Jean-François Revel was a French politician, journalist, author, prolific philosopher and member of the Académie française since June 1998.
He was best known for his books Without Marx or Jesus: The New American Revolution Has Begun, The Flight from Truth : The Reign of Deceit in the Age of Information and his 2002 book Anti-Americanism, one year after the September 11, 2001 terrorist attacks. In the latter book, Revel criticised those Europeans who argued that the United States had brought about the terrorist attacks upon itself through misguided foreign policies. He wrote thus: "Obsessed by their hatred and floundering in illogicality, these dupes forget that the United States, acting in her own self-interest, is also acting in the interest of us Europeans and in the interests of many other countries, threatened, or already subverted and ruined, by terrorism." In 1975 he delivered the Huizinga Lecture in Leiden, The Netherlands, under the title: La tentation totalitaire (The Totalitarian Temptation).
Brilliant analysis of the communist danger and how the West was seduced by it. At the time it stood out as very reactionary, but it turned out to be very lucid afterwards. A bit provocative and one-sided.
This is the first book I read by Revel and it made me a raving fan of all his works. In this book he takes up the issue of the Lefts Totalitarian Temptation and uncovers the issues and contradictions inherent in supporting strongmen and tyrants who share the same ideological views. It made the French intellectual left wince when it first came out and garnered no awards for Revel.
It is hard hitting, fast paced and in depth, though dated for the early to mid 1970's it is as relevant today as when it was first written. Revel is a standing tower of intellectual virtue and integrity on the left willing to say it like it is, even when it impugns the left's own ideas, sadly something you truly rarely see in neo-left wing circles.
My only wish is that his heirs will bring this book back into print in. The world needs it now (2017) more then ever.
En efecto, ¿por qué el que está seguro de tener la razón, de conocer el Bien, de poseer una teoría científica para la comprensión y la gestión de las sociedades, va a someterse a los convencionalismos democráticos? La democracia está ligada a la incertidumbre. Entre otras funciones, desempeña la de permitir la sustitución de los dirigentes cuando existe la creencia de que éstos están equivocados. Donde nadie se adhiere sin reservas a una Verdad y a un Bien indiscutibles, lo que traza la línea de conducta colectiva es la opinión de la mayoría. Por tanto, en la democracia, el talento esencial del político es el de convencer. Por el contrario, parece inevitable que un poder que ya está convencido de poseer la Verdad absoluta o defender el único interés legítimo en materia de política, sienta el derecho y el deber de imponerlos por todos los medios, a despecho de lo que piense la opinión pública o, lo que es mejor, impidiéndole pensar. En casi toda la Historia, la mayoría de Estados, ciudades y otros centros de autoridad han actuado así espontáneamente y sin remordimientos. El respeto al pluralismo, tanto de intereses como de valores, y tanto en el interior del grupo social como en sus relaciones con los otros grupos, es una anomalía. La intolerancia y su corolario —la violencia considerada legítima— constituyen la norma en la mayor parte de los casos. Si yo estoy seguro de la verdad de mi doctrina, ¿por qué he de conceder libertad de información y de expresión, la cual, a mi modo de ver, sólo puede servir para propagar errores y obstaculizar la buena aplicación de un sistema social y moral totalmente justo? La Iglesia católica ha seguido este principio durante siglos, incluso ha sido limitada por las mismas sectas que se alzaron contra ella. Y, en su calidad de depositaria del “único dogma verdadero”, no podía obrar de otro modo sin ser inconsecuente.
