Una obra que lleva la depuración a su punto más alto y confirma a su autor como una de las voces más interesantes de las letras argentinas.
«Ya nos hemos despedido, y sin embargo todavía no nos vamos; ya nos hemos despedido y separado, y sin embargo está ese tiempo que se estanca y dura, y que pertenece a la despedida también.»
Un viaje de ida. Una semana en un pueblo argentino. Un viaje de vuelta. Nada más. La separación no requiere de grandes acontecimientos para indagar en lo más profundo de las relaciones, de la intimidad y de la vida interior de sus personajes.
Fernando se despide de su pareja. Parece que su relación pasa por un momento de incertidumbre. Parte de la estación de Retiro, en Buenos Aires, con destino a La Paz, una pequeña localidad de la provincia de Córdoba. Allí vive su hermano, a quien va a visitar con motivo de la reciente y devastadora separación sentimental de este. Durante el viaje en autobús se suceden las paradas, alguna que otra conversación, la lluvia, el silencio.
Ya en La Paz los hermanos se encuentran, charlan, intentan explicarse qué ha sucedido. Fernando contacta con la expareja de su hermano y se abre entonces la posibilidad de una reconciliación. Después, llega la hora de otro autobús, otros pasajeros, varios incidentes —un incendio, un control policial, una mujer atrapada en el baño— y la esperanza de que, al llegar a la estación de destino, haya alguien allí para recibirle.
Con un original juego de voces, esta novela pone el foco en los detalles aparentemente insignificantes que nos rodean. Kohan observa, describe, nunca exagera. Sabe que es en los matices, en los espacios vacíos, donde realmente se esconde todo, y aquí nos regala una brillante muestra de una literatura que logra decirnos mucho con muy poco.
En La separación, Kohan lleva un paso más allá su escritura depurada y precisa, y vuelve a demostrar por qué es uno de los narradores más sólidos y personales de la literatura argentina contemporánea.
Martín Kohan es un escritor argentino y profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia.
Sus obras se publican en editoriales como Einaudi (Italia), Serpent’s Tail (Reino Unido), Seuil (Francia) y Suhrkamp (Alemania). Ciencias morales (2007) es su novela más popular y ha sido llevada al cine con el nombre "La mirada invisible", bajo la dirección de Diego Lerman. En la película Kohan interpreta el breve papel de empleado de una tienda de discos. También con Ciencias morales ha ganado el Premio Herralde de Novela 2007.
En 2014 recibió el Premio Konex - Diploma al Mérito como uno de los 5 mejores novelistas del período 2008-2010 de la Argentina.
Sólo Martín Kohan puede convertir un viaje en chevalier en una obra de introspección tan atrapante y cautivadora. Es tan complejo y mundano al mismo tiempo, me recordó un poco a La Tregua y otro poco al Bahía Blanca de MK porque todo el tiempo parece que no pasa nada pero pasa de todo. Uno de los pocos escritores tipos que se pueden seguir leyendo con respeto y alegría.
Bienvenidos al micro (bus) de Kohan. El viaje arranca en Buenos Aires hacia el sur en busca del hermano que no atraviesa un buen momento.
Tres partes, tres estilos, tres historias.
La primera puro goce del simple hecho de ir en viaje, con la maestría de la narración:
"De la nada surgieron luces y de esas luces surgieron casas: casas solas, casas dispersas. Nada tenían de especial y esa falta de ambición les concedía algo así como un sosiego".
Va en primera persona, en presente, avanzamos en el viaje a medida que discurren poblaciones en bus.
Segunda parte, ya con el hermano y su entorno en el pueblo:
"-Acá llegan dos clases de gente: los que vienen por unos días para tratar de olvidarse un poco de los problemas y las rutinas. Y los que vienen a quedarse, porque decidieron cambiar de vida.
(...) -¿Pero acaso, alcanza con cambiar de lugar para cambiar de vida?
