Leer El montaje de la ópera de Yair Gómez Szmulewicz implica darle escucha a una obsesión: cómo es que el sonido y la música ocurren o son posibles, qué sucede en el mundo de los objetos y sus vibraciones que llega a la cóclea y experimentamos lo sonoro. Arrojado a la intensidad de esa pregunta, el yo decide montar una ópera en un contexto que parece inadecuado, incómodo o precarizado. Se trata, en suma, de un compositor joven e inexperto que ambiciona demasiado y del cual nos llegan temblores, dudas, diálogos con vivos y muertos y una biografía fragmentaria, que involucra a una madre obsesiva con el estudio, un padre distante y una casa que nos remite a las novelas chilenas familiares, al fundo y a una cierta aristocracia oscura. Aun inquieto por la posibilidad del fracaso, el yo insiste en hallar ese halo de misterio que vitaliza las composiciones musicales que ama y busca «una polifonía propia / indiferente a la partitura», porque «la partitura es una instrucción / nada más». Tocar algo más allá o más acá de la vanidad del estudio y, si es necesario, perder lo que ya sabemos perdido.
“no veas esto con los ojos ni lo oigas con los oídos no percibas esto con los pensamiento del corazón ni a través de los sentidos” (37)
La escucha atenta recoge los estímulos de un sonido que acrecenta, reside en nido del oído para gesticular la percepción de una señal. En el bosque mental, esta nota se expande, habla a nuestros pensamientos pactando el choque de “un cuerpo de fuego / y una mente llena de amenazas / siente un pacto en contra” (29). Dígase de otro modo, a flor de piel los demonios rehusan a perecer.
“El montaje de la ópera” le hace honor a su nombre. La ópera prima de Yair Gómez Szmulewicz se monta desde una formalidad fragmentaria, robusta de versos inconexos a ratos pero que van cobrando mayor sentido a medida que se avanza. Un poco para demostrar la mantención sonora, como “el sonido en el canal del agua / a través de los tiempos / y los escombros pulsativos” (15), así como también para perfilar “traumas que comen con la velocidad del insulto” (19). En un contexto así, el sonido torna filudo y punzante.
Las tensiones internas y externas son petrificación clave en este libro, se expresan con versos que sutilmente hacen referencia a un choque enrevesado, a “un enramado de trampas” (27) con “una pisada en el oído” (30) donde levemente aparecen figuras de una biografía, un padre con figura autoritaria que duda de las decisiones ajenas o una carrera musical arrojada a la intemperie, donde “la fuerza se ha drenado para sostener una apariencia” (38). Una vez que Hildegard ha escuchado con atención estos cortes versales, el montaje de la ópera toma rumbo para tornarse fuerza.
Desde el “Mediodía” en adelante, la lectura recolecta mayor inmersión: “busca tu asiento, suicida escombro” (44). En el “Conservatorio”, se vivencia mucho más de cerca lo que experimentan los músicos en su deliberar: “el tedio del clamor repetido” (51) se hace carne en esas aletargadas horas de ensayo, se enuncian esas víboras que “acechan / al que tiene méritos” (57), bajan los humos de una endiosada formalidad en donde “la partitura es una instrucción / nada más” (56). Aun cuando la versalidad fragmentaria persiste, las piezas del rompecabezas parecieran ser el camino dispuesto para llegar a la sección crucial del poemario: “El Montaje”.
Dos citas pueden basar su esqueleto: “un sonido que haga evidente lo privado” y “la evidencia necesita un compositor que hable solo” (61). El sonido se hace letra para acusar el horror, la “restitución de abusos que vivió en calidad de bellas artes” o “la puerta estrecha de la vía virtuosa, una grieta despreciable” (63). Una persona podría denominarlos como gajes del oficio, pero más vale gritarlos a modo de no hacerles oídos sordos.
Otro punto importante. Si “el sonido de la manipulación será la memoria de un miedo sostenido” (69), estaría alejándose un poco mucho de lo musical. Si aparece “la trayectoria enorme de la vida conyugal (...) calando huesos, en placer de incendio” (74), ¿se limita solo a un montaje musical? De la construcción a destrucción, se concibe desde un montaje la llegada de un desarmado del caos sobre un matrimonio menoscabado que grita presencia para volver una vez más a la fuerza paterna, a ese envenenado arrebato que pasó su vida con gestos deleznables sin regalar apoyo que se esperaría de tales figuras.
Este libro es un desafío, pero uno de los buenos. Todo por perfilar ese sonido horrísono que tanto se ha querido evitar.