Esta novela ha conseguido hacerme recordar algo que no estaba intentando recordar. Bastó encontrar un nombre en una página para que dejara de leer durante un instante. Miguel Ángel Blanco, y con él regresaron aquellos días de julio de 1997, la espera, la angustia, la sensación de estar asistiendo a algo que ya pertenecía a nuestra historia y que, al mismo tiempo, estaba sucediendo delante de nuestros ojos. Aramburu coloca su novela precisamente ahí: entre el 10 y el 13 de julio. Cuatro días, cuatro capítulos, una cuenta atrás que conocemos de antemano.
Pero en esta casa de San Sebastián la vida sigue su propio calendario. Manoli intenta acostumbrarse a un cuerpo que ya no responde como antes. Elene vuelve desde Providence después de trece años y trae consigo una vida que, desde fuera, parece resuelta. Maite permanece en el centro, intentando entender lo que sucede a su alrededor mientras su propio matrimonio empieza a llenarse de preguntas. Tres mujeres, tres maneras de mirar el miedo, la pérdida, el paso del tiempo y aquello que cada una ha decidido callar.
Y me ha gustado quedarme ahí, en esa zona incómoda donde nadie termina de decir toda la verdad. Porque en Maite hay mentiras que pretenden proteger, silencios que quieren evitar el dolor y verdades que, cuando finalmente aparecen, quizá llegan demasiado tarde. Aramburu entiende bien que una familia también puede construirse alrededor de aquello que sus miembros deciden no contarse.
Maite piensa mucho, se habla, se entrevista, se refugia en sus «castillos», esas conversaciones interiores en las que la realidad se desordena y aparecen incluso aquellos que están al otro lado de la historia. Al principio tuve que acostumbrarme a ese mecanismo; después entendí que ahí estaba buena parte de la novela. En esos desvíos de la imaginación hay una mujer tratando de encontrar una forma de convivir con lo que no puede cambiar.
Fuera, mientras tanto, la historia irrumpe constantemente. Una noticia, una llamada, la televisión, la radio, una manifestación, un lazo azul y un teléfono que suena y que también puede dejar de contestarse.
Me ha interesado mucho esa manera de mostrar cómo la violencia política termina entrando en las casas sin pedir permiso. La tragedia colectiva no necesita ocupar cada página para modificar la vida de quienes la están viviendo. Está ahí, como un ruido de fondo que nadie consigue apagar.
Y quizá aquí es donde la novela me ha dejado una sensación más ambivalente. La intimidad de las tres mujeres está construida con mucha más profundidad que algunos de los hilos que la rodean. Por momentos he echado de menos que determinadas historias respiraran un poco más y que el acontecimiento histórico que sirve de marco adquiriese mayor presencia. Precisamente porque aquellos cuatro días fueron tan determinantes, me pregunté alguna vez qué habría ocurrido si Aramburu hubiera abierto un poco más esa ventana hacia fuera.
Aun así, he disfrutado de su manera de mirar a los personajes. No necesita convertirlos en héroes ni en culpables, los deja ser humanos: contradictorios, vulnerables, egoístas, generosos y capaces de equivocarse incluso cuando creen estar haciendo lo correcto.