Tras una temporada en el extranjero, Elaia regresa al pueblo de sus orígenes para escribir una novela. Quiere contar la historia de su familia, un entramado de vidas marcadas por la guerra, la dictadura y las dificultades del campo andaluz. A medida que los silencios heredados se despejan, emerge una memoria viva que, más que sobre el pasado, tiene mucho que decir sobre el presente. Y que llega también para sanar una la del duelo sin cerrar por la muerte de su abuela, de la que no pudo despedirse.
Azahara Palomeque escucha las historias que guardan las casas y los olivares, y nos devuelve esas voces ausentes que hablan de amores desafiantes y viajes liberadores, de las lealtades y traiciones que rigen un pequeño mundo. Una novela conmovedora y rupturista en la que lo oral y lo poético se trenzan con cuidado artesano en un canto a las raíces, a los afectos y a los futuros que aún es posible imaginar.
Azahara Palomeque (El Sur, 1986) es una escritora y poeta española. Es autora de las novelas Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire, 2026; Finalista del Premio Herralde 2024), Huracán de negras palomas (La Moderna, 2023); los ensayos Vivir peor que nuestros padres (Anagrama, 2023), y Año 9. Crónicas catastróficas en la Era Trump (RiL Editores, 2020); y de los poemarios Currículum (RiL Editores, 2022), RIP (Rest in Plastic) (RiL Editores, 2019), En la Ceniza Blanca de las Encías (Isla de Siltolá, 2017), American Poems (Isla de Siltolá, 2015), y la plaquette bilingüe El Diente del Lobo/ The Wolf’s Tooth (Carmina in minima re, 2014).
Palomeque ha publicado numerosos poemas, cuentos y ensayos en revistas culturales españolas, estadounidenses y latinoamericanas. Su obra ha sido incluida en varias antologías y ha sido traducida al inglés y al griego. Ha dado conferencias y/o presentado sus libros en ferias nacionales e internacionales, el Instituto Cervantes de Nueva York, varias universidades españolas y norteamericanas, y el Parlamento Europeo en Bruselas. Es columnista de El País
Doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton, recientemente regresó a las raíces para vivir exclusivamente de la escritura.
Hay novelas que tienen clara conciencia de lo que hacen. Pueblo blanco azul es un buen ejemplo de ello.
Azahara Palomeque no narra el pasado: lo interroga. La diferencia es formal antes que temática. La estructura fragmentada, la voz que oscila entre el yo que vivió y el yo que narra, los silencios que no se explican sino que se reproducen: todo responde a una tesis precisa. Si el pasado que esta novela aborda —la guerra, la dictadura, los silencios heredados de una familia andaluza— fue históricamente fragmentado y censurado, restituirlo en forma lineal sería cometer una segunda falsificación. La fragmentación es, aquí, un acto de honestidad histórica.
La prosa es densa y acumulativa, muy lejos de cualquier economía expresiva. Palomeque trabaja simultáneamente con léxico técnico-científico (putrescina, cadaverina, dípteros en escenas de velatorio), oralidad andaluza doméstica de alta precisión, imágenes de prosa poética y, en los momentos más audaces, documentos forenses reales de víctimas de la represión franquista. Ninguno de esos registros es decorativo: la heterogeneidad de la prosa es la forma en que la novela da cuenta de la heterogeneidad de lo que narra.
El capítulo donde dos muertos en la fosa común —Francisco y Jesús— conversan mientras Elaia los escucha desde el suelo es el más tenso del libro. Palomeque lo ancla en María Zambrano (La tumba de Antígona) y lo distingue de Rulfo en algo esencial: sus muertos hablan desde dentro de la historia, no desde una temporalidad suspendida fuera de ella. El contraste inmediato con el informe forense que lo precede —diámetros de bala en milímetros, botones catalogados— produce el choque más poderoso de la novela.
La densidad sostenida durante 320 páginas exige del lector una entrega sin alivios frecuentes; hay tramos donde la acumulación léxica supera lo necesario. No es un fallo de concepto sino de calibración. No invalida el proyecto: lo tensiona. Una novela que sabe lo que hace y por qué lo hace. Eso, en el panorama narrativo actual, no es poca cosa.
--- *Ejemplar recibido por cortesía de Editorial CABARET VOLTAIRE para su lectura y análisis crítico independiente. La opinión expresada es exclusivamente la del autor.
Una novela extraordinaria, donde se muestra la memoria de un pueblo andaluz y sus fantasmas a través de la búsqueda de una periodista que quiere saber más sobre sus abuelos muertos. Pero lo que más me ha gustado es el lenguaje. La autora combina la oralidad popular con la poesía, y hasta incluye canciones. También se percibe la documentación de sucesos reales. Algunas escenas son emocionantes, de las que te hacen llorar. Muy muy recomendable.
El pueblo del título es fácilmente identificable, tanto que la voluntad de la autora de ponerle un nombre fictio no radica posiblemente en una voluntad de ocultarlo, sino de hacer de él un tipo, un ejemplo de la historia familiar, moral, política y social de los pueblos andaluces a lo largo del siglo XX. Porque la historia es esa, la de una familia (muy parecida a la de la propia autora) con sus vaivenes y desgracias, que son las de un lugar y un momento en la historia de Andalucía, desde antes de la Guerra Civil, con el sueño grandioso de redención anarquista, a la democracia actual, en la que algunos de los viejos resquemores, desigualdades y conflictos siguen intactos.
