What do you think?


Desde el jergón: Las memorias de Josele Santiago de Los Enemigos
Josele Santiago (Madrid, 1965) es una de las voces más inconfundibles del rock español. Al frente de Los Enemigos, o más tarde como solista, ha compuesto y cantado con su voz aguardentosa impregnada de dolor y júbilo uno de los cancioneros más perdurables de la música popular en lengua española.
Desde el jergón son una suerte de memorias al hilo de sus principales canciones y cuentan, con un estilo directo, a veces crudo y otras lírico, la particular singladura de Los Enemigos y de su vocalista, y un buen número de anécdotas inolvidables de juventud y carretera, o en palabras del autor «una mirada subjetiva sobre el corazón de una banda que ha sido capaz de orear su testarudez durante cuatro décadas a lo largo y ancho de un país que no termina de deshacerse del adjetivo precario». Pero este libro es mucho má es el testimonio singular de un momento clave de la cultura underground, cuando, a mediados de los ochenta, surge una escena de grupos, locales y fervientes adoradores del rock en el castizo barrio madrileño de Malasaña y aledaños por donde pululan rockers, mods, punks y otras especies descastadas embebidas de rock y otras sustancias que vivieron y murieron en una época libérrima y loca que ya no volverá.
Desde el jergón son una suerte de memorias al hilo de sus principales canciones y cuentan, con un estilo directo, a veces crudo y otras lírico, la particular singladura de Los Enemigos y de su vocalista, y un buen número de anécdotas inolvidables de juventud y carretera, o en palabras del autor «una mirada subjetiva sobre el corazón de una banda que ha sido capaz de orear su testarudez durante cuatro décadas a lo largo y ancho de un país que no termina de deshacerse del adjetivo precario». Pero este libro es mucho má es el testimonio singular de un momento clave de la cultura underground, cuando, a mediados de los ochenta, surge una escena de grupos, locales y fervientes adoradores del rock en el castizo barrio madrileño de Malasaña y aledaños por donde pululan rockers, mods, punks y otras especies descastadas embebidas de rock y otras sustancias que vivieron y murieron en una época libérrima y loca que ya no volverá.
- GenresMusic
485 pages, Kindle Edition
Published February 25, 2026
Ratings & Reviews
Friends & Following
Create a free account to discover what your friends think of this book!
Community Reviews
Displaying 1 - 12 of 12 reviews
March 18, 2026
Como fan de Los Enemigos y de Josele en solitario probablemente no sea muy objetivo, pero honestamente me ha encantado el libro. El enfoque que le da narrando cronológicamente la historia de los discos, parándose en muchas de sus canciones a la vez que nos describe el contexto tanto histórico como personal desde finales de los 80, me ha resultado muy chulo de leer. Y a todo ello hay que sumarle el cómo se abre en canal a hablar sin tapujos de sus adicciones y problemas de salud mental.
Uno de los mejores artistas del estado español de las ultimas décadas, en mi humilde opinión injustamente infravalorado. Grande Josele!
Uno de los mejores artistas del estado español de las ultimas décadas, en mi humilde opinión injustamente infravalorado. Grande Josele!
May 3, 2026
Los Enemigos es una de mis bandas favoritas y obvio que quería leer esto en cuanto salió. Se agradece que, entre mucha batallita, Josele hable mucho del proceso de componer las canciones, que es lo más interesante. Y mola que se construya la autobiografía a través de las canciones. Los contras: entiendo que quiera agradecer cosas, pero va un poco en contra del libro. Y la última página... En fin. Casi tiro el libro por la ventana.
March 27, 2026
Sabía que Josele era un gran letrista, y sospechaba que podría haber un gran escritor detrás de esas letras, a veces oscuras, otras afiladas como una hoja de acero. Y este libro lo confirma. Me atrapa su prosa, su forma de contar historias, la mezcla del lenguaje coloquial con un lenguaje, a ratos, refinado y siempre muy, muy preciso y honesto. Me he emocionado siguiendo sus trayectoria vital, he sufrido con sus malos momentos y he disfrutado con los buenos. Tremendo acierto entrelazar los textos de las canciones con la propia trayectoria biográfica de Josele y de su proyecto de vida que son Los Enemigos. Porque como él mismo dice, defender tus canciones ante el público, apoyado por una banda de músicos profesionales está bien, pero girar con tu grupo de rocanrol es otra historia. Quiero Josele para rato, Enemigos para rato y, por supuesto, una segunda parte de esta preciosa historia.
