Hugo vive sus primeros años de independencia en Madrid, donde la realidad se impone y lo único que se puede permitir es una habitación en un piso compartido. Las rutinas, los compañeros que vienen y van, la lucha diaria por pagar el alquiler de una habitación y escapar de la precariedad conforman su realidad. Pero la intimidad y la estabilidad que tanto ansía se vuelven misión imposible en un espacio en el que nadie echa raíces. Por el piso desfilan Paloma, Valentina, Andrés, Natalia, Gabriel, Santiago… Con cada nuevo compañero que llega, Hugo recupera la ilusión y la esperanza de una convivencia amable. Comparte con ellos planes, risas y complicidad. Sin embargo, una salida nocturna inesperada terminará abriendo una grieta en la convivencia.
Una novela sensible y profunda sobre la soledad, la amistad, los límites y las contradicciones humanas, en una etapa de la vida en la que aún se busca cómo habitar el propio cuerpo y la propia existencia. Una historia que se atreve a mirar de frente temas como el consentimiento, la culpa y la responsabilidad.
Con una voz honesta y contenida, Rodrigo Gervasi nos invita a reflexionar sobre esa pena –tan cotidiana como profunda– que habita en quienes todavía intentan entenderse, sin importar el momento vital en que se encuentren
Un libro breve ambientado casi por completo en un piso compartido de Madrid, una historia que sigue a Hugo en sus primeros años de independencia, atrapado en una rutina de habitaciones ajenas, contratos y vínculos que no siempre acaban de formarse. La convivencia con tantas personas que cambian con el tiempo, se convierte en un espacio de “observación” constante, silencios y expectativas que nunca se cumplen. Compañero que entran y salen de tu vida con los que no llegas a echar raíces, una novela sobre temas complejos como la soledad, el consentimiento, la culpa y los limites personales de las personas. El título hace referencia a una “fractura” intima que se abre cuando esa vida cotidiana deja de ser segura y te cuestionas hasta tus decisiones. Un libro corto que habla de muchísimos temas, y quizá se me ha quedado corto, el autor quiere abarcar mucho en poco espacio y me hubiera gustado unas cuantas paginas más. Una historia de una etapa de la vida por donde la mayoría hemos pasado, esa convivencia con desconocidos. Historia diferente, que recomiendo para desconectar y leer entre libros densos.
Devoré está novela en un viaje de tren hace unos días y aún le doy vueltas. En ella, parece que no pasa nada, pero pasan muchas cosas, como ocurre con la cotidianidad real. Un retrato excepcional de los problemas, aspiraciones y dudas de una generación que no lo tiene nada fácil y, sobre todo, literatura en estado puro.
Durant els anys d'universitat i primeres feines, vaig trepitjar diversos pisos compartits d'amics. No són habitatges, són ecosistemes propis que es regeixen per unes normes úniques. Espais que no sols s'habiten, sinó que es viuen i es desviuen. I en un d'aquests viu Hugo.
Fa poc que s'ha independitzat, però no pot optar a més que un pis compartit a Madrid. Més ben dit, a una habitació dins d'un pis compartit. Precarietat. Els joves i l'habitatge. Ocupació. La falta d'oportunitats com a bandera dels abandons. Aquests anys que camines sobre les vies del tren. Ets jove, t'urgeix créixer. Madurar. Saber gestionar les emocions. La vida és dura.
Hola. Adeu. Paloma. Valentina. Lucas. Andrés. Natalia. Gabriel. Santiago. K-pop. Crispetes. Menjar precuinat. Bany de cortesia. Scroll. Miralls. Bol de cereals. Consentiment. Culpa. Comiat. I un llenguatge que m'ha encantat. Aquestes frases com a destrals, esmolades, plenes d'humanitat.
Ademas me ha pillado en un momento de mudanzas express y cambios constantes de compañeros de piso pero y a quien no?????!!!! Vivimos cambios en nuestra vida por decisiones que otros toman en las suyas o que las ciudades no les dejan tomar o les obligan a tomar por su modus operandi de empapar y centrifugar a la peña para luego escupirla.