Todo empieza con la voluntad de la autora, emigrada hace tiempo a un lugar lejano, de volver y recuperar sus raíces. Lo hace y escribe esta novela que tenemos en las manos. La propia novela es ese ejercicio de recuperación. Ese es uno de sus motivos, el de la reconstrucción de una memoria familiar, la búsqueda de los orígenes y el rellenado de agujeros y tabúes en la crónica familiar.
Otro de los temas es el conflicto político y la violencia que, emanada de la Guerra Civil, no desapareció con su final, sino que se mantuvo como una corriente subterránea que atravesó en el tiempo las vidas de familias y pueblos hasta brotar aquí, debajo de nuestros pies. Aquí la tenemos, pasada ya la Transición, reencarnada en un conflicto sobre el agua: en la Córdoba de ese pueblo blanco-azul, el agua es un recurso escaso y, como todos los recursos a lo largo de su historia, muy desigualmente repartido. En los ejes de ese conflicto vislumbramos los viejos ejes de una confrontación antigua. La violencia soterrada opera también en el seno de las familias, algunos de cuyos miembros caen en uno u otro bando, en una u otra sensibilidad.
El estilo es muy poético. Es una prosa tan poética que a veces es difícil de seguir. Debe ser todavía más difícil de traducir. Y el hilo cronológico es también complejo, con frecuentes idas y venidas. Es una prosa atrevida y creativa. A veces parece rallar en lo fantástico. Esos muertos que se le aparecen a la autora, no se sabe si son una metáfora o un brote de realismo mágico al estilo de Cien Años de Soledad, como si ese pueblo blanco-azul fuera Macondo.
El secreto de por qué es blanco y azul está al final. Merece la pena llegar hasta ahí. Cuando se llega, se tiene la sensación no sólo de haber recorrido una historia familiar, sino de haber olido y sentido lo mismo que sintieron sus miembros.
Soy de los que piensan que se debe escribir sobre lo que se conoce bien. No digo que tengas que ser militar para escribir sobre la guerra, o que tengas que dejar tu país para escribir sobre el proceso de emigrar, pero sí creo en sus indudables beneficios en el desarrollo de un escritor. Con dos sonoras excepciones: 1) que nazcas con el gen de los cambiapieles; 2) que crezcas conociendo completamente, en profundidad, al ser humano.
Aunque no he conseguido acabar este libro -lo he dejado por la mitad-, me aventuro a sacar la conclusión de que no es el caso de Azahara, la escritora. La verdad es que no me he creído nada de su voz. No me he creído la vida del pueblo, ni a sus personajes, ni a ningún supuesto dolor. Todo me ha parecido impostado, irreal, pretencioso, falso.
Andaluces, ¿conocéis esa sensación cuando alguien que no ha nacido en nuestra tierra imita nuestro acento con el objetivo de hacerse el gracioso? Pues eso.
Heredera de los temas y del estilo de 'pequeñas mujeres rojas' de Marta Sanz. Tiene un primer capítulo muy potente con un lenguaje barroco y bello, visual y emocionante, que se va diluyendo en el resto del libro. De las dos tramas, pasado y presente, me interesa bastante más la de la historia familiar desde la guerra civil, más clara y mejor contada que la de la narradora de vuelta en el pueblo, su investigación y su papel en una reivindicación social.
me pone súper triste que este libro no me haya gustado. me he forzado a leerlo hasta el final porque, por la temática, era imposible que no me encandilara.
me entristece que la forma se anteponga al contenido. a caso nuestras abuelas entenderían este texto? (quizá juzgo con un prisma reducidísimo de mis dos abuelas)
eso sí, las partes que lograba entender me abrazaban tanto el corazón que casi las odiaba por pensar en todo lo que me estaría perdiendo en el resto de páginas
Ya desde el principio es un libro difícil , con un lenguaje a veces bonito pero la mayor parte demasiado culto y rebuscado pero lo peor es que es muy denso (los capítulos son monólogos con un solo párrafo de hasta paginas!) .Lo dejé. Quizás lo intente en otro momento pero ahora me pierdo con los personajes y la autora no logró interesarme en la historia.La forma pudo con el fondo.
No todos los días una puede decir que ha publicado la novela de su vida, una trama de personajes y fantasmas familiares que evocan memorias de otros tiempos mientras impulsan el futuro. 'Pueblo blanco azul' ya es vuestro: espero que lo disfrutéis.
Sabes que un libro te va a gustar por sus citas. Pues son las que pondrías o las que quisieras poner si escribieses un libro.
Aunque he de decir que ha ido de más a menos, no me entusiasmó su manera de narrar,me ha inspirado bastante. No soltéis nunca vuestra memoria, la de ellos, la nuestra.
Complicado. El lenguaje es muy elaborado y cuesta acostumbrarse a las dos historias paralelas. Hay partes bonitas, pero es un libro para leer muy despacio y tomar notas
La autora regresa a un pueblo grande de Córdoba desde Estados Unidos y encuentra el hogar familiar de siempre, a sus familiares, amigas, costumbres, autoridades, refranes, dichos populares y las historias de la vida. El libro tiene fuerza, gracia, expresividad, aunque a veces utilice demasiados modismos de la tierra y palabras extrañas, unas de riqueza de vocabulario y otras un poco rizando el rizo, pero que no quitan realismo ni expresividad. La narración de las ermitas, del funeral, de la fábrica de las iglesias, de la piedad popular y el cristianismo sencillo lleno de religiosidad popular. Muestra la fe cristiana consolidada de siglos. La felicidad de un pueblo con sus Dios y su Virgen y sus santos. José Carlos Martín de la Hoz