El norte de Veracruz es, al mismo tiempo, escenario de crímenes atroces y asentamiento de comunidades nahuas y totonacas. Un territorio violentado, pero con voluntad propia, donde se reza con fervor, la pobreza es destino y las abuelas y madres transmiten el conocimiento ancestral de la brujería.
Alondra de Ana Basilio, obra ganadora del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024, es un libro cuya estructura transita entre la narración fragmentaria, la prosa poética, la estampa, el relato y la preconfiguración de la novela. Un camino que va de la memoria compartida a lo íntimo e incofesable.
Este es un poemario muy complejo, pero a la vez, sencillo de leer. Complejo porque es un entrelazado de tema, voz, tono que muestran precisamente el revoltijo de la existencia. Para ello nos lleva un pequeño poblado, unas infancias que viven en un entorno hostil y criminal, la violencia estructural y sexual es cosa de cada día.
Atravesado todo eso, la brujería. Aquí es cuando digo que es complejo, porque esa magia de abuelas y esos seres legendarios del folklore del sureste tienen contingencia con lo material, con la pobreza y lo terrible del ser humano. Por eso es que si un niño desaparece, tanto es creíble que se lo hayan llevado los duendes o se haya escapado porque su papá abusaba de él.
Son fragmentos dispersos, desordenados, pero que poco a poco van cobrando sentido. La voz de uno aparece para olvidarse y luego retomar lo que decía. Personajes que entran y salen, ya sea físicamente o por el recuerdo. Hay un hilo narrativo y no deja de haber poesía, tiene estructura versificada y no deja de tener prosa. Y también es una mirada, un registro antropológico. ¿Se nota la complejidad?
Y sé que es muy evidente notar lo escabroso que se nos cuenta, pero con un poco de sensibilidad podremos encontrar belleza y hasta ternura. No dejan de ser niños los que componen algunos de los poemas, y su visión todavía tiene la inocencia de la vida bella. Algo como lo que hizo Campobello en Cartucho, la violencia de la Revolución con estampas de gran belleza pese a la muerte y la sangre.
Alondra es un canto y es un chirrido. Es un embrujo.
Me encantó, aunque no es un poemario feliz, tiene una narración encarnada, situada, de clase, feminismo, violencia, y de territorio. Muestra el dolor no solo en lo individual si no en lo colectivo, en el pasado, en el presente. Nos lleva por la memoria compartida y termina en lo inconfesable. Y, sin embargo, entre la rabia y la tristeza, persiste una lucidez tierna: la capacidad de nombrar, de imaginar y de seguir viva.