-Pero claro que sí, hombre"
La narraciónva en segunda persona, en futuro, no se pierde un ápice con ese estilo más atrevido. Al revés la historia que nos quiere mostrar como central, avanza.
Tercera parte: parte más filosófica y personal, vamos atando cabos:
"Claro que sabe (sabe porque se lo han dicho, sabe porque ha leído, sabe porque no podría dejar de saber) que en el mundo hay zonas oscuras, no tan fáciles de desentrañar, y que las hay en cada cual, que las hay en cada uno. Lo sabe, sí, pero lo desestima".
Tercera persona, en pasado, narrador omnimodo. Fernando, el protagonista se manifiesta pleno, se manifiestan sus pensientos.
En el avance de la historia se descubre la evolución del protagonista, su falta de egoísmo y aparenye generosidad. Vamos descubriendo lo que nos quiere transmitir Kohan.
No le doy más puntuación por dos elementos finales, como son el exceso y concatenación de circunstancias en el último tercio (aún a pesar de buscar decirnos que todo puede cambiar en unas horas o en unos minutos), y ese final un tanto alegórico, o soñado, abierto en cualquier caso, que no sé cómo calificar, pero que no me acaba de convencer.
Me gusta Kohan, pero siento que estoy leyendo al autor más que a un narrador. Quizás influye que ya leí varios de sus libros y también lo escuché mucho en entrevistas. Su voz se me vuelve muy reconocible, casi imposible de separar del texto. Incluso cuando la novela introduce un diario que, en teoría, propone una voz distinta a la de Fernando, esa diferencia no termina de sostenerse. Es el mismo registro.
Algo similar me sucede con otros personajes. La voz de Rosario, por ejemplo, tampoco se despega del todo, vuelve a aparecer esa misma cadencia.
Al mismo tiempo, es una prosa que invita a quedarse. Hay algo en el ritmo, en la forma de narrar, que hace que uno avance casi sin darse cuenta, incluso cuando en términos de hechos no ocurre demasiado. La lectura se sostiene más en ese despliegue de la escritura que en la acción.
Por momentos disfrute de la manera de escribir pero no me terminó de convencer el libro. La descripción del viaje hasta casi molesta. Demasiada pomposidad a un viaje de flechabus. Como si estuviese cruzando el atlántico en una travesía del SXIX. La tercera parte me pareció muy forzada. El final no me convenció. No me lo creí
Está bien, es el estilo de Kohan, rodear una frase, repetir un verbo, machacar con sinónimos, avanzar y luego retroceder, buscar la precisión y el ritmo, blablabla, pero ponele un poco de gasolina a ese motor narrativo que traca traca y na que ná. La primera parte está narrada en primera persona: Fernando.Todo es un gran meh. En la segunda parte, que está narrada en segunda persona, por lo menos está la angustia amorosa que siempre da pie a cierta acción. Acaban de terminar al hermano del protagonista, por lo tanto, habrá harto diálogo y Kohan sabe usar bien ese recurso. Eso sí, hay un momento en el que el narrador se pasa a la tercera persona, se olvida de la segunda, porque claramente Kohan se siente más cómodo hablando desde ese lugar. Me recordó al llorón oceánico Vuong que escribe una supuesta novela carta a su mamá y por decenas de páginas se olvida de que está escribiendo una y luego dice como si nada: "ejem, como te estaba diciendo en esta carta". Y en la tercera, como mi experiencia kohaniana de alguna forma había anticipado, se pasa a la tercera persona, en la cual puede desplegar sus dotes narrativos. Pero creo que llega tarde. Ya nada nos importa. Ni el incendio que acontece (está lejos, no afecta), ni que una mujer quede encerrada en el baño del bus (no hay ningún acto desesperado), ni etc,. etc,. etc., porque es una novela que nació muerta, es decir, sin tensión. Chao.
