3.5
Relectura.
¿Te has preguntado alguna vez qué quedará de ti cuando ya no estés?
Cuando murió, el padre de Unai dejó una consulta vacía con su nombre en la puerta, dos niños que ya no serían futbolistas y un misterio por resolver.
Cuando murió mi abuela, dejó un cuadro de unos pájaros a medio pintar, tres personas tristes y trece croquetas congeladas.
De lo del cuadro nos dimos cuenta enseguida. Llegamos del tanatorio y ahí estaba, sobre la mesa: el dibujo con los bordes de terciopelo negro que estaba coloreando. Encima, la caja de rotuladores. Fuera de la caja, un rotulador, el verde oscuro, destapado. Recuerdo que mi madre se acercó a la mesa, cogió el capuchón con una mano, el rotulador con la otra y lo tapó. El «clap» resonó en la habitación como la tapa de un ataúd que se cierra para siempre. Luego, el abuelo le quitó a mi madre el rotulador de las manos, lo colocó con mucho cuidado en el hueco de la caja que le correspondía, recogió la lámina, se la puso bajo el brazo y decidió que, desde ese momento, ese sería su nuevo hogar. Y mi abuelo empezó a pasearse por la vida con un dibujo a medio acabar como si fuera un termómetro.
Lo de las croquetas tardamos un tiempo en descubrirlo, y lo de la tristeza… Bueno, la tristeza fue posándose poco a poco, como una lluvia fina de esas que te van calando. Porque hay cosas de las que uno no se da cuenta hasta que pasa un tiempo.
“¿Para qué no estás preparado, Lucas? ¿Para quererme?”
“en las carcajadas de tu abuelo (si no tienes, te presto las del mío)”