April 22, 2026
Muy interesante para fans de Josele y los Enemigos, también del rock Español, se lee rapido.
Gran tio, el Josele
Gran tio, el Josele
August 14, 2026
Excel•lent. Fa les delicies d'un fan d'Enemigos com jo, i de qualsevol apasionat a la literatura de rock i memories (com jo). La manera d'escriure de Josele es genial i l'us de la ironia, tremendo. Molt racomanable.
July 28, 2026
Qué maravilla.
La mejor sinopsis está en el prefacio: "Una mirada subjetiva sobre el corazón de una banda que ha sido capaz de crear su testarudez durante cuatro décadas a lo largo y ancho de un país que no termina de deshacerse del adjetivo precario".
La mejor sinopsis está en el prefacio: "Una mirada subjetiva sobre el corazón de una banda que ha sido capaz de crear su testarudez durante cuatro décadas a lo largo y ancho de un país que no termina de deshacerse del adjetivo precario".
May 25, 2026
Un libro imprescindible para la parroquia Enemiga, pero también apto para cualquiera que quiera conocer cómo era el Malasaña de finales de los ochenta (el pre-indie noventero) o cómo es estar en una banda de rock and roll; también gustará a los que rasgan la guitarra tratando de encontrar una melodía o un riff que más adelante pueda convertirse en una canción. Yo estoy sin duda entre los primeros: Los Enemigos son uno de los grupos de mi vida; también en el segundo: como un adolescente tímido y asustadizo pululé por las calles de aquel Malasaña canalla, algunas veces cruzándome con el propio Josele o con Kike Trumix y otros personajes que aparecen en el libro; y, aunque no sepa distinguir el do del re, también puedo sentirme cerca del tercer grupo, aunque solo sea porque "añoro todo aquello que no tuve" que decía Albert Pla.
En conjunto es un buen libro que se lee fácil y bien. Sin embargo, quizás por la estructura elegida (que en algunos aspectos es un acierto), Josele ha escrito el libro como escribe las canciones: el lector (oyente) más que saber o conocer, intuye. Intuyes dónde ha vivido, cómo ha sido su infancia y adolescencia, cuántas veces ha estado enamorado, o en qué épocas ha estado enganchado a qué, pero nunca lo sabes a ciencia cierta. Llegas a saber que se desintoxicó de la heroína, pero apenas se inuye cómo y cuán duro fue. En otros aspectos, sin embargo, es claro: en el amor por su mujer, la periodista Núria Torreblanca, y lo mal que siempre se llevó con Manolo Benitez, segundo guitarrista de Los Enemigos (este ni siquiera aparece en la larga lista de agradecimientos al final): ahí es concreto. La literartura, además, a veces peca o tiene un toque infantiloide rockero que le hubiera venido bien a finales de los ochenta pero que ahora da un pelín de vergüenza ajena.
Pese a todo esto, merece mucho la pena leerlo detenidamente; y aprovechar el acontecimientos para volver a escuchar la discografía Enemiga entera, quizás entre las cinco mejores discografías de música popular de España.
En conjunto es un buen libro que se lee fácil y bien. Sin embargo, quizás por la estructura elegida (que en algunos aspectos es un acierto), Josele ha escrito el libro como escribe las canciones: el lector (oyente) más que saber o conocer, intuye. Intuyes dónde ha vivido, cómo ha sido su infancia y adolescencia, cuántas veces ha estado enamorado, o en qué épocas ha estado enganchado a qué, pero nunca lo sabes a ciencia cierta. Llegas a saber que se desintoxicó de la heroína, pero apenas se inuye cómo y cuán duro fue. En otros aspectos, sin embargo, es claro: en el amor por su mujer, la periodista Núria Torreblanca, y lo mal que siempre se llevó con Manolo Benitez, segundo guitarrista de Los Enemigos (este ni siquiera aparece en la larga lista de agradecimientos al final): ahí es concreto. La literartura, además, a veces peca o tiene un toque infantiloide rockero que le hubiera venido bien a finales de los ochenta pero que ahora da un pelín de vergüenza ajena.
Pese a todo esto, merece mucho la pena leerlo detenidamente; y aprovechar el acontecimientos para volver a escuchar la discografía Enemiga entera, quizás entre las cinco mejores discografías de música popular de España.