Me encanta como Rodrigo se esmera en describir cada detalle de lo que es vivir con ansiedad potenciado por estas circumstancias tan locas y comunes que no es mas que compartir piso. Y me encanta el final, inesperado y a la vez suuuuuuper humano y necesario de leer en los terminos en los que lo expresa
esta novela nos recuerda que vivir puede ser a veces despedazarse. puede ser esperar. unas sartenes, unas persianas, una cama, con las que no conocinamos, que suben y bajan, en la que duerme la persona de la pared de al lado. vivir puede ser hacerlo al lado de una persona que incomoda, que evitamos. vivir puede ser constatar que estamos vivas porque enlazamos uno con el siguiente pensamiento. pensar. pensar pensar pensar. vivir es una reiteración. vivir es aborrecer la reiteración. vivir no son emociones fuertes. vivir es hacerlo como podemos. vivir es la tristeza y esquivarla y no saber hacerlo. vivir es el próximo movimiento mientras seguimos en el anterior. vivir es no hacer nada y sentirnos mal por ello. vivir es cometer un crimen y tener que arrastrarlo con nosotras. vivir es esa subida mala que nos escala por la espalda y nos deja el cuerpo aterido. vivir es buscar el perdón. vivir es no hacerlo.
La novela “La grieta”, de Rodrigo Gervasi, construye un relato íntimo y perturbador donde el verdadero protagonista no es solo quien narra, sino el espacio que habita: la casa. Este piso compartido funciona como un microcosmos de la vida contemporánea, un lugar aparentemente cotidiano que se transforma en escenario de tensiones, vínculos y contradicciones. Todo ocurre dentro de sus límites, intensificando la sensación de encierro y de una realidad que se descompone con cada salida de un compañero y se recompone, distinta, con la llegada del siguiente.
El constante ir y venir de personajes —compañeros de piso que entran y salen— introduce un movimiento continuo que acentúa la inestabilidad. La convivencia se presenta como una experiencia marcada por la inseguridad y la precariedad: no solo material, sino también emocional. La pregunta latente de “¿con quién voy a tener que compartir mi casa?” revela una falta de perspectiva que atraviesa toda la obra y que conecta con la incertidumbre vital del protagonista.
El estilo de Gervasi refuerza esta atmósfera. Las frases cortas y el uso del discurso indirecto libre generan una sensación de inmediatez, de inminencia constante, como si algo estuviera siempre a punto de romperse. Esta tensión formal acompaña el desarrollo de unas relaciones humanas complejas, donde la amistad, el amor, la culpa y el consentimiento se entrelazan sin respuestas claras.
En este sentido, el título resulta especialmente significativo: la grieta simboliza ese límite borroso entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo dicho y lo silenciado. Nada es completamente blanco o negro, y de ahí surge una necesidad urgente de comunicación que, sin embargo, nunca se resuelve del todo. La novela se cierra de forma circular —o “redonda”—: comienza con la entrada del protagonista en el piso y concluye con su salida. Pero, entre ambos momentos, lo que se quiebra no es solo el espacio compartido, sino también la percepción de uno mismo dentro de él.
Quizá por haber vivido en muchas casas distintas, siempre me ha intrigado imaginar los hábitos de quienes las habitaron antes: cómo se transforma un mismo espacio al ser vivido por otras personas. Del mismo modo, cuando me mudo, no puedo evitar pensar en quién ocupará el lugar que dejo atrás y de qué manera lo hará. Nuestras vidas cambian, pero los espacios permanecen, marcados por las experiencias y los recuerdos que depositamos en ellos.
Hay una grieta en el cuarto de baño del piso compartido de Hugo. Lleva ahí desde antes de que llegase y seguirá ahí cuando se vaya. Esa grieta ha sido testigo en los últimos 3 años de la convivencia de 6 inquilinos. Gente que llegó a Madrid, a la ciudad que todo lo engulle, en busca de un hogar. Pero Madrid se nutre de la gente que está de paso. De su ilusión. De su precariedad. Los vínculos de la gente que recorre sus calles y llena sus bares están creados a la misma velocidad a la que se llena el metro por las mañanas. Madrid se exprime. Pero cuando no puedes seguirle el ritmo, te absorbe, te vacía y te escupe.
