Durante una larga temporada, Grassa Toro estuvo visitando los Archivos de Indias. En el laberinto de papeles se esforzaba por desentrañar los pequeños hechos de la conquista. Olas de sangre rebosaban de algunas páginas, y debía doblar la libreta para usarla de balsa. En otras, descabellados deslumbramientos ocurrían en las mentes trastornadas de los cronistas que intentaban, lo mejor que podían, comprender al armadillo.
Durante esa larga temporada, reunió Grassa Toro una serie de personajes. Conquistadores menores, pequeñitos a la sombra de los Cortés y los Magallanes, a quienes curiosos sucesos les habían marcado. Sus nombres y sus hazañas iban siendo organizados dentro del ambicioso proyecto de crear una enciclopedia de la conquista, una que contuviese más verdad que los libros de texto, que no temiese enunciar el horror y la maravilla.
Mientras, también en territorio español, recorría Pep Carrio las playas cercanas a su taller, y recogía, de cuando en cuando, trozos de madera y basuras varias que dejaba la marea sobre la arena. Alambres, conchas marinas, culos de botellas, retorcidas piezas de metal. El sobrante de los naufragios se apilaba y de los montones empezaron a surgir rostros. Máscaras. Pacientemente las esculpía Pep Carrió, veía sus contornos y sus narices, los escasos mechones de pelo.
Fue armando su galería de retratos, el recorrido de los espejos regurgitados por el océano. Tan cercanos a él, su creador, pero tan ajenos. ¿Quiénes eran estos hombres?, ¿cuáles habían sido sus vidas antes de terminar colgados en las paredes de su taller? No lo sabía. Quería saberlo. La curiosidad lo empujó al correo, el correo se llenó de fotos que viajaron para encontrar, también en territorio español, a Grassa Toro.
-¿Quiénes son estos tipos? -preguntaba Pep Carrió-, yo no lo sé.
Grassa Toro lo sabía. Había leído sobre ellos y tenía sus pequeñas historias guardadas en el proyecto de la enciclopedia.
Así surgió Conquistadores en el Nuevo Mundo. Su lectura es un ameno descubrimiento de vidas y obras mínimas y misteriosas. Las máscaras y los textos son impecables. La edición de Tragaluz, hermosa.
Baste decir que el libro está a la altura del mito de su concepción.
Juan Lorenzo, que construyó un puente sobre un río de caimanes. Diego López Coral, que comió lo que nunca había comido. Gonzalo Guerrero, que se hizo agujeros en las orejas.
Curiosidades y crueldades varias tomadas de las crónicas de indias. Es interesante, es gracioso, es divertido, no se toma muy en serio a si mismo y por eso logra profundidad en las historias, todo esto acompañado de mascaras en madera creadas por Pep Carrio con maderos recogidos de las costas de España, ademas del cuidado editorial que siempre pone tragaluz.
Quiero este libro-obra de arte-educativo-diferente, en mi biblioteca ahora. De hecho, es un texto que debería estar en las bibliotecas públicas como texto de estudio.
La selva era tan espesa que Pedro Sarmiento pudo caminar por las copas de los árboles. Sin saberlo, Juan Lorenzo construyó un puente sobre un río de caimanes. Buscando oro, Antonio Sepúlveda casi logra vaciar una laguna. Gonzalo Guerrero se tatuó la cara, se hizo agujeros en las orejas, y prefirió vivir con los indios a regresar con los españoles…