March 26, 2026
muy lindo relato y muy bien escrito.. honesto, sin artificios.. la prosa que no se negocia
March 26, 2026
La prosa que no se negocia
April 12, 2026
2,5*
M'agraden Los Enemigos i em cau bé el Josele Santiago però m'ha tirat una mica enrere el rotllo canallita malasañero, la veritat.
M'agraden Los Enemigos i em cau bé el Josele Santiago però m'ha tirat una mica enrere el rotllo canallita malasañero, la veritat.
March 16, 2026
Me fascinan las memorias de aquellos músicos que hablan de sus maestros. No tanto por lo que cuentan de ellos, sino por lo que, inevitablemente, terminan contando de sí mismos. Es un rodeo curioso, pues al hablar de quien les enseñó a escuchar o a tocar, acaban retratando con más nitidez su propio universo musical que si hubieran emprendido la empresa —siempre sospechosa— de una autobiografía al uso.
Hay ejemplos extraordinarios. Henry Cowell y su mujer escribiendo sobre Charles Ives en Charles Ives y su música, Thomas de Hartmann evocando sus años, no exclusivamente musicales, junto al gurú George Gurdjieff (Nuestra Vida Con El Señor Gurdjieff, terminado por su mujer, Olga Hartmann, tras la muerte de aquel) o Peter Gardland buscando desesperadamente a un Silvestre Revueltas muerto precozmente entre las páginas de sus cartas, su diario por España y sus partituras. En todos estos casos, el movimiento es análogo: la memoria se organiza en torno a una figura tutelar y, al hacerlo, el ego del autor queda parcialmente sellado. El relato se convierte entonces en otra cosa, en un mapa de aprendizaje, de gratitud, de descubrimiento. Paradójicamente, esos libros hablan más de quien los escribe que del maestro al que aparentemente rinden homenaje.
Las memorias en primera persona, aún teniendo mis estanterías repletas de éstas, suelen producirme cierta prevención, especialmente las que provienen del ámbito musical. Quizá porque la pulsión que empuja a muchos músicos a escribir sus recuerdos rara vez es inocente. Las motivaciones suelen repetirse, y añadir dinero, en realidad es la causa primigenia de la que cuelgan las demás, no hace sino volverlas más obvias.
La primera motivación o impulso no financiero es la construcción del personaje , la mitología personal, el asentamiento de la "estrella". Ahí está Charles Mingus en Menos que un perro, una obra delirante y fabuladora donde la fanfarronería alcanza cotas histriónicas, insondable e insoportable a partes iguales (lo cita Josele con admiración, por cierto). O, en un registro completamente distinto pero igual de implacable, las memorias de Igor Stravinsky (Crónicas de mi vida o Poética musical), escritas con esa mezcla de frialdad y autopropaganda que convierte cada página en un monumento al propio compositor. Subiendo la apuesta, también podríamos pensar en ciertas autobiografías del rock patrio donde el yo se infla hasta ocupar todo el encuadre, siendo la vida un largo escenario iluminado únicamente para uno mismo. Sí, me estoy refiriendo a Loquillo y su farragosa empresa de memorias por fascículos, emulando a su querido Fernando Sánchez Dragó (otro que tal).
Otra motivación clásica es el ajuste de cuentas. El libro como arma arrojadiza, memorias escritas para devolver golpes, ajustar versiones o repartir facturas atrasadas. Peter Hook dedicando páginas enteras de Substance a despellejar a Bernard Sumner o Kim Gordon, en al auge de su despecho tras la ruptura con Thruston Moore, en La chica de la banda son alguno de los casos más notorios. Josele, como veremos, tiene lo suyo con Manolo Benítez y, como era de esperar, con la movida madrileña y sus ecos de personaje colectivo siempre en la sombra (bien atizado, aunque le cambie el tono al referirse a Dinarama y Kike Sierra).
La tercera sería la limpieza de imagen. Neil Young lo ha intentado más de una vez, con resultados irregulares. En su caso, el problema es que el personaje que emerge entre líneas resulta más contradictorio de lo que el propio autor parece dispuesto a admitir. No en vano llegó a denunciar a su biógrafo, Jimmy McDonough, por esa maravilla que es Shakey: la biografía de Neil Young, cuando descubrió, horrorizado, que sus propias declaraciones lo retrataban como a un millonario caprichoso y ridículo.