Hugo vive enganchado a las endorfinas que le provocan las relaciones esporádicas con sus compañeros de piso. Busca en ellos su vía de escape a la claustrofóbica ciudad. Cada despedida reclama su duelo. Pero en esta ciudad acelerada, no hay tiempo para llorar. Hay que pagar el alquiler. Corre. Pon un anuncio en Instagram. Corre. Elige entre los posibles nuevos compañeros. Corre. Vínculo. Adiós. Vínculo. Adiós. Caes en la cama. Miras al techo. Las molduras del techo parece que compactan el aire. Tienes que salir, beber, ir a conocer a más gente, vivir. Corre. “VIVE”… O vete.
Genial debut de Rodrigo Gervasi en esta historia donde nos vemos reflejados muchos de los que hemos atravesado Madrid como estación de paso vital. Los que hemos conocido su versión más caníbal y hemos salido huyendo a la mínima. Le vimos las orejas al lobo aunque estuviese disfrazado de abuelita. Me ha encantado la manera de contar el duelo, la culpa y la sensación de soledad en una ciudad de más de 3,5 millones de habitantes.
Gracias, Rodrigo, por poner palabras a la falta de aire que muchos sentimos. Ojalá hubiésemos compartido piso, Hugo. Seguro que nos hubiésemos dado un par de abrazos fuertes. Aunque la despedida hubiese llegado también pronto. Y hubiese dolido igual.
Escribe, o describe, muy bien. Y tiene pasajes muy interesantes, en especial cuando aún estás aterrizando en su estructura. Sin embargo, aquí y allá me ha ido pareciendo que iba repitiéndose cada vez más. Llega un punto en que nada avanza, ya no tiene nada nuevo que decir (y mira que es cortito) y sólo esperas que llegue un acontecimiento, sea el que sea, que sirva para dar sentido a todo. Y cuando llega, creo que Gervasi peca de subrayar demasiado lo que quiere decir (hay una conversación telefónica con una amiga que es absurda, incomprensible en un libro que hasta ahora se había querido mantener en las antípodas de semejante banalidad). Y es una pena, ya que es un tema importante y que debe ser tratado (qué difícil es hacer esto sin spoilers), y desde esta perspectiva no lo hemos visto tanto; pero lo dicho, se me ha desinflado tanto que me ha interesado más cuando no había nada claro y te permitía plantearte cuestiones sobre la precariedad de la gente joven que intenta sobrevivir en Madrid y esas cosas. Está bien, ojo. 3'5. Pero ya que Goodreads sigue sin permitirnos valorar con medias estrellas...
Me han gustado las denuncias que hay en este libro. Refleja muy bien todos esos problemas en donde los jóvenes nos podemos sentir identificados: la vivienda, la inestabilidad, la dificultad de las relaciones, la convivencia… Sin embargo, ha habido veces que creo que no se centraba en un mismo problema y quería abarcarlos todos. La culpa, el consentimiento, la responsabilidad… Creo que me hubiera gustado más si hubieran sido relatos y que hablara de todos estos temas de manera independiente. Creo que está muy bien escrito, que hay frases muy bien construidas y conceptos muy bien traídos. Pero la estructura del libro, cómo primero habla de unas cosas y al final saca otras que, si se hubiera ido desarrollando poco a poco durante la trama, hubiera sido más coherente.
Tiene todo lo que le pido a un libro. Costumbrismo vivo. Aunque no me esperaba el final y me ha gustado mucho la reflexión, con el desarrollo del libro en si estaba satisfecha.
Muchas observaciones acerca de la vida, poco centradas en la denuncia de lo que supone no poder dejar de compartir piso pero, mucho de "la vida pasando y ya", mucho crecimiento, contracciones, frustración, depresión, relaciones que vienen van, otras nuevas.
Me ha gustado como utiliza un lugar material como un piso compartido para contar como se va sintiendo en el con el paso del tiempo.
Me gusta la forma en la que expresa todo lo que siente Hugo.
