra compaginar muy bien con el desespero propio de todos los personajes que se pasean como fantasmas en las 286 páginas de la novela: el narrador (que es el mismo de las otras tres novelas, pero en un estado absolutamente descompuesto), su Llorona, su madre, Lucía y cada uno de los espantos que relata una mamá que intenta, sin éxito, ser luz y salvar a su hijo de sí mismo y de lo que le tocó. Con ello, cada uno de los capítulos, se muestra como un pedacito de ese mundo que, desde hace años, viene construyendo Mesa a imagen y semejanza de esa Medellín que narra con maestría. Sin embargo, si con el tiempo ha logrado dominar con sumo talento ese estilo antológico para crear pequeños relatos que arman un fractal que nunca termina, también con el paso de las novelas el estilo casi ensayístico en los diálogos se ha vuelto no solo redundante, sino también aburrido y un recurso hasta facilista. Muchas veces se puede pensar que lo que dice uno bien lo podría decir otro. Y, en efecto, con el paso de las páginas, así pasa. Todos los personajes descreídos de la sociedad que viven tienen la misma decepción y usan las mismas palabras para quejarse, una y otra vez, de lo que se viene quejando desde hace cuatro novelas. El problema no es, pues, ser un descreído de la sociedad y que todos sus personajes compartan ese rasgo. El problema es que cuando todos los personajes tienen el mismo reparo, y pocos rasgos más que los diferencien, se vuelven una amalgama plana que solo consigue salvar los relatos que, entre las quejas a veces inacabables y agotadoras, discurren en una mirada innovadora de los mitos y leyendas que, desde niños, hemos conocido en Colombia. Sin esa constante repetición, con una historia más directa -aun conservando los microrrelatos que la componen- y escapándose de los clichés sobre los desaparecidos, las mujeres y las quejas del periodismo, el libro sería mucho mejor.