Un autor de telenovelas, una habitante de las favelas, el cineasta Ruy Guerra y el escritor Mario Vargas Llosa protagonizan esta fantasmagoría, a saltos entre los sertones brasileños y el vapor de Fitzcarraldo. Faverón se adentra aún más en su veta de improv-literatura, terror, sátira y viaje mental tras el terremoto que han supuesto en las letras hispánicas dos novelas como Vivir abajo (2018) y Minimosca (2024). Tatuada en el lado oscuro de las nouvelles clásicas del XIX y el XX, Madame Vargas Llosa podría ser la primera de una serie de ficciones nacidas más allá de ese umbral pero aún bajo el influjo de David Lynch, Machado de Assis, The Beatles, Joseph Conrad y Clarice Lispector.
En la obra de Gustavo Faverón Patriau, escritor y crítico literario peruano, se emprende una exploración de los recovecos más oscuros de la mente humana y de la sociedad. Mediante un estilo que entrelaza lo filosófico y lo literario, Faverón aborda temas como la violencia, la memoria y las fracturas culturales.
Faverón Patriau no solo es novelista, su formación como docente universitario, con estudios en literatura y crítica en Estados Unidos, le ha permitido desarrollar un enfoque analítico que trasciende lo meramente creativo. Como investigador académico ha profundizado en la crítica literaria y cultural, ofreciendo un diálogo constante entre el análisis teórico y la expresión literaria.
Entre sus libros más reconocidos se encuentran El Anticuario (2010), una novela psicológica que combina misterio y reflexión filosófica, y Vivir abajo (2018), una obra que explora la violencia y la descomposición social desde una perspectiva profundamente humana. Estas novelas han sido elogiadas por su complejidad estructural y temática, y han llevado a Faverón a ser considerado una de las plumas más importantes de su generación. Ambos títulos destacan por su capacidad para entrelazar relatos aparentemente fragmentados, creando una narrativa que invita a la relectura y al análisis detallado. Con una prosa envolvente y reflexiva, logra trasladar al lector a escenarios tan inquietantes como fascinantes, invitándolo a cuestionar sus propias percepciones.
Con Minimosca, publicada en 2024, prosigue su proyecto creativo con otro ejemplo de narrativa de intrincada estructura y elementos que entremezclan lo imaginativo con los hechos reales, constatando así la gran ambición de su propuesta literaria.
Novela breve en tres actos y cuatro voces narradoras repleta de elementos recurrentes en su obra: cineasta incluido, creación y locura. Vuelve a introducir esos recursos ficticios propios en un contexto real, ahora muy delimitado físicamente (Brasil) y culturalmente (todo un homenaje a Vargas Llosa, sus novelas y su misma persona).
Cada capitulo traslada la voz de cada protagonista y su propia perspectiva a unos mismos hechos. Y la manera en que se muestran ángulos distintos por estos personajes tan peculiares me ha parecido una delicatessen literaria marca de la casa. Especialmente ingenioso el personaje de Madame Vargas Llosa, su voluntad de escritora y su equilibrio vital entre lucidez y locura. Además he tenido la suerte de haber leído y disfrutado las obras que se van sucediendo en la narración y eso ha hecho la lectura más amena.
No me han gustado las referencias poco veladas e innecesarias a García Márquez, algunas en un tono claramente descalificador. Hacer protagonista al propio Vargas Llosa, del que Faverón era amigo, me lleva a pensar que tal vez muestre en su Vargas Llosa ficticio lo que expresaba el real: “...También departimos sobre artistas a quienes el vendaval de la historia había sepultado y vuelto obsoletos en un dos por tres, como Mario Benedetti, Eduardo Galeano y el mismo García Márquez, aunque eso último no lo dije, por delicadeza...” Me ha llegado al corazón que venga a decir que autores como Benedetti o García Márquez han sido superados y relegados. Que quien lo diga sea Mario Vargas Llosa como personaje parece, además de feo, una toma de posición literaria y tal vez ideológica.
La edición de Fulgencio Pimentel es sencillamente perfecta.
Faverón destilado. Sin ser Vivir abajo o Minimosca, esta pequeña gran novela hace gala de una complejidad formal y de una originalidad argumental que ya quisieran muchas (qué gran personaje el de Maria Trinidade). Madama Vargas Llosa es esquizofrénicamente maravillosa de principio a fin.
Estoy como poseída por Faverón ahora mismo, qué delicia.
Es una locura de novela, es una cebolla porque las cebollas tienen capas, es una novela de novelas, con personajes de personajes, loquísimos, tramas que se conectan insólitamente, tiempos irregulares, circularidad como un destino; pero, aún con todo, una prosa líquida, ágil, carismática.
Pufff, recomendadísimo. Gracias a Laura, de Girasol Librería, por recomendármelo a mí en primer lugar.
"¿Acaso no era él quien decía, desde hacia décadas, que el destino inevitable de un artista era sobrevolar la realidad como un buitre, devorar la carroña como un manjar, deglutirla, digerirla y hacer con ella bolitas de caca para defecarla sobre la misma realidad como un anciano incontinente?"
"¿Vargas Llosa habría abrazado el travestismo?, me pregunté. Imposible: Mario era el típico semental latinoamericano y un matalascallando de colección, pero ¿quién sabía? ¿O andaría disfrazado de un personaje suyo, como decían que era su costumbre cuando trabajaba en una novela?"