La sensación de que la rutina te ahoga, que consume todo tu tiempo disponible, y cuando no lo hace, no te queda ni un resquicio de energía para pensar en otra cosa que no sea lo poco que queda para volver al círculo. La necesidad de sentirte parte de algo, de un grupo, de un momento o de los gritos que oyen los vecinos. Somos algo cuando lo somos con alguien.
Lastima que me haya empezado a enganchar en las últimas 20 páginas.
Si su primer libro me encantó, este me chifló, he empatizado tanto que siento que he vivido en esa casa.
Todo el mundo dice que el tema del libro es la precariedad laboral sin embargo no lo es, el tema es la ausencia de perdón en la sociedad de la religión woke.
A diferencia de cuando uno crece con valores culturales cristianos en el que el perdón se otorga y tienes una madre que te perdona y da infinitas oportunidades y estás acostumbrado a poder recomienzaar, ahora de repente te enfrentas a esa ausencia de perdón por un error no más grande ni más pequeño que los anteriores de tu vida y ese hecho de que te nieguen el perdón que suplicas desgarra como la lanza que le clavaron a Cristo y es una estocada de tal calibre que te mata implacable.
Yo lloré y me identifiqué porque ocurre con demasiada frecuencia que en este mundo tan tolerante que te venden no hay perdón y simplemente te tienes que ir del lugar físico en el que te encuentres si quieres hallar paz.
Solo tu madre sabe que a pesar de los pesares eres una buena persona o lo puedes llegar a ser.
Y aún así, ir hacia adelante sin perdón en ese cuartucho es insufrible y no hay salida de momento y es necesario un leap of faith brutal para cambiar de escenario y por el momento las trabas son muchas.
Este libro se gesta como un grito de perdón no concedido ante un error y es autobiográfico para todos, impactará dependiendo de la madre que tenga el lector, pienso que lo de la precariedad es simplemente colateral y el envoltorio.
Para mí el tema es la ausencia de perdón automático en cualquier cultura que no sea la cristiana y el conflicto entre los valores cristianos anteriores y los nuevos valores que han impregnado la sociedad y que coexisten, dos códigos de comportamiento humano opuestos y el protagonista los baraja inconscientemente y no logra descodificar del todo por qué no hay perdón para él.
Hasta en la sociedad civil hay eximentes y aún así, no hay perdón...
Para mí el protagonista es el otro chico, cómplice y cooperador necesario, que abrumado por la vergüenza no perdona. Es la primera vez que veo un protagonista en unas pocas líneas, un protagonista ausente como ausente es su empatía.
Este libro es un ejercicio de reflexión ante la penitencia de cargar de por vida con esta llaga que no se curará jamás, ni con terapia ni sin ella, ese estrés post traumático se aliviará en otro escenario pero ha hecho mella para siempre y ese es el drama.
Ese estrés post traumático no lo curará ningún psicólogo al uso, solo el que fue lanceado en el costado como Hugo.
Un notable muy alto para el que será sin duda uno de mis libros del año. Me ha encantado. No dejo de recomendar esta novelita que habla sobre el problema de la vivienda, sí, pero también de la asfixia por la falta de relaciones profundas, de la identidad... Muy buen trabajo el de Gervasi, además, con una prosa directa, incisiva y con mucho que aportar. Le seguiré en sus próximos libros.
«Si hay días que se me hacen eternos, ¿por qué siento que se escurren de mis manos?».
La novela debut de Rodrigo Gervasi llamó mi atención entre las novedades de Sexto Piso. Un libro corto con una sinopsis interesante y una portada en la que, de alguna manera, me sentí reflejado. Tenía tantas ganas de leerla que, una vez más, las expectativas han podido conmigo.
Si hay una característica que juega a favor de este libro, es su extensión. En tan sólo 120 páginas, el autor consigue construir una historia cargada de fuerza y mensajes clave a través de un protagonista, Hugo, que actúa como altavoz de la soledad y, en parte, de la depresión. Es fácil sentirse identificadx —a mí me ha ocurrido— con muchos de los pensamientos y sentimientos que experimenta. La sensación de que la vida avanza mientras nos quedamos atrás. La sensación de que el tiempo se escapa de nuestras manos sin que tengamos la mínima intención de hacer nada para evitarlo. Con Hugo, Rodrigo Gervasi da forma a situaciones de la vida cotidiana que, de forma intencionada o no, duelen.