Estuve a punto de ponerle cuatro estrellas porque me había quedado con ganas de saber más sobre algo que se menciona en la primera parte de la novela. Pero hacia el final se insinúa un poco más de eso que estuve esperando y, no sé bien por qué, me hizo muy feliz. Así que sí: ahí tenés mis cinco estrellas.
MARTÍN, NO SÉ SI VAS A LEER ESTO PORQUE SÉ QUE NO SOS MUY DE LAS REDES SOCIALES, SMARTPHONES, O LO QUE SEA... PERO QUIERO DECIRTE QUE ME ENCANTA CÓMO ESCRIBÍS, Y QUE SOS UN GENIOO0OOOOo
Kohan siempre me atrapa desde el primer párrafo. Cómo es que logra convertir las cosas más sencillas en una prosa tan linda yo la verdad no lo sé. Tkm, Martín.
pensé bastante qué decir de este libro que me gustó tanto, porque todo me dejó la sensación de que no lo expresé tal como lo sentí.
relata lo cotidiano (y también lo extraordinario) de una manera preciosa: las palabras que usa y cómo hilvana las frases se sienten en lo profundo, y sin embargo no deja de ser algo cercano. el libro es un viaje, en su sentido literal. está dividido en tres partes, narradas en tres personas diferentes. el protagonista habla del otro pero habla de él, se pregunta, escucha, ensaya respuestas. hay reflexiones, sin la ambición de que lo sean, sobre ciertas cosas del vivir la vida. no busca el golpe bajo, pero sin esfuerzo logra llegar al corazón.
La escritura de Kohan me encanta. Más aún cuando explora un viaje a las queridas sierras cordobesas, pasa por Villa de Las Rosas, mi lugar favorito. Sensible, cercano, cotidiano y no por eso menos abrumador, rupturista de los lugares comunes, de cualquier estabilidad o rutina. Siempre pasa algo, se desee o no.
Primera vez leyendo a Kohan, tengo que decir que me encantó. Tengo todo el libro marcado y siento que abre muchísimos temas de debate de los que podría estar conversando horas con un amigo. Por momentos me pareció que alargaba mucho cosas sin sentido para la historia (como dedicarle varias páginas a relatar lo que estaba pasando en una película en la tele). Me hizo acordar MUCHO a Los llanos de Federico Falco y también quizás a Saer en esto de irse de mambo con los detalles. Resto una estrellita porque el final es totalmente ABIERTO quedaron muchas cosas inconclusas no me gusta que me jodan a mi !!! Me encantó Kohan, voy por más.
Supongo que el típico libro que te hace obsesionarte con que te tienes que comprar un billete solo de ida a Buenos Aires. Es la cosa más sencilla del mundo, quizás no es para todo el mundo, pero me ha fascinado completamente la forma de observar y narrar de este hombre, de todo lo que dice y no dice (pero en verdad sí que dice en su no decir). Analiza los espacios, los silencios, las paradas… Me ha estrujado el corazón como un estropajo y ha merecido la pena.
