Sopa de tomate contra un Van Gogh; manos pegadas a los marcos de un Goya. ¿Vandalismo ciego o el acto de protesta más lúcido de nuestro tiempo? En este ensayo tan deslumbrante como provocador, el historiador del arte Manu Martín argumenta con una contundencia arrolladora que la profanación de los símbolos no es un sacrilegio, sino una herramienta histórica de protesta y crítica sin parangón. «Una herejía ilustrada» que demuestra que, para rescatar el arte, a veces hay que «atacarlo».
Con la precisión de un bisturí, Martín disecciona el concepto de «Patrimonio» para revelarlo como lo que a menudo es: una poderosa «religión civil». Una fe que nos enseña a venerar una cultura de élites mientras esteriliza las obras en templos-museo. Frente a esta liturgia, reivindica un patrimonio vivo, y por lo tanto político, que lejos de ser un panfleto se muestra como un riguroso recorrido histórico que va desde las «hogueras de las vanidades» del florentino Savonarola, hasta las sufragistas que acuchillaron la «Venus del espejo» para defender los cuerpos reales de las mujeres, llegando a los activistas que hoy usan el Prado y otros museos como altavoces globales. Martín demuestra que estas acciones no atacan el arte, sino que lo utilizan —además, sin dañarlo de manera real— para devolverle la vida que la institución les ha arrebatado.
“En contraposición a la idea generalizada de que este es testigo de un pasado único, pienso en el patrimonio como una selección consciente, alterada, pautada e intencionada”. Lo que llamamos Patrimonio es un catálogo cuidadosamente elaborado por aquellos poderosos que nos antecedieron y por aquellos que nos gobiernan hoy día desde las instituciones políticas y culturales. Y tomar consciencia de ello, como asumir que “al museo se va a rezar”, resulta tremendamente catártico.
Cuestionar estos relatos heredados y que cuentan una historia parcial -aquí la culturas material e inmaterial de los pobres no salen en ningún lado- es lo realmente interesante. No siento “mía” La Gioconda, sino la protesta ejercida junto a ella por aquellos que sí son “nosotros”, quienes hablan desde el presente con unas condiciones materiales similares a las mías y que atacan directamente la sacralidad del Arte.
Esto es la historia social del arte: atender a todo lo que rodea a las obras de arte, especialmente a los significados aparentemente inocentes, buenistas, unitarios y conciliadores que otros les otorgan, y olvidarnos ya del valor artístico. Entender que una protesta de ciudadanos que usa una obra de arte para hablar de su causa cumple de manera más efectiva con la supuesta función social del arte que tenerla colgada tras un cristal durante 200 años en las paredes de un museo.
«La huella visual de la gestión patrimonial está cargada de intenciones: configura una semiótica calculada a través de una ritualidad preconcebida en nuestra cultura visual y espiritual». Una mirada crítica, actual y profundamente necesaria frente a la pasividad intelectual colectiva y la tendencia a asumir como verdad incuestionable los discursos impuestos desde las estructuras de poder.
Una lectura obligatoria para cualquier persona en relación con el patrimonio, la historia y el arte en su campo de trabajo. Ideas complejas sin caer en el viejo truco del idioma académico que por desgracia está a la orden del día en nuestras lecturas.
Ideas más que importantes necesarias en las aulas, unas aulas marcadas por el miedo y el dedo acusatorio, donde los docentes tachan de terror y retrocesos las acciones sociales y el siquiera TOCAR el patrimonio.
"Utilizar el alto patrimonio como faro de protesta se vuelve tan solo un modo de tomar los medios de producción —identita-ria—: una obligación ante la desmemoria."
Da gusto encontrar voces contemporáneas que piensan por igual, sobre todo voces como la de Manu Martín, quien teoriza y aplica, y trabaja por hacer desaparecer las ideas del patrimonio como bien extraterrenal.
"Sabemos que nuestro patrimonio es, también, como el hueso en el relicario. Y que habla más de la mano que lo colocó en la vitrina de oro, la comunidad que lo custodió y los fieles que atrajo de lo que lo hace de sí mismo: es un fenómeno con el centro hueco".
Si te interesa el tema (patrimonio, arte, cultura) tienes que leerlo sí o sí.
Recomiendo también escuchar los capítulos “Pensar el museo” y “Patrimonio:formar parte, darle vida” del podcast Punzadas Sonoras, ahí descubrí yo este libro y merecen muchísimo la pena.
"Creo que los monumentos no deben obligar a un buen recuerdo, sino reflejar los que realmente existen y coexisten, cristalizando el desacuerdo y la asincrónica memorial. Es esa construcción colectiva que yuxtapone memorias, cultos y condenas la que servirá como reveladora de la sociedad. Y es ahí —en el valor del residuo [...]"
Excelente, necesario y actual ensayo sobre el patrimonio y las protestas que se han hecho los últimos años usando obras de arte como protagonistas. Me ha encantado particularmente los mil y un ejemplos que usa para poner de manifiesto las contradicciones que hay en la concepción de patrimonio y en las maneras en las que lo conservamos, tratando dos obras de maneras distintas aunque los principios de la conservación actuales dicten tratarlas de una misma forma.
El mayor cumplido que se le puede hacer a un libro es decir que te ha cambiado de alguna forma, en mi caso ha levantado una venda que me impedía ver y comprender otra forma de acercarse al patrimonio. Contra el patrimonio es un libro que te abre los ojos y te invita a reflexionar desde una perspectiva que incomoda a los códigos establecidos de memoria, arte y patrimonio.