A la soledad, tan bien retratada en «La grieta», la acompaña un retrato fiel y realista de la situación de la vivienda y de la precariedad laboral de una generación que creía que podría tenerlo todo y lo único que encontró fue desesperación. Estas cuestiones están presentes a lo largo de toda la novela —a veces, de forma sutil; otras, no tanto— mediante un sencillo juego de rotación de compañerxs de piso. Cualquiera que haya compartido vivienda alguna vez, especialmente durante la etapa universitaria o los primeros años del mundo laboral, sabrá que buena parte de lo que cuenta el autor es tan triste como cierto.
En ese ir y venir de compañerxs, junto a Hugo se mantiene Lucas, un personaje que representa una forma de amor noble, inocente y fiel. Las escenas compartidas entre ambos son, probablemente, lo que más me ha gustado del libro. Porque reflejan una relación construida desde el entendimiento y la aceptación. Desde la ausencia de juicio, de crítica y de presión. Una forma de amor que, irónicamente (¡o no!), se aleja del romanticismo y de la idealización para resultar mucho más auténtica.
Con esos elementos, «La grieta» es un libro que podría haber sido perfecto de no ser por dos elementos que, al menos para mí, pesan. El primero, y menos importante, tiene que ver con la construcción de los diálogos. En alguna que otra ocasión los he sentido irreales y exagerados, especialmente en boca de Hugo. Mientras que su voz interior es melancólica, nostálgica y, a veces, descorazonadora, las palabras que comparte con otras personas están llenas de júbilo, bromas y cierta despreocupación. Ambas facetas pueden convivir perfectamente en una misma persona, por supuesto. Pero, en esta historia, la convivencia entre ambas no ha terminado de convencerme.
El problema principal, no obstante, no es ese, sino el tramo final del libro. Un giro que da la vuelta a todo lo que hemos leído hasta entonces y que plantea una cuestión muy interesante, sí, pero que no termina de encajar con el resto de la novela. Porque, aunque el autor deja entrever en todo momento que algo ha ocurrido en el presente —la historia navega entre dos líneas temporales—, el conflicto que acaba ocupando el centro del relato me ha resultado descontextualizado. La novela avanza con paso firme por un camino hasta que, de repente, decide recorrer otro completamente distinto. Y es ahí donde me he preguntado si era necesario. Si, quizás, no era más interesante seguir profundizando en la soledad, la depresión, la crisis de la vivienda o la precariedad laboral en lugar de virar hacia un tema que, en mi caso, he sentido impostado.
¿Es una novela debut a la altura? Sí. ¿La he disfrutado? Por supuesto. ¿La recomendaría, pese a mis críticas? Sin duda.
Una de las cosas que más me han gustado de 'La grieta' es que en ella el protagonismo lo acaparan tanto el narrador como el espacio que este habita. Y es que la historia se centra en Hugo, un joven que se ha independizado en un piso compartido de Madrid, que hace de eje central de todas las relaciones de sus inquilino. Así, según vamos avanzando páginas, vamos descubriendo los vínculos y tensiones que van surgiendo entre todos ellos, además de las despedidas y nuevas llegadas al piso que se van produciendo con el paso del tiempo. De esta manera, el autor consigue al desarrollar toda la trama entre las cuatro paredes del piso una sensación de encierro y agobio, pero también de contemplación y análisis de comportamientos, silencios y expectativas. Además, ese continuo ir y venir de compañeros en el piso introduce un movimiento constante que pone de manifiesto la inestabilidad en la que viven todos ellos y el problema de la vivienda, acentuado todavía más si cabe en los jóvenes. Algo tan básico y fundamental como es la convivencia con las personas con las que vives queda de este modo marcada por la inseguridad y la incertidumbre de no poder saber quién va a ser la persona que tenga bajo mi mismo techo en un futuro próximo. Además, se genera ansiedad ante la perspectiva de tener que "entrevistar" a los candidatos a ser compañeros de piso sin saber si