Hugo vive sus primeros años de independencia en Madrid, donde la realidad se impone y lo único que se puede permitir es una habitación en un piso compartido. Las rutinas, los compañeros que vienen y van, la lucha diaria por pagar el alquiler de una habitación y escapar de la precariedad conforman su realidad. Pero la intimidad y la estabilidad que tanto ansía se vuelven misión imposible en un espacio en el que nadie echa raíces. Por el piso desfilan Paloma, Valentina, Andrés, Natalia, Gabriel, Santiago… Con cada nuevo compañero que llega, Hugo recupera la ilusión y la esperanza de una convivencia amable. Comparte con ellos planes, risas y complicidad. Sin embargo, una salida nocturna inesperada terminará abriendo una grieta en la convivencia.
Una novela sensible y profunda sobre la soledad, la amistad, los límites y las contradicciones humanas, en una etapa de la vida en la que aún se busca cómo habitar el propio cuerpo y la propia existencia. Una historia que se atreve a mirar de frente temas como el consentimiento, la culpa y la responsabilidad.
Con una voz honesta y contenida, Rodrigo Gervasi nos invita a reflexionar sobre esa pena –tan cotidiana como profunda– que habita en quienes todavía intentan entenderse, sin importar el momento vital en que se encuentren
Durant els anys d'universitat i primeres feines, vaig trepitjar diversos pisos compartits d'amics. No són habitatges, són ecosistemes propis que es regeixen per unes normes úniques. Espais que no sols s'habiten, sinó que es viuen i es desviuen. I en un d'aquests viu Hugo.
Fa poc que s'ha independitzat, però no pot optar a més que un pis compartit a Madrid. Més ben dit, a una habitació dins d'un pis compartit. Precarietat. Els joves i l'habitatge. Ocupació. La falta d'oportunitats com a bandera dels abandons. Aquests anys que camines sobre les vies del tren. Ets jove, t'urgeix créixer. Madurar. Saber gestionar les emocions. La vida és dura.
Hola. Adeu. Paloma. Valentina. Lucas. Andrés. Natalia. Gabriel. Santiago. K-pop. Crispetes. Menjar precuinat. Bany de cortesia. Scroll. Miralls. Bol de cereals. Consentiment. Culpa. Comiat. I un llenguatge que m'ha encantat. Aquestes frases com a destrals, esmolades, plenes d'humanitat.
Devoré está novela en un viaje de tren hace unos días y aún le doy vueltas. En ella, parece que no pasa nada, pero pasan muchas cosas, como ocurre con la cotidianidad real. Un retrato excepcional de los problemas, aspiraciones y dudas de una generación que no lo tiene nada fácil y, sobre todo, literatura en estado puro.
La novela “La grieta”, de Rodrigo Gervasi, construye un relato íntimo y perturbador donde el verdadero protagonista no es solo quien narra, sino el espacio que habita: la casa. Este piso compartido funciona como un microcosmos de la vida contemporánea, un lugar aparentemente cotidiano que se transforma en escenario de tensiones, vínculos y contradicciones. Todo ocurre dentro de sus límites, intensificando la sensación de encierro y de una realidad que se descompone con cada salida de un compañero y se recompone, distinta, con la llegada del siguiente.
El constante ir y venir de personajes —compañeros de piso que entran y salen— introduce un movimiento continuo que acentúa la inestabilidad. La convivencia se presenta como una experiencia marcada por la inseguridad y la precariedad: no solo material, sino también emocional. La pregunta latente de “¿con quién voy a tener que compartir mi casa?” revela una falta de perspectiva que atraviesa toda la obra y que conecta con la incertidumbre vital del protagonista.
El estilo de Gervasi refuerza esta atmósfera. Las frases cortas y el uso del discurso indirecto libre generan una sensación de inmediatez, de inminencia constante, como si algo estuviera siempre a punto de romperse. Esta tensión formal acompaña el desarrollo de unas relaciones humanas complejas, donde la amistad, el amor, la culpa y el consentimiento se entrelazan sin respuestas claras.
En este sentido, el título resulta especialmente significativo: la grieta simboliza ese límite borroso entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo dicho y lo silenciado. Nada es completamente blanco o negro, y de ahí surge una necesidad urgente de comunicación que, sin embargo, nunca se resuelve del todo. La novela se cierra de forma circular —o “redonda”—: comienza con la entrada del protagonista en el piso y concluye con su salida. Pero, entre ambos momentos, lo que se quiebra no es solo el espacio compartido, sino también la percepción de uno mismo dentro de él.
Quizá por haber vivido en muchas casas distintas, siempre me ha intrigado imaginar los hábitos de quienes las habitaron antes: cómo se transforma un mismo espacio al ser vivido por otras personas. Del mismo modo, cuando me mudo, no puedo evitar pensar en quién ocupará el lugar que dejo atrás y de qué manera lo hará. Nuestras vidas cambian, pero los espacios permanecen, marcados por las experiencias y los recuerdos que depositamos en ellos.
Me han gustado las denuncias que hay en este libro. Refleja muy bien todos esos problemas en donde los jóvenes nos podemos sentir identificados: la vivienda, la inestabilidad, la dificultad de las relaciones, la convivencia… Sin embargo, ha habido veces que creo que no se centraba en un mismo problema y quería abarcarlos todos. La culpa, el consentimiento, la responsabilidad… Creo que me hubiera gustado más si hubieran sido relatos y que hablara de todos estos temas de manera independiente. Creo que está muy bien escrito, que hay frases muy bien construidas y conceptos muy bien traídos. Pero la estructura del libro, cómo primero habla de unas cosas y al final saca otras que, si se hubiera ido desarrollando poco a poco durante la trama, hubiera sido más coherente.
La grieta es una novela sin pretensiones en la que el autor nos lleva de la mano del protagonista por un costumbrismo muy entrañable. Hugo representa a un conocido, a un amigo e incluso a uno mismo: sus inquietudes, sus inseguridades y sus dudas son vivencias humanas que todos hemos sentido y que nos envuelven en un abrazo de calided humana, de empatía.
lo q sí q no me ha gustado nada es lo de las ollas. pero vamos haber si vas a una manifestación tendrás q bajar a la calle digo yono???? menudos vagos apoyandola desde el balcón hay q ver los jóvenes en fin......les daigual la sanidad pública lesdai gual todo