Y luego está mi categoría favorita, la del garabato, el desvarío, la "mala" literatura en estado puro. Pero incluso ahí, o sobre todo ahí, hay placer, asombro y descubrimiento a manos llenas. Como si tuviera alas, las memorias de Chet Baker, es un ejemplo magnífico. Un libro desordenado, escrito a brochazos, lleno de lagunas, pero también de una intensidad vital que ninguna voz airada de la generación beat podría si quiera plasmar. Algo parecido ocurre con Memorias de un hippie de, otra vez, Neil Young, donde los saltos temporales y la dispersión narrativa acaban componiendo un artefacto extraño, a ratos sincero y autocrítico, pero fascinante al convivir toda sombra y todo rostro que alberga el canadiense. A veces en el caos es donde más se filtra la verdad, como ocurre también con Errollyn Wallen en Cómo llegué a ser compositora, que igualmente adolece de una estructura férrea y lineal, aunque lo que cuenta (mujer racializada en un academicismo agotado) y cómo lo cuenta (por impulsos y desgarros) es valiosísimo.
Frente a todos ellos existen algunas autobiografías que logran trascender los impulsos iniciales de la vendetta y el ego que esboza todo personaje. Además rompen esa dinámica de la escritura al vuelo, el brochazo con más hambre que cabeza, meditando y macerando las palabras del relato. No digo que sean mejores, no lo puedo aseverar ni creo que sea cierto, pero sí son textos donde el instinto del personaje construido aparece domado por la voluntad de contar bien una historia, ampliando conocimientos y técnicas para llevar a cabo un consistente y ecuánime escrito. Pienso en Satán es real de Charlie Louvin, un viaje extraordinario por por el circuito del country en sus descensos al infierno, aunque hay quien seguro piensa que tiene algo de ajuste de cuentas con su hermano (centro de dolor y conflicto de la historia); la vulnerabilidad transparente de Brian Wilson en I Am Brian Wilson, lleno de heridas pero también de un optimismo inquebrantable; o en Rebel Girl de Kathleen Hanna, donde se desmonta con lucidez el patriarcado salvaje disfrazado de escena alternativa que dominó buena parte del rock de los noventa. Incluso la autobiografía de Miles Davis —hoy probablemente escandalosa por su brutalidad y su violencia— sigue siendo un libro honesto, machista y con nula autocrítica, donde Davis, me temo, se muestra a la altura del personaje intratable que devoró al niño atribulado de familia de cuna . En todos ellos suele haber, además, una figura invisible: el guía o coautor que ayuda a convertir los recuerdos en literatura (Kathleen Hanna dedica el libro al suyo. Lo dicho, honestidad).
Y, ahora sí, a sabiendas de estas coordenadas, ¿dónde situaríamos Desde el jergón, de Josele Santiago, tras rematar sus últimas páginas y aplacar, en la medida de lo posible, el imperativo emocional que deja su relato?
Quizá lo más honesto sea admitir que contiene un poco de todo. Hay garabato, hay memoria como nebulosa, hay incluso algún crudo ajuste de cuentas. Pero, sobre todo, hay algo mucho más raro en unas memorias al uso: hay una enorme novela. En ese subsuelo que sostiene a las canciones, a la anécdota inverosímil, al cuento vivido desde el lado salvaje, se soterran literaturas de primer nivel: adictivas, honestas, sucias, desternillantes y salvajes. Una novela escrita en el recuerdo del mármol grasiento de los bares, de la biblioteca compañera o en los caminos de la hermandad del escenario.
Es, de alguna manera, el libro que Kiko Amat, Miqui Otero —extraordinario su prólogo a esta edición— o Esther García Llovet podrían haber escenificado —y de hecho han rozado en ocasiones—, pero difícilmente imaginado. No porque les falte talento, sino porque Desde el jergón sólo puede escribirse desde la experiencia directa, desde la vida vivida hasta el desgaste. Y eso se nota. La fuerza de cada capítulo te lleva al siguiente desde la entraña viva. Y aquí sí: asoman las lecturas que lo preceden y lo extraordinariamente bien depurado que está cada párrafo (lo borrado es tan importante como lo escrito). Lo que me lleva a preguntarme si alguien que no conozca a Los Enemigos ni sepa nada en particular de Josele podría disfrutar del libro como novela, o si está tan dirigido a sus fans, ciegos todos nosotros, que no podemos distanciarnos lo suficiente para verlo.
