Pablo Ortúzar realiza una investigación periodística sobre los hechos asociados al 18-O y los presenta en forma de crónica. Esta es, explícitamente, la pretensión del libro: ser una crónica. No hay que esperar teorías que expliquen los acontecimientos ni un despliegue especial de recursos retóricos.
El relato se organiza en tres partes: antes, durante y después. El antes aporta poco para un lector chileno que vivió el estallido: son generalidades que todos conocemos. El durante y el después, en cambio, entregan mayor valor, en la medida en que constan de una exposición más rigurosa de los hechos y nos ayudan a recordar quién es quién en la política chilena de los últimos años. Ahora, hay que considerar que la investigación está basada exclusivamente en fuentes secundarias, principalmente notas de prensa de la época y algunos libros de otros autores que lo vivieron más de cerca.
A mi juicio los aportes del libro son dos. El primero, es que nos ayuda a recordar lo desorientados que estuvimos en esa época. Por ejemplo, la extendida convicción de que los partidos políticos no representaban a nadie —lo que puede ser cierto— y, simultáneamente, la idea de que la representación orgánica y auténtica de la sociedad estaba en ciertos movimientos sociales, gremios y agrupaciones sindicales, como la CUT, la Confusam, No+AFP, la MUS o algunas ONG ambientales. Esto último es resulta ser falso: en realidad eran grupos particulares con agendas específicas que representan solo a algunas personas. También nos recuerda toda la destrucción y violencia que toleramos y que, visto con los con los ojos de hoy, seguramente nos parecen inaceptables.
El segundo aporte —a mi parecer el más interesante, aunque también el más fugaz— es la lectura teórica que Ortúzar propone sobre el 18-O. Según el autor, el estallido habría tenido un carácter carnavalesco, pero distinto del carnaval tradicional: no funcionaría como una válvula de escape que permite soportar el orden social existente, sino como un intento de desmantelarlo e invertir sus valores, de modo que lo antes considerado malo pasa a ser bueno, y viceversa. En este marco, la violencia no opera de manera instrumental para alcanzar un objetivo político, sino que se transforma en un fin en sí mismo.
De ahí el culto, o al menos aprobación, por lo feo que vivimos en esa época. La verdad de la realidad se revelaría en su lado oscuro. Esto se puede retratar en una frase de Cantinflas: "estamos peor, pero estamos mejor... porque antes estábamos bien, pero era mentira, no como ahora, que estamos mal, pero es verdad".
Durante el estallido habría operado, además, la polaridad vida/cosas. Era la vida lo que debía protegerse a toda costa, sin importar cuánta destrucción material o cuánto dinero ello implicara. Ninguna vida podía pagarse, aunque para ello hubiera que destruirlo todo. La dignidad de la persona se situaba en el centro. Esto ayudaría a explicar por qué los chilenos desaprobaban los saqueos, pero desaprobaban aún más la represión ejercida por Carabineros. Esta distinción vida/cosas también habría limitado la violencia en el estallido ejercida directamente contra las personas —salvo que uno fuera Carabinero, claro—, a diferencia de lo ocurrido durante revolución francesa. inalmente, esta misma lógica permitiría entender la dureza de las medidas sanitarias durante la pandemia y, al mismo tiempo, el progresivo debilitamiento de la legitimidad de la protesta, en la medida en que esta comenzaba a poner en riesgo la vida.
En resumen, me parece que el libro nos deja una interesante lectura sobre lo que vivimos el 18-O —y me dio mucho para pensar—, pero, a la vez todo ese aporte está condensado en algunas páginas en particular. El resto del texto está compuesto por hechos ya conocidos y antecedentes que pueden encontrarse desarrollados con mayor detalle y precisión en otras obras sobre este período.