Mis frases apuntadas al final son medio libro 🤓
- … pero tan lejos en realidad como pueden llegar a estar uno que se queda y otro que se va. - Ya nos hemos despedido, y sin embargo todavía no nos vamos; ya nos hemos despedido y separado, y sin embargo está ese tiempo que se estanca y dura, y que pertenece a la despedida también. - Al campo lo percibimos, e incluso, llegado el caso, lo apreciamos, ante todo por lo que le falta (lo que tiene: el mucho cielo, el mucho espacio, el aire bueno, la infinitud, todo esto está hecho con lo que le falta). - Va a estar sufriendo y, como suele suceder con los que sufren, no va a poder hablar más que de sí mismo. - … para tu hermano, todo esto que ocurrió no ocurrió, está apenas ocurriendo; o en verdad está a punto de ocurrir, con carácter de amenaza, en un punto paralizante de puro miedo, de un miedo que se mezcla turbiamente con la desazón, la de saber que eso a punto de ocurrir ya ocurrió, que si lo siente sujeto a confirmación es por un prurito de esperanza y nada más, que ya ocurrió y es un hecho consumado, tan evidente como la mañana y su luz, como la yerba y el agua caliente y la pava, como los perros que ahí están, como las sierras. - … estar solo es ni más ni menos que esto. Respirar la inmensidad y que no haya nadie cerca. Que nadie sepa de uno, no ser otro para alguien. - La culpa es un factor imprescindible para afrontar las cosas que no parecen tener solución. - La pena se le ha impregnado tanto que carga con ella no menos que consigo mismo. - El verdadero amor imposible no es el que jamás podría ser, en el futuro, sino el amor que ya fue y que se agotó, en el pasado. El verdadero amor imposible es el desamor. - Un espacio: tu silencio. - Que pasen cosas fatiga, fatiga aunque sean deseadas, y tanto más si no lo son. Si hay sucesos hay tensión, agitación, expectativa. Un vaivén de ilusión o desilusión, el desgaste de entrar y salir de los hechos, el cansancio de atravesarlos. - El afán de que se establezca siempre una relación indubitable entre palabras y sentidos, entre eso que se quiere decir y eso que se dice, entre eso que se dice y eso que se entiende. - Claro que sabe (sabe porque se lo han dicho, sabe porque lo ha leído, sabe porque no podría dejar de saber) que en el mundo hay zonas oscuras, no tan fáciles de desentrañar, y que las hay en cada cual, que las hay en cada uno.
"La Separación" habla, como no podía ser de otra manera, de separaciones literales pero también conceptuales.
Fernando que se separa de su hogar circunstancialmente para ir a visitar a su hermano, una separación con fecha de inicio y fin impresa en los pasajes de colectivo. Juan Pablo, el hermano visitado, que se acaba de separar de su pareja; una separación que no se sabe bien cuando comenzó (porque definitivamente no comenzó con ese "ya no te quiero más") y de la cual tampoco sabremos su desenlace. Finalmente una separación del lector, que cambia de perspectiva a lo largo del libro y se va sentando en diferentes lugares.
Y es este último punto el más notable, la forma en que Kohan cambia los ángulos y las sillas para acomodarnos de diferentes formas.
Una primera parte, el viaje de ida, donde acompañamos a Fernando como si fuésemos su valija, mirando a Fernando y todo lo que lo rodea como espectadores. La segunda parte, la estadía junto a su hermano, desborda destreza, ya que nos pone en la piel de Fernando de forma literal, pero el relato proviene siempre desde el futuro. A veces inmediato, a veces unos pasos más adelante, pero siempre desde el futuro. El narrador es el tiempo, que actúa como voz en off y nos habla a nosotros. La vuelta sirve de tercera parte del libro, contada desde el punto de vista de Fernando mismo, pero en el minuto a minuto del ahora; resulta ser una reflexión sobre la vida, el discurrir, la búsqueda de reposo y avance que se ve interrumpida por los eventos y accidentes que no podemos controlar.
En definitiva, Martín Kohan vuelve a escribir un libro aparentemente simple pero con mucha sustancia bajo la superficie, que se lee muy rápido pero perdura en la mente del lector, como un vino muy suave que se deja beber con facilidad pero perdura en el paladar liberando sabores sutiles una vez que se ha retirado.
Como persona que ha hecho muchas veces en su vida el viaje Buenos Aires-Córdoba (aunque sin parada de almuerzo en Venado Tuerto), aprecio infinito este aporte al canon literario de la experiencia de un viaje de larga distancia en micro. Kohan tiene un gran talento para ver y, más que nada, para nombrar y poner en palabra esas pequeñas cosas que no nos dábamos cuenta de lo extensamente compartidas que son hasta que no las leemos en el papel. La despedida prolongada en la terminal, casi absurda, el deseo de que no se siente nadie al lado, la ruta pasando como una cinta transportadora negra y blanca al otro lado de la ventanilla.