En cualquier caso, estas memorias funcionan como una bofetada a la nostalgia del tiempo remoto, incluida, aunque a alguno le pese, la de sus acérrimos. Aquí no hay glamour ni voluntad de embellecer el pasado. Tampoco una limpieza de imagen. Si algo caracteriza el relato de Josele es, precisamente, una especie de desinterés por justificarse. Por eso sorprende tanto que, todavía hoy, y a pesar de la transparencia del libro, los titulares revoloteen una y otra vez el mismo lugar: su adicción a la heroína. Josele nunca se esconde y lo ha contado mil veces en ámbitos y escenarios con aforo de toda índole. Pero hay una inercia en esa relectura que, sin dejar de ser una parte importante del libro (la adicción como embestida, más que la adicción a una sustancia en particular) se inclina hacia la reevaluación de la sombra del estigma —el "yonki de mierda" y el peso punitivo de lo social— que lo alcanza y emborrona todo. Pero en las bienaventuranzas de Josele ese episodio ocupa, en realidad, un lugar más reducido, otro detonante de conflicto medido y emplazado en el acto preciso, como para acaparar, otra vez, el 90% de los titulares y preguntas maniqueas del periodismo patrio.
Películas como Romería de Carla Simón o el documental de Elena Molina y Isaki Lacuesta, Flores para Antonio, empiezan a poner los puntos sobre las íes y a modificar ligeramente la percepción de la leyenda del drogadicto y sus cuitas, casi ad hoc, pero no creo que sea el caso de Desde el jergón, aunque pueda contribuir con su granito de arena. Uno se pregunta si de verdad las vivencias con Artemio —que podrían dar para un puto libro entero solo con sus batallas— o aquellos años explosivos y efímeros de la Malasaña que surge de las cenizas de esa movida de los cojones, la idolatría de los bares convertidos en santuario, las carreteras secundarias y todo lo demás… ¿no merecen estar por encima del titular cómodo de, oh sorpresa, “Josele y los opiaceos quitapenas”, repetido mil y una veces? Porque, además, ya lo sabíamos todos.
He desvelado ya mis dos vértices favoritos del libro: Artemio y Malasaña —de hecho, como título para un libro ya sería perfecto—. Aunque algunas anécdotas ya las conocíamos, como la actuación con la bandurria en la tele o cuando le pidieron la sintonía de David el Gnomo, las andanzas de estos dos Sanchos son carne de novela, y se ven a kilómetros. Alguien se inspirará en ellos si ninguno de los dos se da prisa en ponerse a contarlo todo… y bueno, de callarse cosas también tienen estas memorias, como las desventuras con poetas malditos.
El único momento donde el tono se vuelve agrio es el dedicado a Manolo Benítez, uno de los miembros fundamentales del sonido de Los Enemigos, pese a quien le pese (incluido a un resentido Josele). El ajuste de cuentas existe, aunque llega con una torpeza que desentona ligeramente en el conjunto del libro. No tanto por lo que se dice como por el momento y la forma en que aparece: un balonazo tras otro que rompe momentáneamente la fluidez del relato al inocularlo de veneno.
En definitiva, todo este truño que estoy escribiendo, garabato y desvarío como una mala memoria, para decir que leí el libro en dos noches en vela, a cucharás, como diría el propio Josele en una de sus canciones. Salí de sus páginas arrebatado y, en el proceso, me reencontré conmigo mismo. Más allá de que compartieramos barrio y segunda residencia, la nocturna, con veinte años de diferencia o porque pasé por el mismo colegio —los malditos salesianos, donde mis discos de Los Enemigos circulaban como material subversivo entre esos mismos pupitres que él frecuentó—, el libro captura miaradas a un cierto Madrid que rara vez se ha descrito con tanta solvencia y nitidez que, en éste sí, muchos renegados hacemos pie. Un Madrid que, por otra parte y quizás de ahí lo vivaz de mi conexión con Josele, se ahoga en nuestra contemporaneidad irremediablemente. El Madrid de los maestros, del tributo a los bares, a las salas cada dos calles, a la música a pie de calle, etc.
Y quizá ahí esté la clave que me devuelve al principio. Porque Desde el jergón, más que una autobiografía al uso, termina funcionando como aquellas memorias que más me gustan, las que hablan de los maestros. Los maestros de Josele pueden ser músicos pero generalmente no lo son, ni siquiera se muestran como figuras solemnes; a veces son amigos, camareros, compañeros de carretera, fantasmas de Malasaña o cómplices de barra a los que escuchar y de los que aprender, en última instancia, a escribir canciones. Como en los libros de Cowell, Gardland o de Hartmann, el homenaje acaba revelando las profundidades del narrador, maestro entre maestros, pues si hasta Johnny Cifuentes piensa en Josele como un maestro, qué pensaremos los de aquí abajo.