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No pretendáis, pues —diría a los socialistas, para terminar mi respuesta—, que partís de una crítica racional de la economía capitalista, a fin de injertar en ella una acción política orientada hacia su transformación, en un futuro inevitablemente brumoso, pues la prudencia no figura en vuestro estilo, y despreciáis a aquellos que la profesan. No reivindicáis el derecho a la exploración y a la experiencia, sino el derecho a la operación quirúrgica total de un cirujano curtido que supiese a ciencia cierta —como si se tratase de una operación de cirugía menor, rutinaria, realizada con éxito mil veces— sustituir de una sola vez todos los órganos de su paciente. Desde luego excusáis, hasta producir náuseas, a todos vuestros amigos cirujanos cuyos operados han muerta en la mesa de operaciones. Sostenéis, durante años y más años, que la intervención se desarrolló perfectamente y que el enfermo espera sólo, para hacer gala de toda su floreciente salud, la eliminación de condiciones desfavorables y de adversarios perniciosos. Si, por casualidad, el difunto se obstinase en que está muerto, el crimen sería imputable a aquellos últimos (¡oh, grandes políticos!, inventores de un nuevo arte de gobernar que, según vuestra propia confesión, necesita, para desarrollarse, no encontrar ningún obstáculo ni tropezar con ningún enemigo).
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El mero hecho de que, a mediados del siglo XIX, se inventase la teoría marxista de las “superestructuras ideológicas”, constituye, en cierto modo, la prueba indirecta de este relajamiento de los lazos entre los campos de producción y de la expresión. En efecto, explicar que la literatura, la pintura y la filosofía traducen las aspiraciones de la clase dominante, justifican su poder y se dirigen a ello, y convertir esto en una tesis, solo pareció necesario a partir de un momento en que no fue enteramente cierto. Esta subordinación era evidente para un artista contemporáneo de Luis XIV, y su demostración habría parecido superflua e incluso ridícula.
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Yo prefiero hablar de diversidad más que de libertad, tanto cultural, como ideológica o política. La palabra libertad tiene resonancias metafísicas, y ya hay bastante política en la metafísica. Cualquier déspota en potencia conoce el tosco ardid consistente en afirmar que no es posible definir exactamente la libertad de información o la libertad sindical. Por tanto, abandonemos estos insondables misterios a la perspicacia de los estalinianos, y contentémonos con afirmar que, en cambio, todo el mundo ve claramente en la práctica lo que significa poder elegir entre varios periódicos, varias emisoras de Televisión y de Radio y varias asociaciones de trabajadores. Como es natural, esta elección debe hacerse en función no de una diversidad puramente numérica —los soviéticos pueden “elegir” entre Izvestia y Pravda—, sino de una diversidad de contenido, de origen y de iniciativa. Que el capitalismo suscitase el sindicalismo indica, según parece, que está realmente ligado, en su funcionamiento, al liberalismo. Decir que las conquistas sindicales son, no un regalo de la clase patronal, sino fruto de las luchas obreras —que se realizaron, no por el sistema, sino contra él— no hace más que reforzar el argumento, pues esto es precisamente lo notable, ya que, así, la sociedad liberal se presenta dotada de propiedades tales, que las acciones emprendidas contra la clase y el poder dominantes, engendran instituciones aceptadas, que debilitan y dividen este dominio.
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La invencibilidad del socialismo se debe a que se trata del primer régimen histórico reaccionario en el interior y revolucionario en el exterior, opresivo en su dominio y liberador en su propaganda.
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En primer lugar, la política es terreno no de la imaginación teórica, sino de la originalidad práctica, es decir, de la correcta percepción de lo concreto. La imaginación teórica tiene otros campos abiertos: la crítica literaria, la teología, el ajedrez, las Matemáticas, la investigación fundamental de las ciencias de la Naturaleza y del hombre. Pensar la política consiste en dejar de ver lo que no existe y en aprender a ver lo que existe, para actuar en consecuencia al llegar el caso Implica —según la bella fórmula de Antonio Gramsci— “el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”.
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Brillant ! Une réflexion profonde sur tous les totalitarismes, en particulier la stalinisme. Jean-François Revel pose la question et explique pourquoi, dans les sociétés libres, il y a tant de gens qui haïssent la liberté et veulent absolument vivre en société totalitaire. Il y a aussi dans cet ouvrage une analyse intelligente de l'anti-américanisme en Europe.