finalmente se estará decantando por el adecuado o si se arrepentirá de la opción elegida. Para mí el principal problema que tiene la novela es que, pese a lo cortita que es, llega un momento en el que la historia no avanza y se vuelve monótona y repetitiva. Y, de repente, en las últimas páginas explota con un giro que plantea una cuestión muy interesante y desde una perspectiva distinta a la que estamos más acostumbrados. No diré nada para no hacer spoilers, pero la dinámica de la historia cambia por completo dejando a un lado esa atmósfera que acompaña a Hugo cargada de soledad, de depresión, de precariedad laboral para pasar a tratar otro tema que nada tiene que ver y que cierra en unas pocas páginas y te deja con la sensación de que o bien no debería haber sido incluido o si lo introduce darle más espacio y desarrollo al mismo. En definitiva, una novela que trata sobre problemas muy actuales y con los que rápidamente empatizas como son la vivienda, la inestabilidad laboral o la dificultad de las relaciones con las personas con las que convives a través de un protagonista marcado por un carácter solitario y cercano a la depresión. Personalmente no he acabado de conectar con la historia ni sus personajes, aunque en cualquier caso reconozco que está muy bien escrito y que tiene frases e ideas muy interesantes.
No podían haber escogido mejor título @rodrigogervasi y @sextopisoeditorial para nombrar esta pequeña novela en la que están presentes tantos temas que se abren, se romen y salen a la luz través de esa grieta física y metafórica.
El problema de la vivienda en España, que obliga a tantos jóvenes a compartir piso —muchas veces con desconocidos—, es el eje central de la historia, y también es el inicio de esa grieta que comienza a abrirse en su protagonista, Hugo, y que empieza a expandirse a todos los aspectos de su ser.
Desde que llega al piso que va a convertirse en su hogar temporal, hasta seis personas distintas pasan no solo por las distintas estancias del piso de alquier, sinot también por su vida: Paloma, Valentina, Andrés, Natalia, Gabriel y Santiago. Algunos, antes que él; otros, los que llegan después. Distintas personas con sus proyectos individuales, personalidades, rutinas, intimidades y caracteres con las que debe convivir, a las que debe adaptarse y a las que debe olvidar con cada despedida. Personas que hacen la maleta y se llevan los recuerdos vividos junto con los restantes objetos almacenados en cajas de mudanza. Compañeros y amigos por unos meses que, una vez cruzan la puerta, jamás vuelven al espacio compartido.
Esa grieta en la pared del baño que también se va haciendo más grande en el interior de Hugo al ser consciente de la precaridad laboral que rodea su vida, la falta de motivación ante un futuro incierto y la soledad que experimenta con cada despedida y amistad truncada.
Esa grieta que se expande en su habitación, que ha convertido en su espacio seguro, en un bunker, en una suerte de prisión cuyas paredes le van engullendo sin darse cuenta. Un espacio en soledad que le obliga a mirar adentro, a escucharse y a convivir diaramente con sus pensamientos, sentimientos y miedos. Con lo hay ahí fuera.
Esa grieta que se va extendiendo a su relación de pareja, que le sirve de apoyo emocional; esa red de amor y cuidados a la que tampoco ve futuro. Esa grieta que se abre en la convivencia y en la amistad por un incidente que Hugo no es capaz de controlar y por el que se siente terriblemente culpable.
Esa grieta que separa en dos el hielo de un glaciar. La grieta de la pena, la incomprensión, el abandono y la soledad que, como Hugo, todos hemos experimentado en una sociedad frenética, egoísta y voraz que no (nos) permite transitar el duelo por lo que fue, lo que es y lo que (nunca) será.
Siempre habrá algo que se rompa en nosotros. Ojalá sepamos detectar esa grieta a tiempo y lograr repararla.
Un buen libro. Me gusta mucho el estilo del autor y también creo que captura muy bien la situación de muchos jóvenes. Cierta decepción a nivel personal muy relacionada con la situacion de la vivienda. Seguire leyendo a Rodrigo Gervasi.