Hay ejemplos extraordinarios. Henry Cowell y su mujer escribiendo sobre Charles Ives en Charles Ives y su música, Thomas de Hartmann evocando sus años, no exclusivamente musicales, junto al gurú George Gurdjieff (Nuestra Vida Con El Señor Gurdjieff, terminado por su mujer, Olga Hartmann, tras la muerte de aquel) o Peter Gardland buscando desesperadamente a un Silvestre Revueltas muerto precozmente entre las páginas de sus cartas, su diario por España y sus partituras. En todos estos casos, el movimiento es análogo: la memoria se organiza en torno a una figura tutelar y, al hacerlo, el ego del autor queda parcialmente sellado. El relato se convierte entonces en otra cosa, en un mapa de aprendizaje, de gratitud, de descubrimiento. Paradójicamente, esos libros hablan más de quien los escribe que del maestro al que aparentemente rinden homenaje.
Las memorias en primera persona, aún teniendo mis estanterías repletas de éstas, suelen producirme cierta prevención, especialmente las que provienen del ámbito musical. Quizá porque la pulsión que empuja a muchos músicos a escribir sus recuerdos rara vez es inocente. Las motivaciones suelen repetirse, y añadir dinero, en realidad es la causa primigenia de la que cuelgan las demás, no hace sino volverlas más obvias.
La primera motivación o impulso no financiero es la construcción del personaje , la mitología personal, el asentamiento de la "estrella". Ahí está Charles Mingus en Menos que un perro, una obra delirante y fabuladora donde la fanfarronería alcanza cotas histriónicas, insondable e insoportable a partes iguales (lo cita Josele con admiración, por cierto). O, en un registro completamente distinto pero igual de implacable, las memorias de Igor Stravinsky (Crónicas de mi vida o Poética musical), escritas con esa mezcla de frialdad y autopropaganda que convierte cada página en un monumento al propio compositor. Subiendo la apuesta, también podríamos pensar en ciertas autobiografías del rock patrio donde el yo se infla hasta ocupar todo el encuadre, siendo la vida un largo escenario iluminado únicamente para uno mismo. Sí, me estoy refiriendo a Loquillo y su farragosa empresa de memorias por fascículos, emulando a su querido Fernando Sánchez Dragó (otro que tal).
Otra motivación clásica es el ajuste de cuentas. El libro como arma arrojadiza, memorias escritas para devolver golpes, ajustar versiones o repartir facturas atrasadas. Peter Hook dedicando páginas enteras de Substance a despellejar a Bernard Sumner o Kim Gordon, en al auge de su despecho tras la ruptura con Thruston Moore, en La chica de la banda son alguno de los casos más notorios. Josele, como veremos, tiene lo suyo con Manolo Benítez y, como era de esperar, con la movida madrileña y sus ecos de personaje colectivo siempre en la sombra (bien atizado, aunque le cambie el tono al referirse a Dinarama y Kike Sierra).
La tercera sería la limpieza de imagen. Neil Young lo ha intentado más de una vez, con resultados irregulares. En su caso, el problema es que el personaje que emerge entre líneas resulta más contradictorio de lo que el propio autor parece dispuesto a admitir. No en vano llegó a denunciar a su biógrafo, Jimmy McDonough, por esa maravilla que es Shakey: la biografía de Neil Young, cuando descubrió, horrorizado, que sus propias declaraciones lo retrataban como a un millonario caprichoso y ridículo.
Y luego está mi categoría favorita, la del garabato, el desvarío, la "mala" literatura en estado puro. Pero incluso ahí, o sobre todo ahí, hay placer, asombro y descubrimiento a manos llenas. Como si tuviera alas, las memorias de Chet Baker, es un ejemplo magnífico. Un libro desordenado, escrito a brochazos, lleno de lagunas, pero también de una intensidad vital que ninguna voz airada de la generación beat podría si quiera plasmar. Algo parecido ocurre con Memorias de un hippie de, otra vez, Neil Young, donde los saltos temporales y la dispersión narrativa acaban componiendo un artefacto extraño, a ratos sincero y autocrítico, pero fascinante al convivir toda sombra y todo rostro que alberga el canadiense. A veces en el caos es donde más se filtra la verdad, como ocurre también con Errollyn Wallen en Cómo llegué a ser compositora, que igualmente adolece de una estructura férrea y lineal, aunque lo que cuenta (mujer racializada en un academicismo agotado) y cómo lo cuenta (por impulsos y desgarros) es valiosísimo.