Sin embargo, unos peros que añado post lectura de otras reseñas porque comparto la misma impresión: sus personajes suenan como el autor. Probablemente, he estado sobreexpuesta a entrevistas, pero lo escucho a él. También, en ese yeite de meter la biografía de Güiraldes como interés de un abogado... hay algo ahí. Por otro lado, no me había dado cuenta de ese progresivo alejamiento trabajado desde la persona gramatical que emplea en cada sección (inteligente guiño al título llevado a la forma). El problema es que es cierto que todo lo que ocurre en el último tramo, sin duda el único cargado de peripecias, se siente lejano, menos interesante. La acumulación de desgracias no ayuda.
Hay una vuelta que es un poco ¿angustiante? esta novela que tiene que ver con el corazón de lo que plantea. Diría para chapear (y a riesgo de pifiar medio fuerte) algo lacaniano, porque sé que Alexandra es psicóloga. Pero me refiero a esa idea de que no existe la comunicación. Y un poco lo que está aquí es eso: no siempre hay comunicación, pero incluso, con nosotros mismos. No siempre sabemos de dónde surgen los deseos ni las decisiones que tomamos. Un poco confieso que me desespera, no se puede ser tan caprichoso. En el personaje de Rosario está condensado eso que anticipa el final de Fernando. Hay algo de egoísmo ahí, de un sí porque sí que no es contemplativo con los sentimientos ajenos que, bueno, no es que una novela tenga que tener ninguna carga moral ni la necesita tener, pero me pregunto cómo opera en el mundo de hoy, en el que todo el tiempo estamos queriendo rescatar a la empatía como un valor frente a una sociedad en la que reina el ego. Pero en fin, es Kohan y me quedo con que es una novela súper bien construida, que te da ese cachetazo final y con los miles de detalles que mencioné al principio que, para mí, va a hacerla memorable
Impecable!!! En caliente, casi le pongo 5 estrellas.
Se divide en tres partes: la primera parte, narrada en primera persona. La segunda parte, en segunda persona. Y la tercera parte... oh, sorpresa! narrada en tercera persona.
Me hubiera encantado leer esta novela durante un viaje de larga distancia.
Un poco empalagoso, como escrito para impresionar a alguien. La escena del baño en el colectivo excelentemente narrada me hace pensar que sería un mejor libro si kohan se hubiera permitido ser más liviano
No había leído nada de Kohan. Este libro aparece para acariciarte y sigue su curso, no hay golpes bajos ni demasiado movimiento en la narración de la historia. No hay complejidad. Lo que me parece un acierto, a veces es dejarse atravesar sin demasiado movimiento. Mi capitulo favorito "Arrecifes" y un pasaje "Se va a quedar mirando el mate que acaba de sorber, los palos de la yerba apelmazados, como si pudiese hacer con la yerba lo que otros hacen con la borra de café: leer sus huellas y encontrar sentidos."
Aunque por momentos sentí que habían partes que estaban de más, me pareció una excelente novela. Habla de las relaciones y de como se terminan sin que nadie tenga la culpa, simplemente se terminan.
Kohan yo te quiero um montón y me siento como que el problema no es tu libro si no yo. Pero me pareció un mal ejercicio de un taller de escritura, con sus tres formas de narrar que no tienen un por qué, con la descripción eterna del viaje de ida y vuelta para un mensaje medio pobre de que la vida te trae sorpresas. El final es lo unico mas o menos sorprendente y encima queda ahí y el lector tiene que hacer el laburo de qué pasa después. No lo disfruté nada 🥲 perdón
Martín Kohan es uno de los narradores argentinos contemporáneos más sólidos y personales, con una obra extensa que incluye el Premio Herralde de 2007 por Ciencias morales. La separación, publicada en 2026 por Anagrama, confirma su madurez literaria: una novela breve, austera, construida con una precisión casi clínica, donde lo que no se dice pesa tanto como lo que se cuenta.