[Me quedo quieto. Si hay días que se me hacen eternos, ¿por qué siento que se escurren de mis manos? Hoy tengo tiempo para pasear, cocinar, dibujar, leer, escribir. Tengo tiempo para perderlo. Pero no paseo, no cocino, no dibujo, no leo, no escribo y no pierdo el tiempo. Perder el tiempo requiere dejarlo escapar, renunciar a tratar de retenerlo. Mirarlo de frente y decirle: yo no te sigo, yo no te uso; tú no me acotas, tú no me impones. Yo no hago nada de eso. Yo miro el reloj fijamente y veo los minutos pasar, y pienso: cuando marque y media o en punto hago tal cosa, y tan rápido como llega la hora, la pospongo de tarde. Treinta en treinta minutos hasta que ya es demasiado]
Las infinitas descripciones del piso me han agotado. Las reflexiones sobre el hogar, la precariedad y el habitar bastante meh. He conectado bastante más con la parte final, con el arrepentimiento y la culpa. Aunque siento que no da cierre al libro y a las temáticas que desarrolla, sino que es como un mini-libro aparte.
"Es necesario ir más allá: dudar de uno mismo, estar alerta. Incluso tenerse un poco de miedo. Ser consciente de que el error y el agravio caminan con nosotros y basta un desliz para cometerlos. No estoy a salvo."
"Busco la forma de convivir conmigo mismo, de habitar mis sentimientos: el arrepentimiento, la culpa. [...] Por eso perdono. Perdono porque el otro podría ser yo. Perdono porque el otro he sido yo."
La grieta es una novela sin pretensiones en la que el autor nos lleva de la mano del protagonista por un costumbrismo muy entrañable. Hugo representa a un conocido, a un amigo e incluso a uno mismo: sus inquietudes, sus inseguridades y sus dudas son vivencias humanas que todos hemos sentido y que nos envuelven en un abrazo de calided humana, de empatía.
lo q sí q no me ha gustado nada es lo de las ollas. pero vamos haber si vas a una manifestación tendrás q bajar a la calle digo yono???? menudos vagos apoyandola desde el balcón hay q ver los jóvenes en fin......les daigual la sanidad pública lesdai gual todo
Con todo el respeto que merece un autor por su trabajo y esfuerzo, a mí este libro me ha costado muchísimo no sólo entrar sino también, permanecer. Me parece "más de lo mismo de todo lo que se publica ahora por escritores noveles" y además, la fórmula de frases muy cortas encadenadas, no es de mis favoritas. De hecho, el libro, según avanza de la mitad al final y el estilo cambia un poco, me resulta algo más interesante pero para entonces, ya se me ha complicado la relación que tengo con él. Quizás, seguro, sea algo personal mío porque en el club de lectura que lo comentamos, gustó bastante.
Tenía curiosidad por lo que decían de este libro sobre la relación de los jóvenes con la vivienda y sí que es verdad que refleja muy bien lo que es compartir un piso. Ese es el punto que más me ha gustado. Pero tampoco ahonda mucho en la precariedad, es decir no es el centro de la novela. O al menos no me parece que lo critique abiertamente.
Algo que no me ha gustado es la integración de los diálogos en el texto sin guiones. Sé que es algo que está muy de moda, pero no es para nada de lo mío.
Dicho lo cual, está entretenida y sin más. Se lee en una tarde.
La vida en un piso compartido. La precariedad de sus habitantes y su continuo flujo. Las expectativas de amistad y camaradería que siempre se cumplen a la baja. Compartir costumbres de semidesconocidos para después olvidarlas, cuando llega la tensión y urgencia de sustituir al inquilino que se va disuelve los recuerdos del que parte. Alrededor las inquietudes e incertidumbres de una juventud que busca su sitio en el mundo.
Un libro breve para leer en un rato. Y disfrutarlo.
Un libro sencillo y sensible. Me ha encantado su estilo tan audaz y visual, así como la construcción del personaje de Hugo. Hay reflexiones sobre el paso del tiempo, la precariedad y el consentimiento.
Me imaginaba este libro en el teatro, y ojalá. Y qué final. Duro y sentido. Me ha encantado descubrir a Gervasí como autor.