Una pena la verdad.
Es una lectura en algunos momentos interesante e inteligente, incluso lúcida: la atención al cuerpo, al ritmo, a la experiencia sensorial y a ciertas temporalidades no normativas está bien escrita y, por momentos, logra decir algo afinado sobre la vida contemporánea.
Aún así, el análisis político que hay detrás es bastante aterrador, más pena me da aún al recordar Vaquera invertida donde Wark todavía tenía un interés mucho más claro por el análisis estructural, el conflicto y la materialidad del poder.
El problema principal de todo es el pesimismo, no es que Wark sea pesimista (el pesimismo es una condición material de nuestra época), sino que en Raving ese pesimismo se naturaliza como horizonte definitivo, sin conflicto, sin tensión, sin necesidad de ser combatido colectivamente. La rave aparece entonces como suspensión, como paréntesis, como micro-utopía sin consecuencias, un espacio donde el capitalismo se disuelve momentáneamente para luego recomponerse intacto al amanecer. No hay acumulación política, no hay estrategia, no hay siquiera una pregunta incómoda por la organización, sólo experiencia.
Todo este análisis que hace Wark parte de una lectura fallida del presente. El libro asume (de forma más o menos explícita) que la revolución ya no es posible, que no hay horizonte de transformación estructural que merezca ser pensado, y que lo único que queda es gestionar afectos, experiencias y refugios temporales. Esa afirmación no es sólo pesimista; es empíricamente falsa.
Existen hoy múltiples organizaciones, colectivos, movimientos y tradiciones teóricas que no sólo no han abandonado la cuestión de la transformación radical, sino que analizan con enorme rigor el presente y producen herramientas políticas concretas para intervenir en él. Que estas luchas no garanticen el éxito no las vuelve irrelevantes; ignorarlas, en cambio, sí empobrece gravemente el análisis.
En ese sentido, el pesimismo de Raving no es una constatación trágica, sino una mala lectura del momento histórico. Confunde la dificultad de la revolución con su inexistencia, y transforma una coyuntura compleja en una clausura definitiva del horizonte político. Al hacerlo, el libro no sólo renuncia a la transformación, sino que desactiva intelectualmente a quienes todavía están obligades a pensarla y practicarla.
En este sentido, Raving encarna una suerte de neohippismo contemporáneo, estetizado y teorizado, donde la disolución del yo, el cuerpo en trance y la comunidad efímera sustituyen cualquier proyecto de transformación material. La diferencia con el hippismo clásico es que aquí ya no hay ni siquiera ingenuidad: hay renuncia explícita. No se cree en la revolución, no se la desea, y tampoco se la piensa como problema. Simplemente se la descarta.
Esta renuncia no es neutra. Está profundamente atravesada por una posición de clase que el libro nunca interroga seriamente. Raving sólo es posible desde un lugar donde el pesimismo no tiene consecuencias vitales inmediatas: donde se puede elegir el repliegue estético, la experiencia liminal, la disociación como práctica política. Para muches de nosotres, en cambio, la construcción de alternativas no es una opción teórica, ni un gesto romántico, ni un suplemento vital: es una imposición material. No vencemos el pesimismo de época por optimismo moral o elección personal, sino porque no hay otra, porque no hacerlo implica desaparecer, precarizarse aún más o volverse invivibles, en definitiva: morir.
Desde ahí, el libro resulta profundamente frustrante. No porque no ofrezca respuestas (eso sería exigirle demasiado), sino porque ni siquiera reconoce la asimetría entre quienes pueden permitirse no creer en la transformación y quienes estamos arrojadas a inventarla, mal que nos pese. La rave, en Raving, no es un espacio de ensayo político sino un refugio: un lugar donde el colapso se hace tolerable, bello, incluso deseable.
Además, la insistencia en la experiencia individual (por más queer, trans o marginal que se reivindique) termina reforzando una lógica liberal del yo: el cuerpo personal como último territorio de sentido, la vivencia individual como verdad política, la intensidad como sustituto de la organización. La teoría aparece fragmentada, citacional, más interesada en acompañar una sensibilidad que en producir fricción real con el mundo.
En definitiva, Raving en una lectura reconciliadora con la derrota capitalista. No incomoda al capitalismo tardío; le ofrece, más bien, una estética amable de su inevitabilidad. Frente a un presente donde muches no podemos permitirnos el lujo del nihilismo sofisticado, el libro de Wark se lee menos como una propuesta crítica que como el testimonio de alguien que puede darse el lujo de no creer en nada más.
Vencer el pesimismo de época, construir la alternativa.
Muerte al hippie ravero y viva la organización de clases.