La historia es aparentemente sencilla: Fernando viaja en autobús desde Buenos Aires hasta La Paz, un pueblo de la provincia de Córdoba, para acompañar a su hermano mayor, cuya mujer acaba de abandonarle. La trama no es excesivamente sólida, y eso es deliberado. Kohan no busca la tensión narrativa convencional sino algo más sutil: la acumulación de detalles aparentemente insignificantes — un asiento libre, mensajes escasos a la pareja, una película en la pantalla del autobús a la que nadie presta atención — que van construyendo el retrato interior de un hombre en un momento de incertidumbre.
El mayor hallazgo formal de la novela es su estructura de voces. La primera parte, el viaje de ida, está narrada en primera persona. La segunda, la estancia en el pueblo, cambia a la segunda persona: el narrador le cuenta a Fernando lo que va a ocurrir, como si el propio protagonista hubiera perdido el control de su historia. La tercera, el viaje de vuelta, adopta la tercera persona, convirtiendo a Fernando casi en un extraño observado desde fuera. Esta progresiva despersonalización no es un juego formal gratuito: refleja con precisión el estado interior del personaje a lo largo del relato.
Hay un paralelismo muy bien construido entre dos situaciones sentimentales: la del hermano, destrozado por un abandono, y la de Fernando, cuya relación con su pareja se percibe afectada por la rutina y la distancia. Kohan los enfrenta sin subrayarlo, dejando que el lector establezca las conexiones. La mujer del hermano es un personaje inquietante: entiende el amor como algo que llega y se va sin compromiso, sin explicaciones, y esa visión caprichosa resulta paradójicamente la más honesta de la novela.
La separación se lee bien, con una cadencia que arrastra sin esfuerzo. El estilo de Kohan es depurado y preciso, sin concesiones al sentimentalismo ni a lo confesional. Los incidentes del viaje de vuelta — un incendio, un control policial, un accidente — se intercalan con los pensamientos anodinos de Fernando casi como ruido de fondo, lo que refuerza esa sensación de distancia entre el personaje y su propia vida.
El final no decepciona, aunque tampoco cierra. Es coherente con el espíritu de toda la novela: Kohan sabe exactamente cuándo y cómo dejar de contar, y lo hace sin dramatismo, sin explicaciones, dejando al lector con una incomodidad leve pero persistente que es, probablemente, lo que buscaba desde la primera página.
La novela se estructura con un tríptico narrativo muy preciso: un viaje de ida; la estadía en el pueblo del hermano de Fernando, el protagonista de la historia, y el viaje de regreso.
El viaje en micro (ómnibus) se narra en primera persona y en presente. Es una voz íntima sumergida en el flujo de conciencia de Fernando, mientras se aleja de Natalia, su pareja. Aquí, la primera separación.
La segunda parte experimenta un giro hacia la segunda persona en tiempo futuro. Anticipa, casi como una profecía como será la interacción con el hermano, quien fue abandonado por su pareja. Segunda separación del libro.
La última parte se desplaza a la tercera persona. Kohan aleja la cámara. Observamos al protagonista desde afuera. En esta parte comienzan a suceder incidentes extremos e imprevistos. Mientras que en las dos primeras aparentemente no pasa nada, en ésta se suceden una serie de peripecias fácticas; un control policial, un incendio, un accidente. Todo esta preparada para la tercera y última separación.
Si bien la estructura global es interesante y tiene un contenido filosófico implícito, la historia no me cierra. ¿Fernando hace una tormenta en un vaso de agua? ¿Es un capricho? Encuentro que la narración se estanca en varias partes y no convence al lector.