Frente a todos ellos existen algunas autobiografías que logran trascender los impulsos iniciales de la vendetta y el ego que esboza todo personaje. Además rompen esa dinámica de la escritura al vuelo, el brochazo con más hambre que cabeza, meditando y macerando las palabras del relato. No digo que sean mejores, no lo puedo aseverar ni creo que sea cierto, pero sí son textos donde el instinto del personaje construido aparece domado por la voluntad de contar bien una historia, ampliando conocimientos y técnicas para llevar a cabo un consistente y ecuánime escrito. Pienso en Satán es real de Charlie Louvin, un viaje extraordinario por por el circuito del country en sus descensos al infierno, aunque hay quien seguro piensa que tiene algo de ajuste de cuentas con su hermano (centro de dolor y conflicto de la historia); la vulnerabilidad transparente de Brian Wilson en I Am Brian Wilson, lleno de heridas pero también de un optimismo inquebrantable; o en Rebel Girl de Kathleen Hanna, donde se desmonta con lucidez el patriarcado salvaje disfrazado de escena alternativa que dominó buena parte del rock de los noventa. Incluso la autobiografía de Miles Davis —hoy probablemente escandalosa por su brutalidad y su violencia— sigue siendo un libro honesto, machista y con nula autocrítica, donde Davis, me temo, se muestra a la altura del personaje intratable que devoró al niño atribulado de familia de cuna . En todos ellos suele haber, además, una figura invisible: el guía o coautor que ayuda a convertir los recuerdos en literatura (Kathleen Hanna dedica el libro al suyo. Lo dicho, honestidad).
Y, ahora sí, a sabiendas de estas coordenadas, ¿dónde situaríamos Desde el jergón, de Josele Santiago, tras rematar sus últimas páginas y aplacar, en la medida de lo posible, el imperativo emocional que deja su relato?
Quizá lo más honesto sea admitir que contiene un poco de todo. Hay garabato, hay memoria como nebulosa, hay incluso algún crudo ajuste de cuentas. Pero, sobre todo, hay algo mucho más raro en unas memorias al uso: hay una enorme novela. En ese subsuelo que sostiene a las canciones, a la anécdota inverosímil, al cuento vivido desde el lado salvaje, se soterran literaturas de primer nivel: adictivas, honestas, sucias, desternillantes y salvajes. Una novela escrita en el recuerdo del mármol grasiento de los bares, de la biblioteca compañera o en los caminos de la hermandad del escenario.
Es, de alguna manera, el libro que Kiko Amat, Miqui Otero —extraordinario su prólogo a esta edición— o Esther García Llovet podrían haber escenificado —y de hecho han rozado en ocasiones—, pero difícilmente imaginado. No porque les falte talento, sino porque Desde el jergón sólo puede escribirse desde la experiencia directa, desde la vida vivida hasta el desgaste. Y eso se nota. La fuerza de cada capítulo te lleva al siguiente desde la entraña viva. Y aquí sí: asoman las lecturas que lo preceden y lo extraordinariamente bien depurado que está cada párrafo (lo borrado es tan importante como lo escrito). Lo que me lleva a preguntarme si alguien que no conozca a Los Enemigos ni sepa nada en particular de Josele podría disfrutar del libro como novela, o si está tan dirigido a sus fans, ciegos todos nosotros, que no podemos distanciarnos lo suficiente para verlo.
En cualquier caso, estas memorias funcionan como una bofetada a la nostalgia del tiempo remoto, incluida, aunque a alguno le pese, la de sus acérrimos. Aquí no hay glamour ni voluntad de embellecer el pasado. Tampoco una limpieza de imagen. Si algo caracteriza el relato de Josele es, precisamente, una especie de desinterés por justificarse. Por eso sorprende tanto que, todavía hoy, y a pesar de la transparencia del libro, los titulares revoloteen una y otra vez el mismo lugar: su adicción a la heroína. Josele nunca se esconde y lo ha contado mil veces en ámbitos y escenarios con aforo de toda índole. Pero hay una inercia en esa relectura que, sin dejar de ser una parte importante del libro (la adicción como embestida, más que la adicción a una sustancia en particular) se inclina hacia la reevaluación de la sombra del estigma —el "yonki de mierda" y el peso punitivo de lo social— que lo alcanza y emborrona todo. Pero en las bienaventuranzas de Josele ese episodio ocupa, en realidad, un lugar más reducido, otro detonante de conflicto medido y emplazado en el acto preciso, como para acaparar, otra vez, el 90% de los titulares y preguntas maniqueas del periodismo patrio.
