Nicholas Lochty nunca dudó de su forma de amar; en calma, aprendió a hacerlo sin exigencias ni reclamos. Mikhail Vaughan, en cambio, demandaba; tan visible, tan deseado, y convencido de que el amor debía sentirse como una aprobación constante. Amarse desde lugares tan distintos no fue sencillo. Y cuando el amor no se parecía a lo que se esperaba, también fue rechazado. No bastaba con amar. Para encontrarse, tendrían que soltar aquello a lo que estaban arraigados. Porque el amor entre ambos jamás habitó en lo absoluto, sino que coincidió, dulce y a veces dolorosamente, en el frágil y valiente gris. Ahí, aprender a quedarse también fue un acto de elección.