Quizás vivir no es más que una sucesión de decisiones, a veces fallidas, a veces dolorosas, muchas veces impulsivas y otras muy pensadas ¿qué buscamos con cada decisión que tomamos? ¿cómo nos hacemos cargo de esas decisiones? ¿qué es sentirse vivo? ¿qué es madurar?
Ariel cambia de amigos, de ciudades, de parejas, de obsesiones, toma decisiones detrás de una búsqueda siempre inconclusa y sin objetivo claro, movido por una incomodidad que no llega a descubrir y una voracidad que siempre lo deja más hambriento. La vida de Ariel es una constante refundación sobre viejas decisiones; una vida en medio de una turbulencia cuando a veces sólo se necesita flotar.
Se necesita agua para flotar forma parte de una categoría muy particular dentro de la literatura: libros que permanecen durante mucho tiempo después de leer la última página.
La historia sigue a Ariel a lo largo de distintas etapas de su vida, mientras atraviesa tensiones familiares, búsquedas identitarias y el luto persistente por la muerte de su padre. A medida que avanza, uno tiene la sensación de estar leyendo algo profundamente íntimo. Existen personajes que intentan sostenerse mutuamente, vínculos que se encuentran en constante rescate, y una escritura que evita el exceso para acompañar a Ariel en la búsqueda de su lugar en el mundo. Es una lectura atrapante, no por la espectacularidad de los acontecimientos, sino por la honestidad y la sensibilidad con las que retrata los afectos, las pérdidas y el paso del tiempo.
No es un libro que busque impresionar; busca permanecer. Y lo logra.
"Nadie me iba a satisface. Sabia lo que iba a decir, pero se detuvo, por piedad, por ver que mis ojos se llenaban de lágrimas, porque sabía que era un cordero a punto de ser carneado, que se desviaba de su camino sólo para buscar una palabra de cariño, porque detrás de todos mis instintos más desagradables, de sumiso, estaba buscando ese amor que no sabía recibir."