Kohan hace algo que casi en cualquiera me molestaría. Pero de algún modo él logra hacerlo sin que me moleste. Dice lo mismo tres veces, de manera distinta. Y de alguna manera me gusta. Lo que logra es hacer un énfasis exactamente en donde tiene que ser y creo que hay una línea muy fina entre eso y caer en la redundancia. Se tiene que ser buen escritor para lograr lo primero.
Todo el libro describe cosas muy cotidianas. Un viaje en micro, lo que pasa en el trayecto, la estancia en un pequeño pueblito de la provincia cordobesa.
Como alguien que creció en pueblo y vive en ciudad, disfruté de la descripción de los contrastes entre estos dos. Aquí uno de los varios pasajes que que me gustaron:
“Es costumbre recibir al forastero con una breve o no tan breve apología de la nueva vida, de la tranquilidad y la naturaleza y la posibilidad de encontrarse con uno mismo, lo que se descuenta como cosa de por sí deseable, sin omitir la condena implícita de la inexistencia enajenada de las grandes ciudades, que es casi siempre de donde llega el que recién llega, que es casi siempre donde vive y como vive”.
El protagonista hace un viaje a Córdoba porque se separó su hermano. Eso lo podemos ver desde el título: la historia tematiza una ruptura. Sin embargo, creo que el tema es más profundo. ¿En que momento nos damos cuenta que una relación llega a su fin? ¿Cómo sabemos cuando se termina de amar? ¿Es posible recuperar algo de ese entusiasmo perdido? Desde el paisaje montañoso y calmo de Traslasierra, los hermanos conviven y usan la palabra como una forma de indagar qué es lo que pasa en un duelo. Y esto es lo más lindo de la historia porque la búsqueda es de cada uno pero, a la vez, es en conjunto. Porque a veces no se trata de entender sino de habitar la incertidumbre y acompañarnos. Todo esto sucede en el contexto de una cotidianidad muy amena: el paisaje de la sierra, los perros que juegan, la gente del pueblo y sus rutinas. Sin dudas, es un gran logro de Martín: narrar aquello que todxs sentimos alguna vez y que nunca pusimos en palabras. En fin. Es mi primera vez leyendo a Kohan y gustó mucho (aunque, nobleza obliga, al final me aburrí un poco).
kohan muestra siempre la otra cara, en general opuesta o diádica, de lo que está contando. recurre a la afectación, la afectación de cuerpos (spinozianamente?), el intercambio, las relaciones de ida y vuelta que se establecen entre las cosas. dice «la frazada que me entibiaba y a la que entibié». antes había dicho «la ventana que me separaba de las cosas y a la vez me las mostraba».
entonces, eso: afectación doble. la consecuencia de que nada es unidireccional ni sucede en el vacío. lo que va, viene. lo venido, fue.
después, una cierta dubitación, para nada improvisada, en las estructuras. ensaya formulaciones a consciencia de que el lenguaje siempre es insuficiente. es exigente, no se conforma. se pregunta y se repregunta.
la novela se pone buena hacia la mitad y luego pincha un poco. igualmente vale la pena, o yo estoy muy obnubilada por el efecto kohan. en todo caso no importa
La separación me gustó mucho por cómo convierte algo tan mínimo como un viaje en micro en una especie de viaje introspectivo, casi como una pausa en el tiempo donde se ordenan (o se desordenan) pensamientos y recuerdos. Me gusta que trabaja desde lo sutil, lo chiquito, sin subrayar demasiado, dejando que lo importante aparezca en los huecos, que se cuele por algunos espacios. El efecto que deja es más emocional que narrativo, porque la realidad es que no pasa demasiado, pero sí te deja una mezcla de tristeza por lo incierto que es todo y porque nada termina siendo absoluto o definitivo ni bajo nuestro control. Cuando uno espera una resolución clara y justa, Kohan se decanta por lo menos obvio (esto no me encantó pero es más personal y entiendo que respeta un poco su estilo).