Una historia de memoria, deseo, duelo y revelación que captura, como pocas, la adolescencia cuando empieza a dejar de serlo.
En el Madrid de 1995, Angie Llovet se enfrenta al verano que marcará para siempre su paso a la vida adulta. A su alrededor se alza Torres Blancas, un laberinto arquitectónico y sentimental, tan icónico como inquietante, donde las vidas de sus vecinos se cruzan, se observan y se juzgan en silencio.
Desde ese laberinto de hormigón, memoria y deseo, Angie intenta entender quién es mientras la familia, la amistad y la idea misma de futuro se resquebrajan. Narrada por una voz coral tan irónica como conmovedora, la novela retrata el vértigo de madurar cuando todo —el cuerpo, el hogar, la ciudad— deja de ser un lugar seguro.
Angie de las Torres Blancas es una novela sobre crecer entre ruinas íntimas, sobre lo que heredamos sin saberlo y sobre la belleza frágil de seguir adelante cuando la vida deja de ser inocente.
Elegí Angie de las Torres Blancas entre todas las novedades editoriales por un motivo muy personal. De niña vivía al otro lado de la Avenida de América, en Madrid, y cada vez que pasaba por allí con mi madre me quedaba embelesada contemplando ese edificio icónico que parece vigilar la A 2 con sus imponentes terrazas en forma de semicírculo. En mi inocencia infantil le preguntaba por qué se llamaban “blancas” si en realidad eran grises, y si algún día podríamos vivir allí.
Lo que mi imaginación no alcanzaba a concebir entonces es que en ese edificio existían pisos de más de 300 metros cuadrados, que en la azotea había una piscina y que, pese a estar ubicado en un barrio de clase media, entre sus muros convivieron familias acomodadas y figuras destacadas del mundo artístico.
El autor, periodista de profesión, realiza en esta su primera su primera obra literaria una novela que se mueve entre la realidad y la ficción.
En el libro aparecen personajes que habitaron realmente las Torres Blancas, como la actriz Marisa Paredes, junto a otros completamente ficcionados. Confieso que durante la lectura no siempre he sabido distinguir qué historias pertenecían a personas reales, cuáles estaban inspiradas en ellas con nombres cambiados y cuáles nacían exclusivamente de la imaginación del autor. Pero quizá ahí reside parte de su encanto: en ese territorio difuso donde memoria, rumor y ficción se entrelazan. El eje de la novela es Angie Llovet, una adolescente que afronta su último año de colegio, la Selectividad y, con ella, el final abrupto de una etapa vital. Ese momento tan concreto en el que el cuerpo y la mente aún no se han instalado del todo en la incipiente adultez. A través de Angie asistimos a una búsqueda de identidad marcada por heridas silenciosas y por la sensación de no terminar de encajar en ningún lugar.
Luis utiliza magistralmente el edificio —con sus pasillos serpenteantes, a veces oscuros, a veces inundados de luz— como metáfora de la vida de su protagonista (o así lo he interpretado yo). Al mismo tiempo, va trazando la decadencia progresiva de las Torres Blancas en paralelo a la de algunos de sus habitantes, como si la arquitectura también envejeciera, se resquebrajara y cargara con su propio peso emocional.
Uno de los aspectos que más me ha gustado es, sin duda, el narrador. Un narrador omnisciente muy particular, construido a partir de las voces de los propios habitantes del edificio. Aunque la figura del narrador omnisciente no es nueva, nunca había leído una novela narrada en primera persona del plural de esta manera. El libro comienza con esa voz coral y consigue atrapar al lector desde las primeras páginas, aportando una personalidad muy marcada al relato.
Si tengo que señalar una carencia, diría que me ha faltado algo: quizá más ritmo, quizá algún giro narrativo o tal vez una mayor profundización psicológica. Aunque Angie es la protagonista, siento que no se ahonda lo suficiente en su mundo interior, en esa niña herida que busca su lugar en el mundo y a la que me hubiera gustado comprender un poco más.
Aun así, Angie de las Torres Blancas es una lectura entretenida, original y cargada de atmósfera. Una novela que me ha permitido conocer los entresijos de un edificio mítico y, sobre todo, regresar por un instante a aquellas calles de mi infancia que creía olvidadas.