Películas como Romería de Carla Simón o el documental de Elena Molina y Isaki Lacuesta, Flores para Antonio, empiezan a poner los puntos sobre las íes y a modificar ligeramente la percepción de la leyenda del drogadicto y sus cuitas, casi ad hoc, pero no creo que sea el caso de Desde el jergón, aunque pueda contribuir con su granito de arena. Uno se pregunta si de verdad las vivencias con Artemio —que podrían dar para un puto libro entero solo con sus batallas— o aquellos años explosivos y efímeros de la Malasaña que surge de las cenizas de esa movida de los cojones, la idolatría de los bares convertidos en santuario, las carreteras secundarias y todo lo demás… ¿no merecen estar por encima del titular cómodo de, oh sorpresa, “Josele y los opiaceos quitapenas”, repetido mil y una veces? Porque, además, ya lo sabíamos todos.
He desvelado ya mis dos vértices favoritos del libro: Artemio y Malasaña —de hecho, como título para un libro ya sería perfecto—. Aunque algunas anécdotas ya las conocíamos, como la actuación con la bandurria en la tele o cuando le pidieron la sintonía de David el Gnomo, las andanzas de estos dos Sanchos son carne de novela, y se ven a kilómetros. Alguien se inspirará en ellos si ninguno de los dos se da prisa en ponerse a contarlo todo… y bueno, de callarse cosas también tienen estas memorias, como las desventuras con poetas malditos.
El único momento donde el tono se vuelve agrio es el dedicado a Manolo Benítez, uno de los miembros fundamentales del sonido de Los Enemigos, pese a quien le pese (incluido a un resentido Josele). El ajuste de cuentas existe, aunque llega con una torpeza que desentona ligeramente en el conjunto del libro. No tanto por lo que se dice como por el momento y la forma en que aparece: un balonazo tras otro que rompe momentáneamente la fluidez del relato al inocularlo de veneno.
En definitiva, todo este truño que estoy escribiendo, garabato y desvarío como una mala memoria, para decir que leí el libro en dos noches en vela, a cucharás, como diría el propio Josele en una de sus canciones. Salí de sus páginas arrebatado y, en el proceso, me reencontré conmigo mismo. Más allá de que compartieramos barrio y segunda residencia, la nocturna, con veinte años de diferencia o porque pasé por el mismo colegio —los malditos salesianos, donde mis discos de Los Enemigos circulaban como material subversivo entre esos mismos pupitres que él frecuentó—, el libro captura miaradas a un cierto Madrid que rara vez se ha descrito con tanta solvencia y nitidez que, en éste sí, muchos renegados hacemos pie. Un Madrid que, por otra parte y quizás de ahí lo vivaz de mi conexión con Josele, se ahoga en nuestra contemporaneidad irremediablemente. El Madrid de los maestros, del tributo a los bares, a las salas cada dos calles, a la música a pie de calle, etc.
Y quizá ahí esté la clave que me devuelve al principio. Porque Desde el jergón, más que una autobiografía al uso, termina funcionando como aquellas memorias que más me gustan, las que hablan de los maestros. Los maestros de Josele pueden ser músicos pero generalmente no lo son, ni siquiera se muestran como figuras solemnes; a veces son amigos, camareros, compañeros de carretera, fantasmas de Malasaña o cómplices de barra a los que escuchar y de los que aprender, en última instancia, a escribir canciones. Como en los libros de Cowell, Gardland o de Hartmann, el homenaje acaba revelando las profundidades del narrador, maestro entre maestros, pues si hasta Johnny Cifuentes piensa en Josele como un maestro, qué pensaremos los de aquí abajo.
August 23, 2026
Si el tiempo, las circunstancias y el talento lo hubiesen permitido, me habría gustado tocar en dos bandas. Una es Black Sabbath y la otra es Los Enemigos. Decir que le tenía ganas es quedarse corto. No decepciona. Escrito de la manera socarrona, directa y sin filtro como las canciones de Josele Santiago, es un libro duro en su contenido ( no se calla nada y ajusta cuentas y de qué manera con no varias personas) a través de un periplo vital tan excitante, visceral y sensacional como turbio e incómodo. Me sobran un par de cosas, pero fuera de eso, más que disfrutable
Displaying 1 - 12 of 12 reviews