Adentrarse en la última novela de Gustavo Faverón es aceptar, desde la primera página, un combate con el lenguaje. Su prosa se exhibe como una barrera de palabras deslumbrantes, casi excesivas, pero esa apariencia de artificio acaba siendo parte de su fuerza: no estamos ante un libro que se lea con calma doméstica, sino con la inquietud del que persigue algo que siempre se le escapa. En esa velocidad de cambios de tiempo y espacio, en esa energía casi febril de los personajes, late una herencia clara de Bolaño (aunque quizá ya sea un tópico señalar su influencia en Faverón), filtrada aquí por un tono más sardónico y desquiciado. Todo gira alrededor de una obsesión, de una búsqueda de esa “Cesárea Tinajero” que empuja a los personajes hacia territorios donde se cruzan el cine, el masoquismo y el delirio, como si la novela quisiera probar hasta dónde puede llegar la literatura cuando se deja arrastrar por su propia fiebre.
La construcción del libro es, además, una verdadera arquitectura de espejos y cajas chinas. Faverón no solo mezcla planos narrativos, sino que hace que la literatura se replique a sí misma hasta confundirse con la realidad, en una especie de novela de novelas donde todo parece estar siempre a punto de desmoronarse o de revelarse como una máscara. Hay aquí una relación muy explícita con ciertas voces canónicas, incluso una suerte de vampirización estilística que toma el léxico y la prosodia de Vargas Llosa para llevarlos a un lugar macabro, cómico y feroz, cercano a la serie B más clandestina. El resultado es un collage de voces que desestabiliza cualquier centro: el Nobel ficticio, el cineasta Ruy Guerra, el guionista Fittipaldi y Rita Fontana componen un juego de identidades cruzadas en el que la locura, el simulacro y la impostura vuelven imposible separar del todo el hecho de la imaginación. En ese juego de desdoblamientos resuena con fuerza un eco cervantino de la locura: personajes que creen ser otros, ficciones que invaden la realidad y una conciencia narrativa que se quiebra hasta convertir la identidad en puro artificio, como si el espíritu de Don Quijote atravesara esta maquinaria contemporánea. Y en medio de ese laberinto ideológico, la novela tampoco esconde sus costuras: el skinhead, ese “andrógino ideológico” de filiación ambigua, sirve para imponer una visión liberal que dialoga con Isaiah Berlin y Karl Popper, mientras se lanzan dardos apenas disimulados, y a veces un tanto zafios, contra ciertas figuras de la tradición literaria latinoamericana, tal y como ha señalado Antonio Luis en su reseña. Funciona así como una venganza estética, un ajuste de cuentas con el canon, una forma de decir que lo sagrado también puede ser puesto en ridículo, aunque dicha vendetta esté claramente atravesada por una postura política reconocible y una vecindad ideológica que se hace manifiesta a lo largo de la obra.
Puede que a ratos se le noten demasiado las costuras, y que en su brevedad el artificio quede más expuesto que en otras obras de Faverón, pero aun así conserva esa energía de improvisación vitalista que ya asomaba en Vivir abajo y Minimosca. Es una novela irregular, sí, pero también magnética, inclasificable y muy viva, una pieza de metaliteratura salvaje que funciona como puerta de entrada a un universo donde la alta cultura y la cultura popular conviven sin pedir permiso. Una fantasmagoría violenta, sardónica y deslumbrante, de esas que dejan la sensación de haber leído algo que no se parece del todo a nada.
La literatura de Faverón es una fiesta. Punto. En esta entrega —mucho más sensata por dimensión y concreción sobre todo que sus anteriores Vivir abajo y Minimosca, tan dispersas, tan diarréicas— hay un párrafo (pág. 133) en el que un personaje define a otro como escritor y que muy bien puede valer para explicar al propio autor de Madame Vargas Llosa, a saber:
[Faverón] es un cuentacuentos innato con una imaginación de beduino milenario, un humor tan macabro como un orfelinato en llamas y una vaciedad de potrillo recién nacido [...] al que las ideas le vienen a la cabeza de allá afuera, mirando el laberinto de la vida [...] de ver el mundo e imaginarlo un poquito más extraviado, más descompuesto, de ser malpensado, de suponer que el mundo es más raro visto por dentro y desde abajo y que solo se puede explicar con historias más insólitas que las apariencias.
Lo dicho, la literatura de Faverón es una fiesta. Y no digo más.
Con Faverón me sucede que siempre encuentro una conexión especial, me da siempre la sensación de que sus intereses y los míos tienen extrañas conexiones y eso genera un interés a la hora de leer su obra que me embauca milagrosamente, sin poder dejar de leer, llevado con facilidad a través de su prosa que es colorida y profunda, pero muy fácil de seguir, sin complicaciones, hace fáicl lo realmente difícil. Sin ser esta novela del tamaño o pretensión que tienen Vivir Abajo Minimosca, se pueden ver las entrañas de un ¿Proyecto? de largo recorrido en el que los juegos de espejos, la idea de identidad, narración y legitimidad a la hora de contar las historias de los demás, se entrelazan en una historia divertidisima y absurda, desde lo mejor del absurdo. Un narrador encantador.