Virginia Hara lo tiene todo bajo su escuela, sus convicciones y la rutina caótica que aprendió a sostener entre turnos de facultad, niños y causas sociales. Intensa, terca, de un corazón que arde cada vez que algo amenaza lo que ama.
Isabella Flores, en cambio, es todo lo elegante, encantadora, obsesionada con el orden y las apariencias. Su carrera como arquitecta es su refugio, y el nuevo proyecto que le asignaron parece otro paso firme hacia el éxito.
Ese proyecto, sin embargo, tiene un la casona donde funciona la escuela de Virginia, un espacio cargado de luchas y conquistas. Un espacio que ninguna de las dos está dispuesta a ceder. Y el choque entre ambas es discusiones que suenan a confesiones, silencios que laten como secretos y miradas demasiado difíciles de esquivar.
Entre los pasillos polvorientos se esconden historias que casi nadie conoce, pero ninguna tan intensa como la que empieza a escribirse entre ellas. Porque mientras las paredes guardan secretos, sus miradas también lo hacen. Y algunas verdades, una vez reveladas, ya no pueden volver a enterrarse.
Comencé a leer el libro con muchas expectativas, sobre todo porque amé Amalgama y me gusta cómo escribe Agata P. Lambert. Sin embargo, al llegar al final del libro, este no llegó a cumplir lo que esperaba.
Antes que nada, mis 3 estrellas son por lo mucho que me gustó el desarrollo de la pareja y sus altos y bajos. Creo que es el fuerte de la historia: el romance y el salseo entre ambas.
Quiero dejar claro que la historia de Isabella y Virginia es de lo más disfrutable, que Agata P. Lambert escribe de una forma muy elocuente y ligera, y se aplaude siempre esa creatividad y que se hagan publicaciones de relaciones WLW que es lo que a mí me interesa leer.
Solo espero que mis comentarios sobre lo que no terminó de cerrar en la historia no se malinterprete. El libro es muy entretenido de leer.
Vaya, que el 75% ha sido una historia con la que me he reído, me he emocionado y me he comprometido.