Durante años, Ángela fue la escudera incansable de su hermano pequeño: lo acompañó en su enfermedad, lo protegió con una sonrisa cuando el mundo se desmoronaba y se convirtió en su sombra cuando el miedo se hizo rutina. Pero cuando él murió, su armadura se rompió… y fue ella quien necesitó que la cuidaran.
Este libro es un viaje brutalmente honesto por el duelo, la culpa, la ansiedad, la depresión y la salida —a veces a gatas— de un pozo que parecía no tener fondo. También es un homenaje al amor incondicional, al poder de una red de apoyo y a la vida que, pese a todo, siempre acaba encontrando la manera de abrirse paso.
No es un manual. No hay recetas. Solo una historia real contada sin filtros, con el corazón en carne viva y una voz tan cercana que parece que te habla al oído.
Para quienes cuidan hasta agotarse. Para quienes han perdido. Para quienes, como Ángela, están aprendiendo a volver.
Un crudo relato sobre un duelo que necesitó mucho tiempo para ser asimilado y llevado. La autora nos narra su historia real de cómo lo sintió, y nos deja un importante mensaje sobre la importancia del auto-cuidado, de hablar de las cosas a tiempo, de la importancia de sentirse comprendido y de cómo la actitud del entorno también puede influir.
Un libro ligero en la forma, aunque denso en su lectura cuando empatizas con la narración. Sumergirte de esta forma en la parte más íntima (y vulnerable) de una persona es siempre una experiencia. Y cuando ya se tienen unos años, hay actitudes en las que uno puede verse reflejado.
Una historia triste, como no podía ser de otra manera, con la remembranza de su hermano mientras profundiza en su propio psique sobre aquellos años.
¿El final? Acorde. Más que positivo, lo definiría como diría optimista, en el sentido bueno de la palabra. Entenderá a qué me refiero quien lea las palabras de la autora.